Voz de luna negra


Hoy es uno de esos días en los que me despierto con la ruta somática del dolor abierta de par en par en mi cuerpo. Hoy es uno de esos días bisagra. Tiempo adentro, se abre paso el cambio. Estoy en movimiento y por más lento que intento ir, el mundo va rápido. Estoy en el mundo. Estoy en relaciones que están en el mundo, y con el tiempo, son muchos mundos. De unos años para acá, cuanto más profundizo en la benevolencia de ir a mi tiempo, más siento que todo se multiplica y acelera en mi entorno. Lo siento como una saturación neurológica y una intoxicación etérica. Siento que no es propicio para mi salud.

 
Vivo reconociendo que no puedo atender cada relación de la manera en que quisiera. Éste es un lugar familiar, que tiene que ver con las raíces del movimiento migratorio en mí, con haber crecido en tres países, tres culturas. Un ir y venir de despedidas y reencuentros, mudanzas y adaptaciones, cambios de escuela, de dietas, de clima, de idiomas. Ésta es mi familiaridad. Cuando cambio de país mi sistema nervioso me lo deja saber. Cuando me muevo, aprendo a dejarme guiar por mi sistema nervioso, y me regulo. La llamada a la regulación de mi sistema nervioso es contundente. Mi cuerpo soma me despierta con su llamada de atención. Cuando los recorridos sutiles de mi cuerpo se activan –y de la sombra brota lo que no he digerido y lo que pide ser acompañado– el primer reclamo que escucho es el de mi voz. Cuando la ruta somática del dolor se abre en mi cuerpo, acudo a la llamada de mi voz y escribo. Escribo desde la puerta que se abre, escribo desde lo que pide ser nombrado, visibilizado, aceptado y amado en mí. Lo que pide ser abierto, lo que pide ser bienvenido al mundo. Con mi palabra digerida, le devuelvo al mundo el tiempo que me enferma y lo transformo en tiempo*amor. Éste es el poder que tiene la escritura somática para mí. Transforma el veneno en antídoto.
 
Desde mayo de este año, me he dado a la escritura comprometida. La experiencia de escribir teniendo en cuenta que el contenedor de la palabra será un libro*objeto –que la narrativa tiene un principio y un fin, y que será recibido como una extensión de mi ser– ha abierto puertas libertarias y liberadoras en mí. Desde la profundidad de escribir en primera persona, encuentro mi voz en la escritura somática. Cada palabra que nace de la experiencia y la memoria de mi vida me libera.
 
Todavía me cuesta ponerme en primera persona. Como si ocupar un lugar en mi propia escritura intimista y biográfica como un camino de autocuración fuese la curación misma. No tiene que ver con quien me lee o no, tiene que ver con el permiso que le doy a mi voz a expresarse más allá de mi propia censura. Es una libertad que sólo encuentro en esta frontera. Aquí siento que mi palabra está a la escucha y servicio de mi voz. Y cuanto más íntegra siento la palabra con el tejido profundo de mi voz, cuanto más siento mi presencia en la escritura, más se apacigua lo que pide ser nombrado. Y lo que descubro es que lo que me cura –o me repara internamente–no es la historia, lo que pasó y dejó de pasar. No es lo que narro. No tiene que ver con los hechos. Lo que cuenta –y me cuesta– es presentarme al acto de escribir desde este lugar de mi cuerpo, desde la cartografía de unos síntomas sin palabras, de memorias que preceden la palabra. Gracias a mi presencia – fidelidad al proceso– las palabras empiezan a encontrar un cauce, vías de expresión que no existían. Hay un antídoto autocurativo en este proceso, todavía intangible. Hoy lo nombro y lo honro.  
 
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  • by Paloma Todd Montes

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