Mujer caribeña, antillana, de dos orillas, cuatro culturas y tres lenguas. Soy una intersección de linajes rotos en la superficie, unidos en lugares profundos y no carteados. Lugares clandestinos en los que mis altares heredados responden a distintas tradiciones.
El primer altar en mi casa fue la razón, el ateísmo, la política y el arte. En el centro de este altar estuvo siempre la belleza y la comida. En mi casa nos hemos sentados a comer juntos y hemos amado a la belleza.
También heredé el altar de mi abuela paterna. De ella me llega mi sensibilidad espírita, el anhelo místico y devocional, la videncia oracular, la astrología, la alta sensibilidad y la vulnerabilidad.
Mis linajes no son puros. Mi linaje es mi sincretismo. Mi mestizaje.
Recibo también el altar de mi abuela materna. Era vasco*navarra, ¡por los cuatro costados! como decía ella. Orgullosa de su tierra y de su lengua, reconozco y sostengo la profunda raíz que de ella me llega, ese wyrd cuya sabiduría se revela con el tiempo. De mi yaya heredo también la herida del hambre y de la guerra. Ella está viva en mí. Su fuego alumbra mis pasos.
