Nací un viernes. 30 de agosto. Del 68. Con la conjunción Urano y Plutón en Virgo. En mi caso vino con refuerzo. Además del Sol, se congregaron también en Virgo, Venus, Mercurio y Júpiter. Llegué en compañía de seis dioses en este signo de reputación algo desabrida y neurótica. Me ha costado honrar mi destino. Hoy reconozco con cierto pudor el sostenerme lúcida en la liminalidad de este arquetipo. Porque si rascas un poco la superficie sabrás que Virgo es Perséfone. Custodia la puerta del inframundo. Seis son muchos, planetas y voces, y no siempre están de acuerdo entre sí. Lo que puedo constatar con el tiempo es que el jefe del combo es Plutón.
Nací hija o amante de Hades. Nací en un ecosistema plutónico. Diríamos que fui una bebé de guerra. Nací en medio de un combate. Atómico. Entre explosivos. En medio de una red de intrigas que para nombrarlas tendría que morir ante cada palabra que intente narra la isla, la colonia, la lucha armada, el intento de revolución, la interpol, la violencia de los gringos y mi padre. Mi madre, cual Perséfone, en medio de todo, reina fragilizada. Mi padre se la trajo de París a la isla. Se enamoraron. Soy hija del amor, ¿o de la guerra? En esas me debato. En el filo del peligro y del eros. Con armas debajo de la cama.
Mi madre cuenta que se comió unos huevos fritos con tocineta y que pensaba que le habían caído mal, pero era yo. Que se negó a que la pincharan. El doctor Castañer le dijo, vale, pero entonces, no grites. Y me parió sin dolor. Eso dice. Que fue rápido. Que no le dolí al salir. Esa frase es mi tesoro. Estoy hecha para el gozo. Mi llegada no causó dolor. Me digo. Después de parirme mi madre le pidió a mi padre que le trajera un pollo a la brasa, de esos que vendían en la parada 18. Con orgullo dice que después de parirme se comió el pollo entero. Ella también es hija de la guerra. Nació en el 40, en Madrid. Mi abuela la lactó hasta los cuatro años, porque no había comida.
Mi madre siempre ha tenido sus prioridades claras. Entre los huevos, la tocineta y el pollo, así empezó mi narrativa, como continuidad de su apetito. Me tuvieron que sacar del hospital envuelta en una toalla porque la ropita que me habían comprado no me servía. Fueron cuatro kilos tan rollizos, que por lo que me cuentan, las enfermeras maravilladas me iban enseñando por ahí. Plutón siempre nos conecta con algo monstruoso, que se desborda, incontenible. Narrar el entorno de mi nacimiento, de lo que se tejía a mi alrededor, me hiela la sangre, todavía no lo sé sostener con la palabra. Todavía me es innombrable. Hoy me he asomado a la posibilidad del relato, del secuestro de Hades, de mi eterna Perséfone atrapada en una historia de espanto que habito desde el gozo. Ese es el intento. Hoy, elijo bordear la oscuridad y me refugio en mi madre, en nuestro vínculo sabroso e insaciable. Ella también es Virgo y nos entendemos.
Este texto nace del taller de escritura La Dimensión de los Días impartido por Ernesto Pfeiffer
