Mi mano tiene una M en el centro. Eme de mano. Eme de madre.
Desde que tengo memoria mi madre me dice que ama mis manos. La mira. La toca como si la respirara. La encuentra bella. Tienes las manos de tu padre, me dice. Mis manos son custodias de un fuego. Me hablan del amor en la caricia. El recuerdo de un recorrido epidérmico que sembró raíces de pertenencia. Mis manos son calientes, fuertes, pequeñas, tiernas y mullidas. Eme de mujer. Mano de amante. Caliento lo que toco. Toco lo que amo. Mi mano es un espejo. Me reconozco en ella. Solidaria. Doy la mano. Mi mano también es una almohada que acoge tu pena y abraza tu llanto. Mi mano me guía. La sigo cuando danzo. Abre espacio. Convoca a la palabra. La precede. Hablo con las manos. Conjuro reverencias como si fueran pájaros. Me las froto. Doy palmadas. Hablan lenguas. Como la de mis abuelas, las vascas. Cuando supe que la palabra euskera significa la mano que habla me reconocí en la casa de mi linaje. Claro. Primero habló la mano y la siguió la palabra, me dije. Son las manos de mi padre. Vuelvo ahí. Otro conjuro. El de la sangre. Qué bueno que lo tengo cerca. Tan cerca. Para recodarme que tengo un padre. Para recodarme que, aunque no lo recuerde me miro en el espejo de su mano todos los días. ¿Será su fuego el que me arropa y protege cuando pongo mis manos en mi pecho y toda pena se exorciza, todo miedo se apaga? Mi mano conjura otro destino entre él, mi madre y yo. Curandera, también repara y borda reconciliaciones difíciles. Entonces, reconozco que la eme en el corazón de mi mano es de amor.
Este texto nace del taller de escritura La Dimensión de los Días impartido por Ernesto Pfeiffer
