El Poder amplifica lo que ya existe

Cuanto más me acerco al poder, más visible se hace la corrupción.

El poder amplifica lo que ya existe. Si hay inconsciencia, la convierte en daño colectivo. Cuando una persona que tiene poder no ha trabajado sobre sí misma su energía se despliega sobre quienes la rodean.

He visto este patrón repetirse con una regularidad que ya no me sorprende. Primero desaparece el feedback honesto. No decimos la verdad porque decirla tiene un costo. Después la persona se confunde con su rol. Empieza a creer que lo que hace es inseparable de lo que es. Así es como se instala la excepción, es decir, las reglas que aplican a otros, aquí no aplican. Las desviaciones se normalizan, una a una, tan despacio que cuando alguien las señala ya forman parte del paisaje.

Quienes tenemos sensibilidad relacional lo percibimos antes de poder nombrarlo. Algo se mueve en el cuerpo, una incomodidad sin forma, una tensión que no encuentra explicación racional inmediata. El cuerpo registra antes de que la mente pueda articular lo que está pasando. Y entre este registro somático y la posibilidad de nombrarlo hay un intervalo que puede durar días, meses, años. Este intervalo tiene un costo. Mientras dura, el patrón se asienta. Lo cual lo hace más difícil nombrar precisamente porque empieza a parecer normal.

Acercarse al poder también activa algo íntimo, personal. Atracción. Ambivalencia. Deseo de pertenecer. Miedo.

A veces se activa nuestro deseo de incidir. De que nuestra presencia cambie algo. A veces lo que se activa es nuestra cautela. La cautela ante lo que implicaría quedarnos, lo que tendríamos que ceder o ignorar para seguir dentro del sistema de pertenencia.

Todo esto revela nuestra historia con el poder.

Una historia que se inicia mucho antes de nuestra implicación con cualquier grupo espiritual o comunidad política sectaria. Empieza en la familia, en los primeros vínculos, en lo que aprendimos sobre la autoridad y su costo. Lo que sentimos al acercamos al poder lleva capas de esta formación temprana. El miedo aprendido, la seducción aprendida, la lealtad aprendida, la invisibilidad aprendida.

También he conocido personas que sostienen el poder con integridad. Se distinguen por su práctica. Buscan la opinión de otras personas, piden apoyo, supervisan su servicio. Sostienen límites firmes y claros. Permiten que la verdad circule.

El límite es una práctica.

Lo que comparto aquí viene de años de experiencia directa. De haber estado dentro y de haber pagado el costo de ver. Mi discernimiento es mi ofrenda.

La distinción entre el poder que construye y el poder que consume lo cambia todo.

He constelado el poder en todos los ámbitos de mi vida. El familiar, político, espiritual, educativo. He ocupado un lugar y un rol de regulación dentro de sistemas de abuso. He hecho de contrapunto energético. Este es un lugar de servicio y también un lugar muy exigente de sostener, por no decir, peligroso.

Con el tiempo he aprendido a diferenciar y a confiar en mi lectura. Qué es mío. Qué me corresponde. Qué no.

El trabajo con la ciclicidad me ha permitido confiar en mi percepción. Reconocer que cuando mi cuerpo me señala algún peligro, hay información real.

Lo sectario atraviesa todos los ámbitos. Atraviesa cualquier estructura que captura nuestro sistema nervioso y organiza nuestra identidad en torno a una lealtad incuestionable.

El abuso es una forma de extracción. A veces evidente. A veces sutil. Extracción disfrazada de amor, de servicio, de pertenencia.

Los sistemas funcionan así. Extraen tiempo, cuerpo, atención, energía. Dependen de la obediencia ciega. Del silencio cómplice.

Aprendemos a ofrendarnos dentro de estos sistemas. Como si fuera natural. Como si fuera amor. Como si fuera compromiso. Así entregamos nuestra energía, sin reconocer el mecanismo de extracción que nos consume.

Cambiamos el lenguaje. Usamos la palabra ofrenda donde realmente hay extracción. Paz donde hay pasividad. Lealtad donde hay sometimiento.

Poder reconocer esto cambia nuestra relación con nuestra propia energía y agencia. Esto es salud.

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  • by Paloma Todd Montes

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