Somos generaciones abusadas desde el nacimiento por un sistema que profana nuestro cuerpo, profana nuestra llegada a la vida.
Somos varias generaciones tocadas por la orfandad de nacimientos libres. La orfandad de una tribu libre, de una tierra libre. La orfandad de linaje, de abuelos y abuelas que nos reconocen y validan en el espíritu desde antes de haber nacido. La orfandad de un consejo de ancianos que vela por la armonía multidimensional de todas nuestras relaciones. La orfandad de no haber sentido el permiso al gozo radical. La orfandad de permisos para el duelo, el llanto, el silencio, la pena como expresión sagrada de la vida. La orfandad de iniciaciones pertinentes y cuidadas. Orfandades que nacen de migraciones traumáticas, de huellas coloniales, de exilios forzosos. Improntas ocultas de desarraigo, miedos y terrores, vulnerabilidad extrema, abuso, peligro, persecución, trauma. Orfandades añejas que nos envenenan ocultas, que emergen a través del cuerpo, el síntoma, la desvitalización, pérdida de la memoria, procesos autoinmune.
Desde una perspectiva holística y reparadora, siento que estamos en un momento colectivo en el que estamos llamadas y llamados a profundizar en el impacto del trauma infantil preverbal; específicamente los traumas intrauterinos y de nacimiento. Los duelos infantiles preverbales, y los traumas perinatales son un territorio muy delicado desde el cual trabajar somáticamente. En este lugar late la impronta de un no permiso para sentir con plenitud. No nos abrimos al gozo somático. Le tenemos miedo al gozo porque para sentirlo plenamente tenemos que atravesar la parte armada, la parte endurecida, la que tiene su memoria cristalizada en capas celulares muy profundas.
Descender es aceptar mirar ahí́ donde dolió y sigue doliendo en un silencio subterráneo que – eventualmente– nos ofrenda su rostro reparador.
