El Altar del tiempo

Pertenencia es reconocernos parte de un tejido vivo de memorias y relatos que nos conectan con lo ancestral. Es habitar un tiempo que respira con los ciclos de la Tierra y el Cosmos recordándonos nuestro lugar en la continuidad de todo lo que ha sido y será. Pertenencia es la raíz, el eco de un tiempo cíclico que nos devuelve a la esencia de lo que somos y a los mitos que nos sostienen. Es sincronizarnos con el latido de lo eterno, con la memoria de lo que somos.

Esta historia de amor entre el Sol y la Tierra es el corazón de nuestra gnosis, de nuestra sabiduría íntima y subjetiva. Esta historia de amor es también el hilo de oro de una narrativa milenaria que sigue viva hoy. Este es el poder de la mitología.
Honramos las memorias que nos habitan, las danzamos, les cantamos, les hacemos ofrendas. Son agua viva y puerta al manantial profundo del amor que precede lo herido. Es la puerta a la raíz, la casa, la pertenencia.
La astrología se ha adaptado a las épocas evolutivas de la humanidad. Está viva y, sin embargo, también ha sido sometida a la inquisición de la Iglesia, al exilio de las jerarquías académicas y científicas, y ahora, trágicamente, a la banalidad de las palabras sin raíces del marketing digital. La práctica astrológica pasó de ser un lugar de convergencia de distintas ramas de la sabiduría (alquimia, herbolaria, estrategia y poder, espiritualidad, ciencia, magisterio, sacerdocio, liderazgo, oráculo) al esoterismo marginado. El hecho de que esta herramienta tan poderosa esté exiliada de nuestra formación primaria, y de las narrativas reconocidas por la cultura moderna, es una pérdida. Algunos pasaron por la hoguera para preservar su linaje. Bajo el nombre de herejes estos guardianes fueron perseguidos, y escondieron sus códigos en mitos, en historias vivas, en el sincretismo del arte, la terapia, la gnosis soberana.
Manos mástil en la tormenta. Manos que en la profundidad de la tragedia han sostenido el calor del hogar y la familia. Manos siempre abiertas al abrazo generoso del perdón, la aceptación y el respeto. Manos maestras. Manos de artesana, costurera, dibujante, cocinera, cuidadora. Manos tan abundantes que revelan la continuidad amorosa del corazón uterino de nuestro linaje. Un amor feroz que reconozco inscrito en su piel. Manos pertenencia. Manos hogar. Manos tierra. Manos de abuela que no tuvo nietos ni nietas. Manos de mi madre sobreviviente. Manos dignas que no claudican, que no se rinden. Manos que aplauden con alegría el encuentro eterno en la risa compartida.
La autocuración es un término amplio e interdisciplinario que en su esencia nombra la capacidad de nuestro cuerpo*mente de regenerarse. La autocuración apela a las fuerzas vitales innatas de nuestro ser -en todas sus dimensiones- para curarse a sí mismo. La autocuración también se refiere los procesos homeostáticos de nuestro cuerpo controlados por mecanismos fisiológicos inherentes a nuestro organismo.
Somos varias generaciones tocadas por la orfandad de nacimientos libres. La orfandad de una tribu libre, de una tierra libre. La orfandad de linaje, de abuelos y abuelas que nos reconocen y validan en el espíritu desde antes de haber nacido. La orfandad de un consejo de ancianos que vela por la armonía multidimensional de todas nuestras relaciones. La orfandad de no haber sentido el permiso al gozo radical. La orfandad de permisos para el duelo, el llanto, el silencio, la pena como expresión sagrada de la vida. La orfandad de iniciaciones pertinentes y cuidadas. Orfandades que nacen de migraciones traumáticas, de huellas coloniales, de exilios forzosos. Improntas ocultas de desarraigo, miedos y terrores, vulnerabilidad extrema, abuso, peligro, persecución, trauma. Orfandades añejas que nos envenenan ocultas, que emergen a través del cuerpo, el síntoma, la desvitalización, pérdida de la memoria, procesos autoinmune.
Los tres días previos a la Luna nueva, son los días que preceden esta siembra. Son días de oscuridad y de preparación fecunda para el nuevo ciclo. Estos son días propicios para desprendernos, separarnos de lo que ha muerto, de lo que ya no crece; de las creencias y hábitos que reconocemos pertenecen a patrones del pasado, que sentimos nos limitan en la expresión actualizada de nuestro ser.
Mujer caribeña, antillana, de dos orillas, cuatro culturas y tres lenguas. Soy una intersección de linajes rotos en la superficie, unidos en lugares profundos y no carteados. Lugares clandestinos en los que mis altares heredados responden a distintas tradiciones.
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