En el 2007 tuve una iniciación que cambió mi vida. Tuve un diagnóstico de cáncer que abrió la puerta a una nueva línea de tiempo y a un proceso evolutivo muy potente que me ha traído hasta aquí, ahora. El término Soberanía Creativa nació en ese momento en el que recibí el diagnóstico, momento en cual un grupo de palabras intentaron hechizarme. Palabras que me intentaron penetrar con su conjuro invertido para hacerme creer que si yo no hacía lo que los médicos me decían me moría.
Escuché mi cuerpo, que me dijo que sí, que me tenía que cuidar, que era una advertencia, que era una puerta iniciática, pero que yo no estaba tan enferma como para sucumbir a ese dispositivo de miedo y sus consecuencias en mi cuerpo y mi futuro. Recuerdo preguntarme de dónde venía esa sabiduría interna que me era desconocida. Esa certeza. Esa seguridad. Y sentí que existía una soberanía más allá de mi propia mente, o de mi propio control. Algo más poderoso que mi ego. Que sabía. La que sabe en mí. Soberana y creativa. Una voz clara que me dijo: tú no estás enferma. Hazte cargo de tu salud. No era una negación al diagnóstico. Era más bien una petición de responsabilidad por parte del cuerpo médico, una petición de que me miraran y me reconocieran, un reclamo de ser escuchada en mis dudas e interrogaciones. Me experimenté a mí misma en subjetividad libre y soberana. Sentí que podía elegir qué camino tomar para mi curación. Y eso fue lo que hice. Y es lo que sigo haciendo.
La primera gran lección que aprendí en el 2007, a raíz de mi proceso de curación, es que tenía que poner límites. Que estaba tan fragmentada en el afuera cumpliendo con las expectativas ajenas que lo deshabitado en mí estaba gritando, y que mis células -generosas- estaban diciéndome: entra, desciende. Y sí, ha sido una búsqueda, no siempre acertada, pero sincera. Aprendemos del error y, en eso de aprender a poner límites, he necesitado pasar muchas veces por el mismo lugar.
Cíclicamente la vida nos pide que renovemos nuestros contratos, que recapitulemos nuestra vida para reconocer qué pide una mayor integridad, coherencia o pertinencia en el cuido. Lo que repetimos, porque en su momento nos sirvió, se puede dogmatizar o fosilizar y mantenernos atrapados en un lugar que no nos permite crecer, y que eventualmente nos enferma por inercia o por rigidez. Por miedo al cambio. Por miedo a cambiar y no ser recibidas.
