El Altar del tiempo

Pertenencia es reconocernos parte de un tejido vivo de memorias y relatos que nos conectan con lo ancestral. Es habitar un tiempo que respira con los ciclos de la Tierra y el Cosmos recordándonos nuestro lugar en la continuidad de todo lo que ha sido y será. Pertenencia es la raíz, el eco de un tiempo cíclico que nos devuelve a la esencia de lo que somos y a los mitos que nos sostienen. Es sincronizarnos con el latido de lo eterno, con la memoria de lo que somos.

Al hacerlo estamos sosteniendo la memoria de una herencia mucho más antigua, conectada con el paso del Sol por la eclíptica y con un calendario que giraba con el tiempo real entre Sol y Tierra. Cuando decimos que el velo se afina entre vivos y muertos, nos referimos a una narrativa que se ancla en un fenómeno que está vinculado al momento del paso del Sol con relación a la Tierra, y al efecto electromagnético de esta relación en el campo perceptual. Es decir, hay un efecto astronómico que altera el campo de la percepción. Sentimos más, o de otra manera. Escuchamos desde otro lugar. Vemos y percibimos por otras puertas.
En esta época del año, el velo que separa el mundo de los vivos y los muertos se afina. Los podemos sentir acercarse, se manifiestan en sincronías, visiones y sueños. Nos hablan. Llegan y les damos la bienvenida. Y también, cuerpo adentro, emergen voces ocultas, lamentos silenciados, vulnerabilidades abusadas o humilladas. Surge la dureza de una exigencia ancestral. Dolores en el cuerpo. ¿Quién me habita? ¿Quiénes poseen mi presente y mi devenir?
Cada alma que nos precede y que nos guía desde nuestros genes ha caminado en esta Tierra, ha comido de sus frutos, ha vivido y bebido del agua que nos da la vida; del agua que también somos. Nuestra sangre está hecha de tierra y de tiempo. Entonces cuando celebramos Beltane, el retorno del Reino del Día -en el norte- también recordamos lo que seis meses atrás nos hablaba desde nuestra sabiduría subterránea cuando entrábamos al Reino de la Muerte.
Me defino como mujer en proceso de descolonización, creadora, oráculo y hereje; formada en Bellas Artes y Fotografía, Terapia de Artes Expresivas Intermodal y Astrología, facilito procesos creativos y curativos al servicio de nuestra soberanía creativa.
Permiso para el júbilo ¿Existe? Verde manto protector, qué no olviden mis células que mi humanidad es tanto la lágrima del dolor como la del gozo una misma agua nutre mi memoria, mi pertenencia.
Me acuerdo entonces de que soy hija migratoria, extranjera en toda tierra que he pisado. Me acuerdo de que mi pertenencia está fragmentada y que mis intentos de adaptación también lo están. Me acuerdo de que soy mujer de varias orillas y que soy siempre la que llega o la que los demás esperan. Me acuerdo también de que a veces la que llega puede ser temida por traer otros olores y sabores que amenazan o hechizan. Me acuerdo entonces del largo camino que he hecho para llegar hasta este lugar que soy y mirar con otros ojos esta versión de mi travesía deshabitada. Me acuerdo y me recuerdo que mi singularidad es mi misterio, que invito a quien quiero a la casa de mi juego.
Nací hija o amante de Hades. Nací en un ecosistema plutónico. Diríamos que fui una bebé de guerra. Nací en medio de un combate. Atómico. Entre explosivos. En medio de una red de intrigas que para nombrarlas tendría que morir ante cada palabra que intente narra la isla, la colonia, la lucha armada, el intento de revolución, la interpol, la violencia de los gringos y mi padre. Mi madre, cual Perséfone, en medio de todo, reina fragilizada. Mi padre se la trajo de París a la isla. Se enamoraron. Soy hija del amor, ¿o de la guerra? En esas me debato. En el filo del peligro y del eros. Con armas debajo de la cama.
Cuando abro este libro reconozco que habitarlo fue mi verdadera escuela. Todo en él está escrito en mí. Soy sus páginas. Soy el bosque que me enseño el amor al árbol. Porque tuve mi árbol y crecí con él. Conocí sus ciclos por las estaciones. Mi alma mater del tiempo natural. Las flores, los frutos, el otoño, la nieve, el fuego. La huerta de mi tía. La acompañé desde la siembra, las cosechas, hasta las conservas y las mermeladas. Conocí la ruta del alimento. Recuerdo cuando el tomate llegaba a la lasaña, la manzana transformada en la tarte Tatin, y a toda la familia reunida cantar los deleites de la magia culinaria de mi tía. Alabanzas. Para morir de gula y sin culpa. Tata tenía el don, el fervor culinario y el laboratorio completo en sus manos. De los dos lados de la ventana. El silvestre y el que ella creó. No había escapatoria. Éramos sus conejillos de indias. Nos envolvía con sus delicias, con su encantamiento de integridad, rigor y precisión en sus labores y sabores. La vi rabiar cuando se le giraba la mayonesa, llorar cuando los huevos no subían en merengue y no perdonarse cuando se le pasaba la cocción de algún pastel. Era implacable con el error. El propio y el ajeno.
Cuando supe que la palabra euskera significa la mano que habla me reconocí en la casa de mi linaje. Claro. Primero habló la mano y la siguió la palabra, me dije. Son las manos de mi padre. Vuelvo ahí. Otro conjuro. El de la sangre. Qué bueno que lo tengo cerca. Tan cerca. Para recodarme que tengo un padre. Para recodarme que, aunque no lo recuerde me miro en el espejo de su mano todos los días. ¿Será su fuego el que me arropa y protege cuando pongo mis manos en mi pecho y toda pena se exorciza, todo miedo se apaga?
Mi vida es un acertijo. Una secuencia de interrogante que me llevan a desentrañar la clave de mi liberación. Cada pregunta emerge cíclica de detrás del velo del tiempo. Se abren puertas. Recibo respuestas. Descarto. Ordeno. Digo que no. Así no me gusta. Esto no me representa. Hasta que llega mi sí. Yo soy, me digo. Yo soy mi deseo vivo. Y es suficiente.
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  • by Paloma Todd Montes

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