Capricornio siempre nos ofrece lecciones vinculadas a la experiencia de la densidad de la Tierra, y de la gravedad de nuestra encarnación. Capricornio revela un plano vibratorio que –para quienes no se sientan en casa en la Tierra, o no tengan unas prácticas y una estructura de base sólida y trabajada– puede resultar muy incómodo. Esta incomodidad vinculada a las lecciones de Capricornio puede tomar dos rutas: la huida o la caída. En la huida, buscamos elevar la energía, buscamos las rutas que nos anestesien para no sentir la experiencia de estar encarnados y encarnadas en cuerpos sintientes, en cuerpos que vibran, que pesan, que hablan, piden, guían, protegen. En la caída, nos deprimimos, y caemos en patrones destructivos de negación.
Cuando sentimos la densidad, somos cuerpos que piden pausa, escucha, cuido. Cuerpos que piden presencia y compromiso con nuestra encarnación hecha cuerpo, nuestro espíritu hecho materia. Si somos el tipo de persona que huye, buscamos rutas, más o menos sublimes, para encontrar la burbuja anestesiante que nos acoja, para tomar la píldora del olvido que neutraliza toda memoria malévola oculta. Memoria oculta entre tejidos y células, entre órganos y tendones. Vísceras que nos hablan, que nos reclaman cuerpo adentro. Estas intersecciones internas son como la encrucijada de Hécate, un cruce de caminos, una elección, ¿un sí o un no?
Cuando hablo de memoria malévola me refiero al origen de una mentira que hemos asumido como verdadera. Una mentira vinculada a nuestro yo y nuestra pertenencia a nuestro cuerpo. Huimos de la densidad y la gravedad de Capricornio porque duele habitar la elección: ¿acepto la realidad tal como es? o ¿me invento una historia e intento forzarla como realidad?
Me reconozco en este movimiento. Me he decantado siempre por el vaso mitad lleno, el optimismo, la esperanza, el ideal. Puedo decir que he vivido la mitad de mi vida adulta poniendo toda mi energía en sostener una vida al servicio de este ideal. He empujado mi verdad, mi versión de la vida, mi lectura, mi interpretación, siempre como el intento de encontrar el mejor sentido, la mejor mirada, el mejor propósito para lo que (me) ocurre. Es un recurso enorme. Darle la vuelta a lo peor, y encontrarle su significado, su propósito. En ese sentido, he sido –sin querer– muy hija de la nueva era, del pensamiento positivo, de no alimentar el drama, de buscar siempre un final feliz. Hasta que Capricornio me llamó a la casa de la madurez. Hasta que la densidad de la realidad -tal como es- ocupó mi vida. Hasta que la tierra -oscura y fría- me arropó.
Fue la conjunción de Saturno y Plutón en Capricornio del 2020 la que abrió la puerta a mi infierno exclusivo, a mi pesadilla íntima, a mi verdadero lugar de negación. Escribo hoy con la certeza de haber sobrevivido el rescate de la memoria malévola que había secuestrado la llave de mi verdad más íntima.
Hablo en metáforas porque no se trata del drama de la historia, lo que pasó o dejó de pasar, sino de la energía de la conciencia y cómo se mueve con la intención más benévola y amorosa que puedo nombrar.
Conciencia que, vestida de Capricornio, penetra y libera. Éstas son mis metáforas curativas. No digo que esté curada. Digo que he escuchado y obedecido la voz que me dijo: no huyas más, no decores más, no intentes que las cosas sean de otra manera, baja, entra, siente, acepta. Obedecí y entré.
Crucé el umbral de la herida. Entré en el santuario de la densidad y la gravedad. Lo habité. Primero fue a la fuerza. Me rendí. Y después, cada día ha sido cada vez más voluntario. Hoy soy y escribo desde aquí. Es mi voz. Es mi oralidad. Es mi verdad rescatada.
