La herida migratoria

Es mi camino con la ciclicidad consciente –como una prédica y como práctica cotidiana– lo que me ha permitido crear un tiempo propio que me permite adaptarme a los cambios ambientales, a digerirlos y acompañarlos en presencia, sin perderme.

Es una práctica constante de escucha y de ponerle límites a mi capacidad de sobre adaptación a los ambientes a los que llego. Es decir, de ir muy rápido en el proceso de integrarme a la realidad a la cual llego. Esta dinámica la he vivido especialmente en el campo afectivo. Con la edad he aprendido a ponerme límites y sostener mis tiempos. Es delicado.

La realidad es que el patrón de la herida migratoria es que quien se mueve –quien va y viene– es quien se adapta. Tiene sentido.

Es agotador y muy confuso para las capas más profundas de los tejidos que me sostienen. Cuando llego a este lugar, conecto con una exigencia muy grande. La exigencia aprendida intra-celularmente de estar para todo el mundo, de seguir el tiempo de otros, los deseos de otros. Esta es una dimensión de la huella migratoria y cómo condiciona el permiso para la singularidad del Yo. Éste es el estudio. Cuanto más habito el tiempo cíclico, más me doy cuenta de este desfase, y más me doy permiso para ir a mi tiempo. El tiempo lineal está diseñado para que nos relacionemos así. Me doy cuenta de que no puedo. Y si no puedo, entonces, no quiero. Porque mi movimiento nace de la coherencia e integridad de mi prédica y de mi práctica. Mi cuerpo sabe.  
 
Estoy consciente que escribo desde una orfandad de lugar, desde mi impronta somática migratoria, desde la voz de mi cuerpo de mujer migrante.


La migración atraviesa mi biografía y condiciona la narrativa de mi cuerpo. Mi cuerpo que habito y honro cada vez más gracias al amor nutrido que encuentro en los brazos del tiempo cíclico. Mi cuerpo que cicla, que me recuerda lo profundamente conectada que me siento a los misterios de la espiral, de la Rueda del Zodiaco, de la Tierra y todas sus dimensiones, que me recuerda que ésta es mi casa antigua y eterna, que yo soy mi tierra. Mi cuerpo como guardián de la memoria de las rutas libertarias de mi gozo. Mi cuerpo danzante que –ahí en el surco que abrió el dolor y el trauma de la guerra– siembra vida, siembra paz, reconciliación y unión. Ése es el camino de mi recuperación somática. Un camino de curación. Es un mismo circuito. El del dolor y el del placer. Lo que ha sido ocupado por el dolor, lo habito con mi danza. Es de esta danza que nace mi voz y mi ofrenda.
 
Y todo esto lo nombro para nombrar lo que quiere ser nombrado, lo que mi cuerpo revela. Me siento que todavía estoy digiriendo las secuelas del huracán Fiona en mi cuerpo. Mi sistema nervioso está en profunda resonancia con la realidad de Puerto Rico, de lo que implica –a nivel somático corporal– vivir en un país ocupado y depredado por intereses corporativos complejos de contextualizar en este espacio, pero que necesito nombrar y honrar porque si me ofrendo, si me comparto, es importante que quede claro desde qué realidad lo hago, desde qué cartografía corporal nombro, con qué interés lo hago, cuál es mi intención.
 
El colonialismo es la práctica de un país que toma el control político total o parcial de otro país y lo ocupa con el fin de sacar provecho de sus recursos y economía.

Es una palabra de moda, incluso de mercadeo fácil ya que podemos aplicar el deseo de descolonización a todo aquello que quiera liberarse de un determinado control. En esencia es eso. Lo que me pasa con la palabra colonialismo –y descolonización– es que son palabras somáticas vivas que tienen determinado recorrido en mi biografía, en mi herencia biológica, en mi ADN. Son palabras que –como el fuego que anoche alumbró mi matriz– piden respeto, piden estar al servicio de la verdad; por el poder a cual convocan, por el dolor que habita en ellas. Es mi palabra, es mi verdad. No intento colonizar a nadie con mis palabras, con lo que comparto, con lo que propongo. Viene de mí, es mi vida. Si abro la puerta a compartir mis recorridos contigo, ya sean en forma de textos, talleres o propuestas de recorridos cíclicos, al final, lo hago para mí y te invito. Así es como lo hago. Es mi manera. No es tal vez la de otras personas. No predico mi manera. Te invito a que me acompañes a experimentar lo que siento. Es una bendición que recibo que no es para mí solamente. La manera en que mi vida se ha ordenado es mi manera de vivir, de compartir, de trabajar, de emprender, de sustentarme, de vivir mi espiritualidad, de amar, de cuidarme y de cuidar. Es mi huerta y comparto, intercambio mis cosechas.

No heredé tierras, ni el sostén de un linaje arraigado a la tradición y a la tierra, lo que sí heredé son recursos y talentos. Son mi tierra, en ella cosecho. Heredé la expresión artística, heredé la astrología, heredé una educación humanista y política, heredé tres culturas y, también, heredé el colonialismo.
 
Todas y todos tenemos herencias coloniales transgeneracionales que atraviesan nuestra biología y condicionan nuestra salud. Bien sea por una vía u otra, lejana o cercana, resonamos todas y todos con esta impronta. Colonialismo es una palabra que merece una pausa, que merece respeto. Es una palabra que contiene un cuerpo de guerra vinculado a ella. Contiene una memoria somática colectiva. Este cuerpo de trauma atraviesa la humanidad. Es parte de su historia. En Puerto Rico, esta historia colonial está viva. No pertenece a un drama del pasado. Es la realidad del hoy, con toda la violencia que implica, por más disfrazada o maquillada que pueda parecer estar.


 

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