Mi vida es como las páginas de un álbum de fotografía de otra época. Un archipiélago de memorias que se miran entre sí. Algunas se reconocen, otras se ignoran. Los bordes de cada imagen delimitan la tierra habitada en mí. Entre medio de cada una, el abismo de la página vacía hace de espejo de lo inconexo. Mi tierra deshabitada. Un mar de olvidos en el cual conviven preciosos instantes de presencia. Preciosos porque los recuerdos se alzan victoriosos en su potencia. Cuando me miro me reconozco.
Mi vida es una victoria. El brote verde que renace de un bosque calcinado. Un aire de resurrección. Testimonio de que la vida que elijo habitar, silvestre y sin domesticaciones impuestas, es mi deseo rescatado de un secuestro atemporal.
Mi vida entonces es una cabaña acogedora. Mesa redonda. Alimentos sencillos. Fogón y candela al mando. Un verde profundo que nos arropa. Ojos que se miran y reconocen desde la planta de los pies. Manos que ofrendan tiempo habitado y aplauden el reencuentro. Reunión de amigos donde el tiempo es amor.
Mi vida es un acertijo. Una secuencia de interrogante que me llevan a desentrañar la clave de mi liberación. Cada pregunta emerge cíclica de detrás del velo del tiempo. Se abren puertas. Recibo respuestas. Descarto. Ordeno. Digo que no. Así no me gusta. Esto no me representa. Hasta que llega mi sí. Yo soy, me digo. Yo soy mi deseo vivo. Y es suficiente.
Este texto nace del taller de escritura La Dimensión de los Días impartido por Ernesto Pfeiffer
