Cuando hablamos de una conciencia Venusina, hablamos del amor y la frecuencia cardiaca que nos une en la vinculación con todos los reinos de la vida.
Venus nos ofrenda dos caras. La de la vida y la de la muerte.
Venus nos enseña que el amor continúa del otro lado del velo, y que la posibilidad de habitar la liminalidad del duelo no impide una celebración de la vida, no impide el gozo; pero sí tiene unas características energéticas, somática y corporales muy definidas. Así que estoy aprendiendo. He cometido errores.
La responsabilidad es mía con relación a las puertas que no he sabido custodiar. De los límites que no he sabido sostener. De las conversaciones que no he podido tener a tiempo. Yo misma he tenido que aprender que estoy en un lugar sagrado. Yo misma estoy aprendiendo que soy un altar. Que a mi madre le queda poco tiempo en esta Tierra, que no me estoy sacrificando por ella, que no estoy abandonándome por ella, pero que sí estoy tomando un tiempo de mi vida para dedicárselo y que ese tiempo es sagrado.
Venus siempre nos habla de valorización. Estoy aprendiendo a valorar mi tiempo y a honrar la claridad con que revela lo que no está al servicio de este propósito vital en este momento.
Ésta es la razón por la que estoy tomando la palabra y estoy nombrando esto que se siente vulnerable, se siente como una posibilidad de un juicio hacia lo que estoy compartiendo, cuando realmente lo que nombro es un derecho natural. Nombro que, en nuestra sociedad, lo que nos ha colonizado, también ha colonizado los espacios comunitarios en los que el duelo puede ser atendido y respetado. Y, cómo los permisos a conectarnos y socializar desde otro lugar, no están normalizados.
Desde este lugar, entonces, mi vivencia está invisibilizada. Al menos que vaya a terapia y me lo trabaje pero, sin una comunidad que te reciba, no hay iniciación. La medicina que llevo queda sin un espacio en el cual ofrendarse de manera segura. El duelo queda en las bambalinas como algo marginal.
A medida que maduro descubro que mi propósito es poner la muerte en el centro de la comunidad.
Es poner la muerte, el duelo y el agua que conecta el mundo visible con el invisible en el centro de la comunidad.
Cada gota de agua que yo pueda derramar por mi madre es una bendición.
Llorar la vida de mi madre es una bendición.
Emplazo la cultura que avergüenza el dolor. Hago una llamada de atención a las maneras sutiles en las que nuestros vínculos están atravesados por la cultura de la vergüenza. Por la mirada que no valida. Por espacios que no acogen.
Me desafilio de todo espacio vincular, personal y colectivo, que avergüenza la vulnerabilidad, encubre el dolor, maquilla el duelo. Lo nombro y me posiciono.
