Hace tres años elegí callar. Presente y consciente he sido testigo de que he callado y sigo callando voluntariamente. Reconozco en este silencio una respuesta a la violencia.
No hay ningún otro lugar al cual mirar sino dentro de mí misma para encontrar las raíces de la herida de mi voz. Es decir que la autocensura –o silenciamiento voluntario– expresa una causa más profunda que pide el repliegue necesario para escuchar lo que el silencio necesita expresar.
Darme cuenta de que reprimo mi voz es reconocer la violencia del auto ataque. Hoy puedo decir que mi silencio es violencia internalizada. No dije rabia, ni enfado, ni tristeza. La palabra es violencia. La autocensura en mí es el síntoma de un proceso de larga digestión y metabolización de la violencia recibida.
Hoy tengo las palabras para nombrarlo.
En el momento en que me hice consciente de que estaba eligiendo callar en situaciones en las que realmente correspondía expresarme, ahí, reconocí claramente mi disociación. Mi deseo, mi voz y su palabra en mí se revelaron territorios inconexos entre sí. La grieta de esta desconexión se revela en el momento en el que tomo la decisión voluntaria de callar en vez de hablar. Es en la frontera del vínculo –del grupo, del mundo– que doy un paso atrás y me silencio. Este paso atrás se fue haciendo cada vez más hondo, profundo y lejano dentro de mí. Me llevó a habitar el territorio de un silencio antiguo. Un silencio exiliado de mi memoria y biografía. Un silencio que precede mi nacimiento, el de mi madre y el de mi abuela. Un silencio de inframundo abandonado y deshabitado. Un silencio uterino.
La autocensura es un síntoma que se expresa en la frontera del vínculo con los demás, en singular o plural. Reconozco la autocensura como ese lugar en mí que elije callar para ser recibida, o más bien, para no ser excluida. Callo por miedo al exilio. Mi silencio es un grito de pertenencia. La entrega de la voz a lo público –desde lo más íntimo a lo colectivo– es una ofrenda de transparencia y desnudez. También contiene el potencial de un desenmascaramiento que no siempre es bienvenido. No es acogido. Tengo algo que decir y el hecho de que no guste, o interpele, me invita al repliegue. Elijo callar para no molestar. Elijo callar para no luchar.
El detonante de esta crisis expresiva fue la pandemia y sus narrativas de terror. El despliegue narrativo pandémico se sumó a un momento biográfico íntimo de muertes y pérdidas muy potentes que desencadenaron una crisis de salud. Mi silencio es reflejo de un duelo prolongado que se hizo voz en mi cuerpo.
Este duelo se une a mi incapacidad a participar del campo grupal desde el lugar que lo había hecho antes. Silencié mi voz en la narrativa pandémica. Sentí el aliento de mi voz apagarse, sentí la muerte y la enfermedad abrirse campo en mí. Sólo pude escuchar la llamada y aceptar su invitación. A esa voz muerta la acompañé tres años, como quien sopla la última brasa de un fuego que necesitamos vivo. Morir de pena es algo muy real. Me morí de pena y mi cadáver se llevó parte de mi voz. Eso creí en su momento. Ahora que reconozco que esta brasa está viva en mi fuego, abrazo el misterio del duelo y me agradezco haber hecho silencio. La llama ha crecido lo suficiente como para calentar mis entrañas apagadas, alumbrar mi corazón y desde ahí sentir la apertura, el sí a la palabra viva. El sí de mi muerte al servicio de la vida. El sí de mi vida al servicio de la muerte.
Es al ir hacia su rescate –parar todo y decir estoy aquí, me callo y te escucho– que reconocí la antigüedad y familiaridad de este silencio que intento nombrar. Las raíces de mi camino de curación me llevaron a reconocer el origen del veneno que apaga el aliento desde adentro. Un veneno heredado. Es ahí que reconozco la herida de mi voz. Una voz herida por una violencia heredada. Un miedo heredado. Un silencio heredado. Es en mi disponibilidad a habitar su territorio desolado que también encontré mi libertad y mi salud.
De esta voz herida brotan las memorias de la sombra del arquetipo de la hereje. La sombra de la hereje reúne las memorias traumáticas vinculadas a las consecuencias de expresar públicamente la verdad de la sabiduría femenina. La sombra de la hereje se revela en la decisión de elegir el silencio sobre la palabra por miedo a la persecución y la muerte. Así aprendimos a sobrevivir. Por eso una de las prácticas vitales de la sabiduría femenina es cultivar una relación íntima y somática con la muerte. Es decir, con el misterio del cual somos custodias.
Para mí vencer la herida de la autocensura es articular con claridad –y públicamente– que me presento como mujer y en femenino. Escribo, predico, comparto y sirvo desde este lugar. Esta ha sido la ofrenda que mi cuerpo de mujer me ha hecho. Mientras todo en mí moría, mi cuerpo intracelular fue amparo y refugio profundo de la transferencia somática de un cambio de poder interno. Es un proceso que podemos describir de muchas maneras. Para mí es el poder del climaterio como la fuerza creativa que nos permite romper los hechizos transgeneracionales codificados en nuestro útero. La belleza de este proceso hormonal se revela con tanta fuerza y sabiduría que mi único deseo es darle voz a esta herejía. Me siento hereje por el simple hecho de ser mujer y de darme permiso para dar voz a este poder que renace en mí.
El arte de la herejía curativa implica servir desde el gozo irreverente de la libertad de expresión femenina. Éste es el poder de Venus para las mujeres. Ésa es su convocatoria. No hubiese sobrevivido estos tres años sin la conciencia cíclica de Venus. Sin el antídoto misterioso vivo en el mito de Inanna y su descenso al inframundo, sin la conciencia cíclica de la medicina del descenso, sin lo aprendido en lo oscuro, ahí donde pocas y pocos miramos. Ahí en lo oscuro, que es dónde realmente se ve.
Sin los descensos hechos de la mano de Venus*Inanna en los pasados diez años, en grupo o en solitario, sin la experiencia y la sabiduría compartida con cientos de personas, en su mayoría mujeres, no podría nombrar con certeza lo que nombro hoy.
