El Altar de la curación

Misterio es el altar donde lo visible y lo invisible dialogan, un tejido de presencias sutiles que nos atraviesa y nos sostiene. Es la voz de los ancestros, el conocimiento y la curación que despiertan en la oscuridad; la palabra que revela y transforma. Habitarlo es abrirse al lenguaje de los sueños, los conjuros y a la metamorfosis regenerativa. Es la memoria de los muertos, la magia que cura, la resurrección que llega cuando aprendemos a descender. Aquí, la sombra se transforma en medicina y la palabra en una revelación hacia lo sagrado.

Escuché mi cuerpo, que me dijo que sí, que me tenía que cuidar, que era una advertencia, que era una puerta iniciática, pero que yo no estaba tan enferma como para sucumbir a ese dispositivo de miedo y sus consecuencias en mi cuerpo y mi futuro. Recuerdo preguntarme de dónde venía esa sabiduría interna que me era desconocida. Esa certeza. Esa seguridad. Y sentí que existía una soberanía más allá de mi propia mente, o de mi propio control. Algo más poderoso que mi ego. Que sabía. La que sabe en mí. Soberana y creativa. Una voz clara que me dijo: tú no estás enferma. Hazte cargo de tu salud. No era una negación al diagnóstico. Era más bien una petición de responsabilidad por parte del cuerpo médico, una petición de que me miraran y me reconocieran, un reclamo de ser escuchada en mis dudas e interrogaciones. Me experimenté a mí misma en subjetividad libre y soberana. Sentí que podía elegir qué camino tomar para mi curación. Y eso fue lo que hice. Y es lo que sigo haciendo.
Es una generación iniciada al poder regenerativo de haber vencido el miedo a la oscuridad, de haber abierto los ojos en un lugar de terror transgeneracional para mirar en el corazón del abuso y la violencia. Éstas son las almas que vienen a acompañar a la humanidad en su proceso de curación de su envenenamiento. Hemos sido envenenados. Este veneno nos ha cegado y hemos aceptado y obedecido leyes letales, órdenes psicóticas, que atentan contra nuestra humanidad. Y no me refiero al más reciente despliegue de terror que hemos atestiguado en los pasados dos años pandémicos, que también. Me refiero a la sexualidad de los hombres y las mujeres secuestrada por una cultura explotadora, represora y degradante de nuestra energía más sagrada. Me refiero a la violencia contra la infancia. Nombrar y tener una voz, decir, no, no estamos de acuerdo, no consentimos, es nuestra ofrenda.
Un pensamiento creativo es un pensamiento soberano que puede cambiar la direccionalidad de nuestra vida. ¿Cómo reconocer esta chispa creativa autónoma, esta voz soberana que nos habita y nos habla desde la más profunda benevolencia de la creación? Tal vez cultivando una relación con este impulso vital, este deseo de ser, esta necesidad de brillar. Es decir sí a nuestro fuego y emanar el calor del ser. Un sí a la vida que nace del fuego de nuestras células. Un derecho y un merecimiento real de ejercer el poder de crear nuestra vida, de ser creadoras de nuestros caminos y guardianes de la sabiduría alquímica de nuestro corazón.
Lo que destilo de todo este proceso es tan precioso que mi movimiento natural es ofrendarlo al mundo. Es mi medicina. La capacidad de transformar aquello que nos ha envenenado en un poderoso antídoto. Es cuando ese gran daño recibido se hace entonces tu mayor aliado. No son cuentos. Son caminos de retorno, rescates reales. Cada vez más mi trabajo se destila al servicio de recorrer las vías libertarias de nuestra expresión esencial, rutas para nuestra soberanía creativa. Una vez encontrada la puerta a una ruta libertaria ¿cómo no compartirla?
Llevo un tiempo flechada por el Misterio. Me he visto tejida en una bella trama que no sé cómo nombrar. Se siente íntimo y colectivo a la vez. Y se siente un testimonio necesario. Siento que las palabras que me llegan para nombrar lo vivido están mancilladas por el abuso del neo marketing poético. Siento que usarlas sería encarcelar vivencias que pertenecen a un orden innombrable. Sería vestirlas de lo que en un principio las silenció. ¿Cómo nombrar el milagro? ¿Es bienvenido? ¿Cabe en esta realidad colectiva?
A los 50 años vivimos nuestro retorno de Chirón. Para mí, estos pasados cuatro años han sido implacables e impecables. Todavía me siento anclada del lado del silencio. Siento la sobriedad que me acompaña en este camino de rehabilitación, de reencuentro con la vida bajo otro contrato vital, bajo nuevos términos. Estoy en fase de apertura y ,sin embargo, la gravedad de la tierra adquirida, de la energía recuperada, del tiempo cuidado bajo el ala de mi maternaje y autocuido sostenido en momentos realmente feroces, me regula, me guía.
Somos mujeres de la modernidad. No hemos tenido el apoyo iniciático que nos guiara en el proceso de aprender a manejar nuestra energía dadora. Nos damos como la Tierra se da, como el agua se da, como la madre se da. Es parte de nuestra humanidad y nuestra pertenencia orgánica al reino de la vida. ¿Qué pasa con este don cuando crecemos y nos formamos en una sociedad fragmentada y disociadora, que extrae los recursos de la Tierra en beneficio de una vida artificial?
No me considero mujer medicina, ni chamana, ni bruja. Son palabras que quedan grande y tampoco nombran la verdad y realidad de mi recorrido. No tengo linajes espirituales en el campo de la curandería, ni he crecido cerca de hombres y mujeres medicinas como para sentirme cómoda con estas palabras. Son palabras que nombran determinadas tradiciones y aunque me puedo reconocer arquetípicamente dentro de estos linajes, mi camino, mi esencia y mi herencia es de fundamento místico, espírita y animista.
Mujer Ofrenda es un recorrido de Trece Lunas por la Rueda del Zodiaco. Durante trece lunas tejeremos una conversación entre las voces de nuestra orfandad, nuestra capacidad de dar y recibir, de confiar en nuestras creaciones, de ofrendarnos a la vida, en integridad. Es decir, en reciprocidad. Es decir, desde el júbilo de dar y de recibir en equilibrio, armonía y plenitud. Nos apoyamos en el ciclo de la Luna como matriz creativa, como un patrón de regulación somática a través del cual destilamos el veneno de los duelos congelados, de las memorias olvidadas, para extraer creativamente el antídoto de nuestro recorrido. Cada mes tenemos la oportunidad de pasar por una encrucijada, de cruzar un umbral. El umbral de la Luna nueva es el momento en el que el Sol fecunda a la Luna con la semilla solar del nuevo ciclo. Desde los tiempos más antiguos la Luna mueve nuestras aguas, nuestras emociones, nuestra memoria celular, nuestro ADN. Ella es testigo de –y mece– nuestra orfandad. Ella es también la custodia arcana de los hilos dorados de las narrativas vitales y luminosas que el tiempo de hoy necesita.
El cuerpo de la mujer es un altar al misterio de su sabiduría somática. Es desde este altar que nace su ofrenda consciente de sí misma al mundo. Ella, alma femenina regeneradora de historias rotas, la que teje nuestro camino de vuelta a la casa de la memoria, la que sabe los misterios, la que cura, la que elije contar la historia a su manera, la que no tiene miedo a la magia de su palabra. Ella, cuya fe abre cuerpos y recompone las rutas olvidadas, la que nos devuelven a la canción dorada del primer tiempo. La que conoce los misterios regenerativos del agua. La que desde el primer útero cantó y contó nuestros huesos, nuestra primera arcana. Ella es la creadora de los remedios pertinentes para este tiempo que vivimos. Remienda con las pociones de su biografía digerida. Remienda con los hilos de sus cicatrices. Ella destila el veneno a través de nuestra conciencia biográfica encarnada y lo ofrenda hecho belleza de vuelta generosa al mundo.
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  • by Paloma Todd Montes

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