Me acuerdo de tantos momentos del pasado que, por confusión, ignorancia o timidez, no supe responder a lo que determinados vínculos me ofrecían. Me acuerdo de un sentimiento de torpeza social que intentaba mitigar al sostenerme en silencios y distancias ante situaciones que me desafiaban a revelarme. Me acuerdo de sorprenderme de las respuestas que mi singularidad podía causar en los demás. Y me acuerdo también sentir que mis intenciones a menudo no correspondían con el efecto que mis palabras y actitudes tenían en las demás personas. Me acuerdo sentirme mal y evitar sentirme así. Me acuerdo del sentimiento de exilio que estas fronteras vinculares me causaban. Me acuerdo de que mi recurso era hacer como que no pasaba nada, añadiendo distancia en un lugar que pedía cercanía. Me acuerdo de que este sentimiento de estar al margen del consentimiento social me acompaña desde que tengo memoria. Me acuerdo entonces de que soy hija migratoria, extranjera en toda tierra que he pisado. Me acuerdo de que mi pertenencia está fragmentada y que mis intentos de adaptación también lo están. Me acuerdo de que soy mujer de varias orillas y que soy siempre la que llega o la que los demás esperan. Me acuerdo también de que a veces la que llega puede ser temida por traer otros olores y sabores que amenazan o hechizan. Me acuerdo entonces del largo camino que he hecho para llegar hasta este lugar que soy y mirar con otros ojos esta versión de mi travesía deshabitada. Me acuerdo y me recuerdo que mi singularidad es mi misterio, que invito a quien quiero a la casa de mi juego. Me acuerdo de que tengo margen para moverme, para ser extraña, lejana, próxima, ajena o íntima y que todas mis dimensiones son bienvenidas. De eso me acuerdo hoy.
Este texto nace del taller de escritura La Dimensión de los Días impartido por Ernesto Pfeiffer
