| Estoy en Barcelona. El sol brilla. Dancé la mañana bajo el sol. Su calor se encuentra con el fuego de mi matriz. Me siento a escribir. Hoy es Luna negra, me recuerdo. Hoy la puerta se abre profundo en la raíz del soma, memoria celular, tejidos y aguas que me mueven. Es la Luna, es el Solsticio, es Venus, es el fuego que me anima, es el fuego que me disuelve. Hoy escribo. Escribo para darle cauce a lo que el fuego abrió, para llevarlo a buen puerto, para no perderme en la voz somática que emerge del pasado y ocupa mi cuerpo. Estoy en unos de esos momentos de mi vida en los que mi sistema nervioso necesita mucho apoyo y cuido. Estoy en movimiento. Estamos a finales de diciembre, ya no estoy en el trópico, estoy en el norte. Estoy con el corazón abierto a los reencuentros y mi cuerpo me recuerda el duelo de la separación. Cada vez que transito el puente migratorio, lo hago con más cuido y más amor. Me acompaño cada vez mejor en esta danza migratoria que precede mi nacimiento. Mi corazón tiene alas de dos tierras. Mi corazón está sembrado en dos lugares. Desde aquí, mi camino*escuela es fortalecer cada vez más mi soberanía, mi autonomía del lugar geográfico como el cuerpo de pertenencia que me define. Es una práctica preventiva. Es una manera de cuidar mi salud. Tengo el espejo de mi madre, cuya pérdida de memoria es un libro abierto de sabiduría para mí. Agradezco tener el tiempo y los recursos para moverme y estar con ella, porque en ese lugar en el que ella está ahora, reconozco las oportunidades que no tuvo de aprender a navegar su profunda herida de orfandad y pertenencia. Tengo la certeza de que escribo desde el lugar que necesito escribir para prevenir. |
