Es la típica ventana francesa, de madera con seis cristales y su cortina de cuadritos rojos y blancos. Casa de piedra, pared cubierta de hiedra, puerta de metal y campana que sonaba cada vez que entraba alguien al jardín. Y desde esta ventana, veías la gente pasar y luego entrar a la habitación principal, que era una cocina abierta, con una mesa amplia, los fogones de mi tía, la escalera de madera que llevaban a la planta alta, las cómodas con los platos, y otra puerta, siempre abierta, que daba a la habitación de la chimenea. Recuerdo esa prolongación del tiempo. La campana, la persona pasar frente a la ventana para abrir la puerta, y entonces entrar. De un lado de la ventana el jardín de mi infancia, y adentro, la cocina de mi tía. Los lugares nos fecundan y éste es definitivamente un tesoro formativo. La enciclopedia de mis fundamentos.
Cuando abro este libro reconozco que habitarlo fue mi verdadera escuela. Todo en él está escrito en mí. Soy sus páginas. Soy el bosque que me enseño el amor al árbol. Porque tuve mi árbol y crecí con él. Conocí sus ciclos por las estaciones. Mi alma mater del tiempo natural. Las flores, los frutos, el otoño, la nieve, el fuego. La huerta de mi tía. La acompañé desde la siembra, las cosechas, hasta las conservas y las mermeladas. Conocí la ruta del alimento. Recuerdo cuando el tomate llegaba a la lasaña, la manzana transformada en la tarte Tatin, y a toda la familia reunida cantar los deleites de la magia culinaria de mi tía. Alabanzas. Para morir de gula y sin culpa. Tata tenía el don, el fervor culinario y el laboratorio completo en sus manos. De los dos lados de la ventana. El silvestre y el que ella creó. No había escapatoria. Éramos sus conejillos de indias. Nos envolvía con sus delicias, con su encantamiento de integridad, rigor y precisión en sus labores y sabores. La vi rabiar cuando se le giraba la mayonesa, llorar cuando los huevos no subían en merengue y no perdonarse cuando se le pasaba la cocción de algún pastel. Era implacable con el error. El propio y el ajeno.
Mi tata era una mujer enérgica, tónica. Sus gestos eran siempre entusiastas y comprometidos. La llamábamos la sargento. En la familia le tenían un poco de miedo y se burlaban de ella (también un poco) con ternura. Conmigo siempre fue dulce. Ayudó mucho a mi madre en mi crianza. Vivíamos en París y mi madre trabajaba. La escolaridad en Francia tiene la particularidad de que cada seis semanas, hay diez días vacaciones. Mi tía hacia un viaje de una hora y media en tren para irme a buscar a París. Así pasé mi infancia. Como un collar hecho de dos cuentas, dos tiempos, el de la ciudad, que casi no recuerdo, y el del campo, el bosque, la huerta, mi tía, su esposo silencioso y amable, su cocina alquímica, su comida gourmet,pero sobria, el fuego cantor y la casa. Me atrevo a decir, mi casa. Sí, fue mi casa. Una casa hecha para una niña, como en los cuentos de hadas. Donde aprendí a cortar el perejil con tijera en un vaso, a tejer la lana en un telar de pedales, a ser asistente de pastelería francesa, a dormir en una cama con sábanas que olían a lavanda y mantas de lana tejidas por mi tía. Así fui fecundada. Por un amor severo e implacable que germinó en la mujer que reconozco ser hoy. Mi tata ya murió. La casa es de otros. Pero está viva en mí. Cada detalle brilla en mi memoria. Y eso es un milagro.
Este texto nace del taller de escritura La Dimensión de los Días impartido por Ernesto Pfeiffer
