Presentarme es una llamada a la cual respondí desde mi nacimiento. Eso diría mi recorrido biográfico a través de mi carta astrológica. Lo vivo, lo camino y a eso me dedico, a tejer el puente entre el yo y las estrellas. Mi yo y mis estrellas. No es una tarea cien por ciento elegida. Más bien me he sentido elegida e invitada. Desde mi nacimiento.
Son 17 años conscientes navegando el laberinto de una enfermedad heredada, de un veneno transgeneracional ineludible. A mis 38 años me diagnosticaron el mismo cáncer por el cual mi abuelo paterno murió a los 63 años. Yo tenía quince cuando murió.
Me enfermé poco de niña. Siempre tuve una salud robusta. De ahí, la sorpresa de que mi cuerpo revelara otra historia. Una voz desconocida en mí. Mi camino con este diagnóstico –hasta aquí hoy– ha sido lo que llamo mi ciclo curativo consciente. No digo que esté curada. La curación es un proceso y tiene sus ciclos. No digo que mi camino haya sido transparente. Simplemente reconozco que el ciclo que se abrió cuando me diagnosticaron cáncer, hasta ahora ha sido un ciclo curativo que he habitado desde la pregunta, desde la intención de curarme. Ahí sí siento hoy la transparencia de mi motivación, y también el aprendizaje recibido a través de mis errores.
Reconozco claramente hoy a mis 54 años de edad que he culminado un ciclo de aprendizaje, de integración y de curación que inició en octubre del 2006. Ha tenido sus fases, algunas confusas, otras, con sus trampas y peligros. Gran parte del camino ha sido ir hacia atrás para encontrar la fuente del veneno, lo que daña. Este proceso es un camino de descenso de los planos de la mente para mirar ahí donde el cuerpo habla, para reconocer que el tiempo que precede nuestro nacimiento también habla a través de nuestro cuerpo en el presente.
A los 50 años vivimos nuestro retorno de Chirón. Para mí, estos pasados cuatro años han sido implacables e impecables. Todavía me siento anclada del lado del silencio. Siento la sobriedad que me acompaña en este camino de rehabilitación, de reencuentro con la vida bajo otro contrato vital, bajo nuevos términos. Estoy en fase de apertura y ,sin embargo, la gravedad de la tierra adquirida, de la energía recuperada, del tiempo cuidado bajo el ala de mi maternaje y autocuido sostenido en momentos realmente feroces, me regula, me guía.
Los ciclos de intensificación curativa son tiempos de inmersión en la dimensión que se abre cuando el síntoma se agudiza y revela su guía. Ciclos que han requerido de mí límites feroces con mis propias maneras de entregar mi tiempo y mi energía, de invertir mi esencia y vitalidad en situaciones, vínculos, patrones y compromisos que no aportan energía a mi vida y que, sin embargo, requieren de la mía. Así de crudo, así de duro.
Hay un lugar, un límite interno, que nos avisa, que nos previene del abuso que –por nuestra propia entrega inconsciente– propiciamos. En inglés hay una palabra que no traduce al español, accountability, que nombra el acto de hacernos responsable de nuestros errores, de ejercer el reconocimiento y admisión de nuestra participación en la repetición del patrón. Una cosa es lo que nos pasó, otra es la huella y la memoria que nos dejó, y otra es lo que podemos hacer con esta huella y memoria
Podemos repetir el patrón, no intentar cambiarlo cuando vemos que lo repetimos cuando participamos en escenas en las que revivimos estos patrones. La pregunta responsable que nos podemos hacer es ¿por qué sigo en situaciones que me agotan?
En mi caso el llamado a la integridad pasó por una retirada progresiva de todos los lugares en los que había puesto mi energía creativa al servicio de un ideal proyectado por otras personas, hacia afuera, y que comprometía mi energía. Mientras –y a la vez– en mi vida real, –la que mi cuerpa santa, libertaria y pagana, encarna– yo me devolvía a mi propia tierra. Ahí en la sobriedad de la cura vi lo que se lleva el viento y lo que queda. A partir de ahí, elegí hacer mi camino a mi manera. Es por eso por lo que, de alguna manera, mi entrega en estos momentos es ésta, compartir la bisagra del paso del huracán Fiona, que destronó lo que quedaba de idealismo en mi ser, me purgó de las construcciones tribales, de las alianzas en nombre de algo externo a mí. Sentí cómo en la balanza de Libra el eje de mi integridad, el eje de mi soberanía, cambiaba sutilmente dentro de mí. A la altura de mi pecho sentí un micro clic, una calibración sutil en el eje de mi centro, cuerpo y espíritu. Sólo han pasado seis meses y estoy en otra vida.
