Me crie en un hogar politizado. Se me educó para la justicia y conciencia social. Mi familia, por parte de padre y madre, encarna el deseo de equilibrio social. Ambos linajes están atravesados por memorias transgeneracionales de guerra y de reclamos de soberanía.
Soy hija de mi cuna, de los valores recibidos que han dado cuerpo a mis propios valores. He participado, he dado mi palabra, mi voz y mi cuerpo, en primera línea del activismo social y político. Siempre ha sido un lugar cómodo y familiar, de compromiso compartido en comunidad, en pertenencia, claridad y pasión. Reconozco a Venus en esta expresión. Venus tiene una dimensión masculina, que se expresa a través de su regencia de Libra. El amor a la justicia, al equilibrio y la armonía son dimensiones de Venus. El bien individual y el colectivo van de la mano. Reconozco que mi voz se educó y maduró en un contexto cuyos valores siguen siendo resonantes con mi corazón hoy. Sin embargo, cuando mi corazón se rompió –cuando la profundidad del duelo que me abrazó se hizo manto, casa y cuna– entonces empezó un largo recorrido de rescate de lo que nunca fue nombrado ni atendido en mí.
Desde la voz de la activista no había ni cuerpo ni palabra para sostener esta conciencia. La multidimensionalidad chamánica del duelo y del dolor me obligaron a inclinar la cabeza en devoción y servicio a lo que dentro de mí moría. Cuando el aliento de la muerte me habló desde adentro, reconocí que era otra voz la que quería nacer en mí y conmigo.
Aunque estudio astrología desde niña –gracias a que mi abuela paterna fue astróloga– la realidad es que Venus se reveló y manifestó en mi vida en todo su poder en el 2012 a través de un sueño que abrió la puerta a lo que hoy es La Voz de Venus.
Curarme de la autocensura es reconocer el territorio del dolor de ser humana en este tiempo y, como humana, de ser mujer. Mi humanidad consciente e integrativa pide que equilibre la balanza, y que le dé hoy –ahora, en este tiempo– espacio a mi voz hereje.
Reconozco mi voz herida. Mi silencio protector. Reconozco mi digestión silenciosa de la violencia como una lealtad a un programa de abuso transgeneracional internalizado. Un abuso sistémico hecho cuerpo. Voz sin palabra que se hace grito en la entraña, inflamación en el cuerpo, ataque autoinmune, colapso endocrino. Reconozco que como mujer aprendí a comerme lo que me daña como un reclamo de poder y soberanía. Lo he visto en mi madre, en mis abuelas y mis tías, y en tantas mujeres fuertes, jefas, líderes de familia, de comunidades. Mujeres que empujamos la vida hacia adelante con toda la fuerza y pasión del corazón, sí, y también de un cuerpo habitado por memorias enterradas y verdades silenciadas. Un cuerpo ocupado.
En algún momento, probablemente cuando empiezan los primeros síntomas del climaterio, entonces, se escucha el susurro de la llamada. La llamada de la muerte al servicio de la vida. La muerte que nos invita a abrazarla para conocer los misterios que nos habitan, útero adentro, y que nos conectan con la memoria de un camino y proceso desgarrador por la lucidez y sobriedad que ofrenda, y profundamente regenerativo por el gozo y la belleza que revela. Venus nos trae la buena nueva de la resurrección.
El freno, el síntoma, la desesperanza, la sequedad, la amargura de todos los silencios acumulados se empieza a revelar de las maneras más sutiles e inesperadas a través de la sabiduría de nuestro cuerpo. Me reconozco parte de esta tribu de mujeres cuidadoras, dadoras, servidoras, y reconozco también, en mí misma y a través de todas las mujeres con las que trabajo, que no podemos más, que la sabiduría de nuestros cuerpos, en este tiempo y ante esta realidad tan violenta, nos reclama en otro lugar.
Hoy respiro profundo para nombrar lo que este cuerpo de Venus en mí quiere nombrar. Lo nombro y siento la vibración de mi útero. Su fuego confirma que lo que siento tiene raíces. Desde ahí siento mi corazón latir con fuerza. Late con fuerza porque reconozco el recorrido que ha hecho este fuego para –desde el trono de mi corazón– abrir camino para esta palabra. La palabra se hace barquera de la voz. La palabra acuna la herida de una voz silenciada, la regenera para ofrendarla al mundo. Esta voz resurrecta es la buena nueva. Es Venus resurrecta en mí.
Esta voz hace su recorrido intrauterino –entretejido en todos los úteros de la humanidad–, brota en mi corazón y dice sí. Siento el recorrido interno de la curación. Hoy reconozco la violencia que he tenido que digerir para sentir el permiso de dar este sí a mi palabra. Mi palabra al servicio de la herida de mi voz. Ésta es mi herejía curativa.
