Es en la profundidad de Cáncer, primer signo de Agua de La Rueda del Zodiaco, que profundizamos en los fundamentos de nuestra subjetividad.
En Cáncer emerge la raíz del yo. Ésta es la primera casa de nuestra conciencia: agua, célula, tejido, útero, sangre, mamá, teta, vínculo.
Con Cáncer siempre hay un llamado a recordar de dónde venimos, quienes somos, qué nos constituye. Es un arquetipo imprescindible en la integración de nuestras partes fragmentadas por las heridas de infancia y los traumas de desarrollo. Es decir, los condicionantes que han dado forma a lo que creemos ser. Sin revisitar cíclicamente esta impronta*matriz es difícil crecer y evolucionar hacia nuevos territorios en confianza. Es difícil individuarnos y encontrar la expresión de nuestra subjetividad de manera soberana y creativa.
Mis orígenes son complejos. Crecí bajo la influencia de la diversidad cultural y geográfica. La raíz de mi subjetividad es mestiza, sincrética, híbrida y fragmentada.
El primer avión al que me subí fue a los 18 meses, con mi madre sola, extremadamente vulnerable, en situación de peligro. Con los años y la madurez he podido reconocer que mi herida primaria es migratoria. Es lo que en el pasado he nombrado la herida de la mujer migrante.
Mi abuela materna, mi madre y yo (trinidad sagrada) damos voz a las tres últimas generaciones de esta herida, sin embargo, la herida migratoria está inscrita en los huesos de toda la humanidad. Es un lugar familiar profundo, cíclicamente pantanoso, que revela que la vulnerabilidad se hereda y la memoria de los traumas migratorios inscritos en el soma son de largo recorrido. Desde mi perspectiva el escenario colectivo pandémico ha abierto la herida migratoria colectiva. En estos pasados dos años pudimos reconocer que la realidad que vivimos no sostiene el cuido de lo íntimo. Nos enfrentamos al paisaje global de las familias separadas. Nos enfrentamos a un límite artificial al movimiento orgánico de nuestro corazón.
Hemos podido mirar a los ojos el dolor de no poder cuidar a quienes amamos, de no poder despedir a nuestros muertos, de no poder poner piel ahí donde más la necesitábamos. Este dolor es ahora global. Alcanzó a las masas, sin embargo, siempre ha estado presente en el inconsciente transgeneracional colectivo, y es parte de nuestra raíz común. También ha estado siempre presente en los colectivos menos privilegiados o perseguidos, colonizados y vampirizados por las invasiones y la guerra. Lo migratorio, el exilio, la huida, la sobrevivencia son todos paisajes comunes de nuestra psiquis y de nuestra realidad actual. Ahí laten en lo profundo de nuestra membrana común, de nuestras aguas primordiales, y si no los atendemos los seguimos recreando en el drama de la repetición.
Mi deseo con estas palabras es abrir una brecha compasiva que conecte lo íntimo con lo colectivo. Mi intención es invitarnos a honrar la ancestralidad de esta herida, sin juicio por el dolor que revela, desde la acogida nutricia de reconocernos parte de una historia común. Al hacerlo cuidamos esta herida ancestral para que, en vez de dominarnos y limitarnos en nuestra evolución soberana y creativa, abra las puertas a reconocernos comunidad sintiente.
Bajo esta Luna Nueva en Cáncer extiendo una invitación a que cuidemos esta raíz de duelo compartido.
Honramos las memorias que nos habitan, las danzamos, les cantamos, les hacemos ofrendas. Son agua viva y puerta al manantial profundo del amor que precede lo herido.
Es la puerta a la raíz, la casa, la pertenencia.
Sin este honrar cíclico de lo profundo, nos vamos separando de la realidad vivida por nuestros linajes y/o escrita en nuestra biografía, y nos perdemos. Que el espejo de este mundo herido nos inspire a ser comadronas de la vida, la que nos habita y rescatamos del olvido.
