Tu corazón late en el centro de la espiral.
El tejido de tu corazón es una estructura que se enrolla sobre sí misma, que gira, que se recoge y se abre. Cada latido es un movimiento hacia adentro y hacia afuera. Es una torsión viva.
El duelo se mueve de manera similar. Va y viene. Vuelve. Se repliega. Reaparece desde otros lugares. Nos atraviesa por capas.
La espiral es una arquitectura. Está en nuestro ADN. Está en nuestra fascia, en nuestras huellas dactilares, en las galaxias. Es la forma en la que la vida se organiza. La manera en la que se despliega. También es la forma en la que nuestra conciencia evoluciona. De ahí que sincronizarnos con el tiempo cíclico es un movimiento evolutivo.
Nuestra psique no es lineal. Hemos aprendido a entendernos desde este prisma. Pensamos en el crecimiento como una secuencia. Pensamos en la sanación como una meta y en el dolor como un error que hay que corregir. Patologizamos nuestro dolor. Sentir es el problema, dice nuestra mente. Vivimos el duelo como una disfunción, como algo que tenemos que gestionar.
Cuando sacamos la experiencia humana del movimiento orgánico de la espiral aparece la confusión. Desterrados de nuestro lugar en el tiempo buscamos diagnóstico y reparación constante. Esta es la fantasía de la perfección. Una perfección inalcanzable.
Esto atraviesa el campo de la espiritualidad. Hemos construido una idea de evolución que esquiva la muerte, el duelo y la pérdida. Como si nuestra humanidad fuese algo que tenemos que dejar atrás en lugar de algo que habitamos plenamente.
Ser humana es moverme dentro de una espiral de devenir continuo. La pérdida forma parte de la estructura.
Mucho de lo que nombramos como bloqueo, síntoma o creencia limitante tiene otra raíz. A menudo es un duelo congelado, un movimiento interrumpido, capas de experiencia que esperan ser acompañadas en su propio tiempo. Piden espacio, relación, presencia.
Morir y renacer es un patrón constante de la vida psíquica. Sin embargo seguimos interpretando la caída, el retorno y el volver a sentir como señales de algún tipo de fallo.
La espiral se mueve en ambas direcciones. Sostiene la pérdida y el amor, el cierre y la apertura, la memoria y la posibilidad. Aprender a orientarnos en este movimiento lo cambia todo. El duelo deja de ser algo que resolvemos y pasa a ser algo que habitamos. Tiene estructura. Tiene capas. Tiene inteligencia.
Cuando empiezo a reconocerme dentro de este movimiento aparece algo fundamental. Aparece mi criterio. Veo con claridad qué necesita reparación, qué necesita ser llorado, qué es trauma y qué es proceso. Qué requiere intervención y qué requiere presencia
Mi cuerpo deja de ser un problema que debo gestionar. Mi cuerpo es el lugar al que vuelvo y desde el cual resuelvo. El dolor deja de ser algo que silencio. Es información, dirección, profundidad. Desde ahí mi conciencia se transforma. Mi duelo deja de ser sólo un campo de pérdida y se convierte también en un recurso fertil. Materia prima. Fuerza regenerativa de mi eros para la creatividad, para el vínculo, para la forma en la que la vida se organiza desde dentro.
La práctica de mi Soberanía Creativa implica desarrollar la capacidad de permanecer en lo que me duele sin fragmentarme sin anestesiarme, sin convertir mi herida en una identidad fija en mí. Es aprender a moverme con la espiral y a volverme cada vez más íntegra en cómo habito lo que ya soy.
