Estos días han sido devastadores para el alma colectiva. Nuestros espacios de intercambio social en las redes están siendo invadidos por imágenes y textos de una violencia y una depravación profundas. La sobreexposición es brutal, desregulada, y atraviesa los cuerpos sin mediación ni cuidado.
Me dirijo a ti para recomendarte que no consumas estas imágenes, que no leas esos textos. Una cosa es querer que la verdad salga a la luz y que se haga justicia, y otra muy distinta es exponerse –o exponer a otros– a este material sin conciencia, sin marco y sin regulación interna.
No subestimes el impacto que estas narrativas tienen en tu psiquis y en tu sistema nervioso. El trauma no sólo se produce por vivencia directa. También se instala por repetición, por saturación, por mirar sin poder metabolizar. El cuerpo no distingue entre lo que presencia y lo que revive simbólicamente. Y cuando el horror circula así, sin contención, erosiona nuestra capacidad de sentir, de discernir y de cuidar.
Es un tema complejo y profundamente arriesgado de abordar. Por eso, mi invitación no es al silencio, sino a la protección. A protegernos y a proteger a las víctimas.
Interroguemos el consumo de estas narrativas. Sí, verlas es consumirlas. Y consumirlas sin conciencia nos hace parte de un circuito que reproduce aquello que dice denunciar. El desorden, la crudeza y la forma en que todo esto se ha hecho público no son inocentes. Responden a una agenda que convierte el dolor en espectáculo y el trauma en mercancía emocional.
La manera en que estas imágenes circulan en las redes constituye una violación directa de nuestro consentimiento somático. Son una forma perversa de hacernos cómplices voyeurs de lo inaceptable. Las víctimas ya han hablado. Y no fueron escuchadas. Volver a exponer sus cuerpos, sus relatos y su dolor sin cuidado no es justicia. Es una capa más profunda de violencia y es profundamente perverso.
¿Qué agenda hay detrás de este bombardeo que viola nuestra integridad retinal?
Estamos ante una propaganda de la saturación que penetra nuestra retina sin consentimiento. Nos entrena a tolerar el exceso, lo dañino y la aberración como algo cotidiano. El umbral de nuestra sensibilidad se desplaza. Esto tiene un nombre. Se llama grooming.
Grooming es un término en inglés que se usa en español en el ámbito del abuso sexual y la violencia digital. Grooming se refiere a un proceso de manipulación psicológica y emocional, generalmente ejercido por una persona adulta sobre un/a menor de edad (aunque también puede darse entre adultos en relaciones de poder desiguales). El objetivo es ganar confianza, normalizar la invasión, borrar los límites y preparar una situación de abuso. Puede ser sexual, económico o de control.
¿Y si esto es una puesta en escena?
¿Y si el gesto de compartir estos archivos fuese un fetiche? El fetiche del exhibicionismo. Fetiche del poder que se sabe impune. Fetiche de la élite que no sólo comete el crimen, sino que además se permite mostrarlo.
Hay una diferencia profunda entre verdad y espectáculo. La verdad busca una reparación. El espectáculo busca una audiencia. Y la audiencia es energía.
Entonces la verdadera pregunta es otra. ¿Qué tipo de energía está siendo cosechada con esta exposición de la verdad? ¿Qué operación psíquica está siendo activada en el colectivo?
Hay algo aquí que se parece más a un acto de regocijo que a un acto de justicia. Un regocijo frío. El placer del dominio. Un mensaje silencioso que se imprime en el inconsciente colectivo que dice mira lo que hacemos. Mira lo que hicimos. Mira lo que podemos seguir haciendo.
Cuando el poder exhibe sus crímenes, lo convierte en lenguaje, en pedagogía. Nuestro cuerpo social aprende. Aprende, por ejemplo, que la violencia sexual es inevitable. Aprende que la impunidad es estructural. Aprende que los depredadores siempre ganan. Aprende que las víctimas existen para ser consumidas. Aprende que la intimidad de una sobreviviente vale menos que el morbo de una multitud.
Y esta pedagogía tiene consecuencias políticas reales. Porque un colectivo desensibilizado es un colectivo más fácil de manipular y dominar. Un colectivo saturado de horror es un colectivo que deja de sentir. Un colectivo que consume la violencia sexual como simple información es un colectivo con el eros herido, dañado, traumado.
Aquí hay otra pregunta que casi nadie se atreve a sostener. ¿Cuántas personas, adultas están fascinadas con cada detalle que emerge? ¿Cuántos estarán alimentando su mundo interno con el catálogo de los delitos de los círculos más poderosos? Ésta es una dimensión silenciada. Se habla de indignación, sí. Pero el sistema sabe perfectamente que el horror sexual no sólo produce repulsión. También produce estimulación, atracción. También produce adicción.
El campo se vuelve doble. Por un lado, la indignación masiva. Por otro la fascinación clandestina. Ambas caras del mismo hechizo. Ambos estados capturan nuestra psiquis, secuestran nuestra alma.
En vez de desmantelar la red, se amplifica su narrativa. En vez de retirarles el poder, se les concede el centro del relato. En vez de proteger a las sobrevivientes, a los niños y las niñas, se convierten en material de consumo.
Esto es lo que hace el depredador. Convertir el cuerpo del otro en un objeto. Convertir el trauma ajeno en su alimento. Convertir el dolor ajeno en mercancía.
Por eso detrás de la revelación de la verdad lo que realmente hay es exhibicionismo. Es un mensaje ritualístico. Es un acto de dominación.
La pregunta final es ética y estratégica.
¿Dónde ponemos nuestra atención?
Porque la atención es vida. La atención es energía. La atención es alimento.
Y hay entidades que se alimentan y fortalecen cuando la atención humana se adhiere a la escena del crimen como si la escena fuera el camino hacia la justicia.
La justicia no se construye mirando. Se construye protegiendo. Se construye reparando. Se construye removiendo depredadores del poder. Se construye creando estructuras vivas donde el eros vuelva a ser sagrado y el duelo vuelva a ser honrado.
El foco verdadero es claro. Sacar del poder a los depredadores. Cortarles el acceso. Desmantelar sus redes. Retirarles el permiso social. Arrancarles los recursos. Terminar el pacto.
Los pornógrafos del abuso se alimentan del espectáculo. Se alimentan de la fascinación. Se alimentan del espanto. Se alimentan de la atención humana convertida en energía cautiva.
Mi elección es precisa.
Mi energía pertenece a la belleza.
Mi energía pertenece a la salud erótica.
Mi energía pertenece al amor encarnado.
Mi energía pertenece a la magia de la Tierra.
Haz del placer, el tacto, la excitación, el orgasmo, los abrazos, las caricias, los mimos, la comunidad, la conexión y el duelo parte de tu autocuidado y del cuidado comunitario dentro de tu liderazgo y activismo.
Los sistemas opresores requieren de una ausencia de duelo y una falta de conexión con el eros. Necesitan la perversión de nuestra vitalidad erótica. Los sistemas opresores buscan minimizar el duelo. Convertir el duelo en tristeza, en auto victimización y resentimiento. Los sistemas opresores buscan controlar el eros y canalizar su vitalidad hacia el fervor de la violencia.
En estos tiempos de agitación, te invito a que sigas presentándote a la vida. Sigue bailando, sigue viviendo, sigue amando y sigue conectando. Sigue llorando como fundamento para organizarte, resistir y diseñar estrategias de resistencia compartida. Sigue practicando la liberación y la soberanía que estás esforzándote por crear.
Aclaración
Cuando digo que este material no debe consumirse, no estoy hablando desde la negación ni desde la ingenuidad. Estoy hablando desde la experiencia. Esta información es antigua. Forma parte del conocimiento oscuro de esta Tierra y Humanidad. Forma parte del proceso iniciático de muchas tradiciones espirituales. Abrir los ojos a la naturaleza del mal y de la distorsión ha sido siempre una etapa del despertar de la conciencia.
Lo que hoy circula por redes no es nuevo. Es antiguo. Muy antiguo. Está ligado a narrativas arcaicas, violentas, profundamente misóginas y sacrificiales. Es magia negra. No como metáfora sino como una tecnología psíquica que captura la atención, la emoción y el eros humano. Por eso mi llamado no es a ignorar que existe, sino a no alimentarla.
Estas narrativas existen porque hay un vacío en el campo. No porque sean omnipotentes. Sino porque algo esencial ha sido desplazado. Esta falta es el eros vivo. Es el amor encarnado. Es la calidez entre cuerpos. Es la comunidad que protege. Es la infancia colocada en el centro del tejido social. Cuando esto falta la distorsión ocupa el vacío.
Yo llevo más de quince años al tanto a estas narrativas. Nada de lo que sale hoy me sorprende. Eso no quiere decir que no sienta el impacto en mi soma. Mi integridad energética y mis límites están claros. Mi ferocidad me inmuniza. No consumo.
Durante años hice trabajos profundos con plantas de poder y con lo que en algunas tradiciones llamamos mi mediumnidad o videncia. Ese camino me llevó una y otra vez al mismo lugar. Lo miro ahora en retrospectiva y es como si me hubiese entrenado para desempaquetar esta realidad energética de hoy. En realidad, ésta es también la esencia de mi trabajo con la Luna y con Venus, y con Soberanía Creativa.
Se trata de ver lo que hay detrás de la cortina. Es una desconstrucción psíquica que desafía nuestra disonancia cognitiva. Hay que ir poco a poco para asimilar un cambio de percepción tan agudo. Por eso el trabajo con la Luna negra, con el miedo, los traumas, el rescate del alma, el inframundo, es una manera de fortalecer nuestra integridad y nuestro corazón para mirar de frente la verdad.
Se trata de bajar al fondo del pozo. Mirar lo que vive ahí. Volver con el corazón intacto. Desde ahí hablo. Desde ahí nombro. Por eso lo puedo nombrar con claridad.
Si este material te afecta, si te invade, si te sobrepasa, si altera tu sistema nervioso, retírate. Protégete. No lo consumas. No aporta nada que lo consumas. No te hace más consciente. No te hace más fuerte o más justa o justo. La primera acción es la retirada consciente. Elegir no mirar. Elegir no leer. Elegir no reproducir. Eso también es un acto político y espiritual.
La segunda acción es la educación profunda. No desde el shock ni desde el morbo, sino desde un estudio serio de la naturaleza del mal, de la perversión del eros, de las dinámicas de poder, de la historia real que se mueve detrás de los escenarios aceptables. Educarse no significa intoxicarse. Significa adquirir el mapa, el idioma y el discernimiento. Porque evitar mirar lo que hay detrás de la cortina no nos ha protegido. Sólo nos ha atrapado en una realidad escapista y falsa. Y lo más grave es que una gran parte de la cultura popular que consumimos se alimenta de estas raíces enfermas. De esta podredumbre. De esta distorsión profunda del eros.
Pero aquí hay algo crucial que quiero dejar muy claro. No estamos aquí para reparar esta distorsión directamente. No estamos aquí para sumergirnos en ella. Estamos aquí para entrenar un corazón lo suficientemente fuerte, y una alma lo suficientemente arraigada como para poder mirar la realidad sin contaminarnos y enfermarnos. Y esto se entrena. No es algo que se da de manera automática.
Hay personas que están leyendo esto ahora y saben exactamente de lo que estoy hablando. Lo sienten en el cuerpo. Reconocen ese fuego interno. Reconocen la mirada que puede ver sin perderse. Esa mirada no nace del consumo de imágenes. Nace del trabajo espiritual profundo. Del duelo integrado. Del eros sano. Del amor encarnado.
¿Y por qué hacemos este trabajo? Por los niños y las niñas. Porque no podemos abandonarlos. No podemos dejarlos solos en este campo.
Plutón en Acuario no sólo revela tramas ocultas de poder en las élite. Su trabajo más incómodo y real sucede dentro de los sistemas familiares. Ahí donde el abuso sexual infantil no aparece como monstruo externo, sino como secreto sostenido por generaciones. Ahí donde el silencio se volvió ley. Ahí donde la protección del apellido, de la imagen o de la armonía familiar pesó más que la dignidad de un niño o una niña. Plutón viene a exponer los pactos de negación que enfermaron a la sociedad desde su corazón, que es la familia.
Este tránsito nos obliga a mirar el abuso sexual infantil como fenómeno sistémico social, no como una excepción. No como casos aislados, sino como una distorsión que se repite allí donde faltan límites, lenguaje, adultos regulados y redes de protección. Acuario trae conciencia colectiva. Trae educación compartida. Trae la posibilidad de romper la transmisión transgeneracional del silencio y del secreto. Pero eso exige que tengamos temple. Exige espina y fuerza interna. Exige dignidad encarnada. Exige que seamos adultos capaces de sostener la verdad sin colapsar ni mirar hacia otro lado.
Colaborar con este Plutón significa entrenar nuestro carácter ético. Aprender a nombrar. Aprender a escuchar a la infancia sin relativizar, sin dudar, sin minimizar. Significa educarnos para reconocer las señales, los patrones, la energía, las dinámicas, los patrones de abuso intrafamiliar. Significa asumir que proteger a la infancia implica incomodar al sistema. Romper silencios. Denunciar cuando hace falta. Poner límites claros, incluso cuando eso desarma vínculos, lealtades o mitologías familiares. El verdadero acto plutoniano no es destruir. Es cortar lo que perpetúa la muerte del alma.
La redención liberadora de Plutón en Acuario nace cuando el poder deja de estar concentrado en el secreto y pasa a estar en la comunidad. Cuando la infancia deja de estar aislada y pasa a estar rodeada. Cuando el abuso deja de ser un tabú y pasa a ser un tema hablado con un lenguaje claro, con cuidado y con firmeza. Cuando como adultos recuperamos la capacidad de proteger sin miedo Plutón deja de ser un carcelero y se vuelve la fuerza regenerativa del tejido social.
