El Altar del tiempo

Pertenencia es reconocernos parte de un tejido vivo de memorias y relatos que nos conectan con lo ancestral. Es habitar un tiempo que respira con los ciclos de la Tierra y el Cosmos recordándonos nuestro lugar en la continuidad de todo lo que ha sido y será. Pertenencia es la raíz, el eco de un tiempo cíclico que nos devuelve a la esencia de lo que somos y a los mitos que nos sostienen. Es sincronizarnos con el latido de lo eterno, con la memoria de lo que somos.

Somos oráculos vivos. Somos los templos peregrinos. Solo tenemos que recordarlo y nombrarlo. Solo tenemos que escucharnos y nombrarnos. Porque tú ya sabes desde las raíces de tu corazón encarnado lo que deseas levantar este deseo orgánico que te precede atravesará todas las narrativas impuestas porque este es tu fuego que cíclicamente abonas nutres haces crecer cuando te presentas ante el umbral de tu pertenencia. Es sencillo. Pertenencia al tiempo eterno. Pertenencia al tiempo que retorna que siempre retorna.
Ese es un camino de retorno, de encuerpamiento, descenso, muerte, composta, fermento. Un camino de iniciadas e iniciados que, a través de las eras, nos han dejado el legado y la guía –las escrituras– para no perdernos, para recordar esta dualidad ascendente y descendente de los ciclos de vida, muerte, vida. Esta es la base de los mitos más antiguos, los logos primarios, que preceden la escritura, que nos llevan al origen. Es este origen el que nos permite encontrar los fundamentos del Yo. Sus raíces. Y desde ahí –abajo, adentro– regenerar y potenciar el brote de la vida. El proceso ascendente.
Yo soy el tiempo Con voz de sangre Trono hecho de huesos Pertenencia es un lugar en mi memoria Casa consciente que habito cuerpo adentro Mi encarnación Pertenencia es mi cuerpo habitado A la seguridad de qué ahí donde estoy Pertenezco Yo soy mi lugar y me pertenezco.
Este momento tiene que ver con la necesidad de digerir memorias del pasado para actualizar nuestro sistema emocional con el presente. Entramos en un ciclo de mística emocional, que según mi definición, tiene que ver con la comprensión del valor de nuestro sistema emocional como brújula intuitiva y holística, como referente y guía de elección y acción. Son nuestras emociones, nuestras aguas, las que nos conectan con la verdad profunda de lo sentido; son nuestras aliadas. La mística de la vida sentida, la muerte sentida, la Tierra sentida, el cuerpo sentido. La mayoría hemos aprendido a mentalizar lo que sentimos, a encubrirlo, a avergonzarnos, a armarnos de protecciones que nos endurecen y, al final, limitan. Ninguna de estas estrategias protectoras heredadas –o aprendidas– nos van a ser útiles en el ciclo en el cual nos iniciamos. Este ciclo es sentido.
La Rueda del Zodiaco es una espiral narrativa. Es como una biblioteca multidimensional en la que los mitos, símbolos, oráculos, dioses y diosas, elementales, los planetas, las plantas, los minerales, el reino animal, las eras, las medicinas, los remedios, las lecciones, las alianzas convergen. Nuestra mitología biográfica y celular está entretejida en este tapiz que trasciende las narrativas del tiempo lineal.
Nuestra inocencia erótica precede el conjuro de abuso y desvalorización que nos ha condicionado a negarnos esta sabiduría. Nos tuvimos de desdoblar, separarnos en dos, salirnos del reino de la Madre, que es nuestro cuerpo, salir del territorio ocupado por el dolor y la negación para sobrevivir. Nos disociamos. Pero ahora estamos conectando con la narrativa del retorno. Nuestro cuerpo nos da la bienvenida de nuevo. El deseo abre las puertas y aflojamos la resistencia. No hay más tiempo para la frustración instalada en nuestra aceptación, para el auto abuso. Nuestro deseo es abrir vías para la satisfacción. La satisfacción de habitar y honrar la gnosis de nuestro cuerpo. Para esto necesitamos reconocer que el placer es una memoria viva que nos espera, nos habita y nos crea. Nuestra creatividad es su voz.
No podemos intimar, no podemos hablar de intimidad afectiva o vincular, si no estamos tejiendo profundo en el inframundo juntos. Eso es lo que me enseña Venus. ¿Y qué es tejer juntos profundo en el inframundo? Pues para eso tenemos que caminarlo, sentirlo, compartirlo, y es algo muy sutil y somático que se siente en el ese espacio liminar compartido. Un respeto y una conciencia de que estamos en el margen de lo que hemos aprendido sobre lo social. Entonces lo que intento nombrar aquí –y no está siendo fácil, se siente crudo, vulnerable y arriesgado– es la intención de traer ese invisible a lo visible. Traer eso que está adentro –y abajo– en mí, que hábito y que cuido. Traer esa verdad y esa conciencia a la superficie para invitarte a que la habites conmigo. Y sobre todo para invitarme a no traicionarme en el intento de cuidar o sostener mi relación contigo. De no traicionarme participando de una manera de manejar la energía, el tiempo compartido y la palabra, que me lleva a la memoria traumática de la disociación en vez de la integración.
Nombro que, en nuestra sociedad, lo que nos ha colonizado, también ha colonizado los espacios comunitarios en los que el duelo puede ser atendido y respetado. Y, cómo los permisos a conectarnos y socializar desde otro lugar, no están normalizados. Desde este lugar, entonces, mi vivencia está invisibilizada. Al menos que vaya a terapia y me lo trabaje pero, sin una comunidad que te reciba, no hay iniciación. La medicina que llevo queda sin un espacio en el cual ofrendarse de manera segura. El duelo queda en las bambalinas como algo marginal.
Mi madre se va. Como mujer que trabaja con la muerte, que conoce ciertos misterios, algunos, los pocos que conozco, con relación al portal, al velo que separa un reino del otro, la acompaño. La ayudo en el espíritu a hacer su transición. Estoy oficiando su retirada, porque al hacerlo por ella lo hago por mí. Por su madre y por su abuela, y por su tatarabuela; y por su padre y por su abuelo y por su tatarabuelo. Estoy con ella y con todos los que vienen acercándose a ella para hacer sentir su apoyo, presencia y amor. Así que lo vivo como una iniciación a la madre, en todas sus dimensiones.
En lo personal, comparto que hace parte de mi vocación cuidar y honrar este altar. Me dedico a esto. Atiendo a los muertos. Cuido el camino de nuestra relación con las almas. Me inscribo en esta tradición. Las almas piden ser miradas. Estamos llamados a acoger este sentir. A perderle el miedo a la muerte. A honrar la continuidad del vínculo. Les recordamos. Les cantamos. Nos compartimos. Ocupamos nuestro lugar. Cuidamos el eslabón. Damos la gracias. Cumplimos con nuestra parte.
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