Mi oralidad íntima

“Y aunque tengo el don de la profecía, y entiendo todos los misterios y todo el conocimiento, y aunque tuviera toda la fe, como para mover montañas, si no tengo amor, nada soy”.  Corintios 13:2
 
Este texto va de mi transición de escribir sobre los tránsitos planetarios a escribir biográficamente. Es un traspaso interno que implica atender el nuevo eje de mi voz. Este eje encuentra un lugar cada vez más profundo desde el cual enraizar la palabra. Es mi escritura encarnada. Mi palabra matriz. Mi voz uterina.
 
Mi constelación uterina ha encontrado su reflejo en el cielo. El puente se teje. El tejido se revela. Mi palabra descendía los mensajes del cielo a la Tierra a través de mi cuerpo. Encarné el mensaje de los dioses y lo ofrendé al colectivo a través de mi cuerpo. Ahora son mis células las que se elevan en ofrenda al cielo. Mi voz se levanta y narra mi lugar en la intersección entre cielo y Tierra. Ahí, mi corazón abre sus alas y revela la dirección de mi aliento. Ésta es mi ofrenda. El eje de mi voz es mi vara y me sostiene. Es un eje construido y cuidado que me permite levantar la serpiente de mi voz y darle alas con mi palabra. Es lo que recibo, fruto de mi trabajo con el ciclo sinódico de Venus con el Sol en sincronía con el mito del descenso de Inanna al inframundo. Es la cartografía del rescate de mi voz matriz.
 
Venus es la que revela nuestro proceso de embodiment, un término en inglés que podemos traducir como ‘encuerpamiento’. Es decir, Venus nos guía en (el proceso) de hacernos cuerpo. Habitarnos en conciencia hecha cuerpo. Sentida y nombrada. Eso implica un descenso voluntario al cuerpo desde las alturas de la mente. En mi experiencia, en el descenso cíclico que el trabajo con Venus propone, encontramos vías de retorno a la sabiduría de nuestro cuerpo.
 
Elevo mi palabra hecha cuerpo como la serpiente que abre sus alas, y también como intento de cuidar mi integridad. Vengo de una voz diluida en las estrellas, entregada al colectivo, durante una década, en escritos y en audios. Ofrendé mi poética astrológica. Ahora, nombro la palabra que habito y rescato. Es un tiempo de nuevos límites. De permitir que todo se deshaga y se libere. Un tiempo de cambio en mi escritura, en mi uso de la palabra y en la territorialidad del lugar desde el cual lo hago.
 
Reconozco los lugares del pasado en los que he cedido parte de mi esencia al lenguaje de la astrología. Mi oralidad íntima y personal –a la hora de nombrar los tránsitos planetarios– va más allá del aspecto técnico e interpretativo del lenguaje astrológico. Mi poética es mi medicina.

Durante los 10 años de Luna de Abril, mi escritura astrológica estuvo fusionada con la medicina de mi ser. De ahí que llegó un momento en que sentí la necesidad de poner un freno a las interpretaciones planetarias, en forma escrita o audio. No hay tal cosa como una interpretación astrológica técnica o científica. De ahí que, aunque me apoyo en los tránsitos planetarios para narrar, al final, no es una interpretación fija; es la mía y es subjetiva. Esta subjetividad crea un lenguaje astrológico, una poética singular que dejó de ser propia para ser parte del colectivo. Retiré mi voz y mi palabra de este circuito porque sentía que algo tenía que morir, compostarse y fermentar en mí, para no perder el sentido y la coherencia de mi relación con la astrología. Es decir, mi lugar. Ahora siento el cambio. Ahora mi escritura biográfica contiene la dimensión cíclica de la astrología como contenedor de mi palabra y mi voz. Es una nueva relación.
 
Empecé a leer sobre astrología a los 7 años. A los 15 levanté mi carta astrológica siguiendo las instrucciones que estaban en uno de los libros de mi abuela. Un libro de más de 500 páginas, viejo en tiempo y –también– de la vieja guardia astrológica en sus interpretaciones. Tenía una descripción para cada signo solar y lunar, una descripción más o menos corta para cada posición planetaria por signos y casas y –al final– las efemérides de los planetas. Las efemérides llegaban hasta el año 1995. El libro incluía además las instrucciones para levantar una carta astrológica a partir del cálculo matemático de la fecha, hora y lugar de nacimiento de una persona, más algunas ruedas del Zodiaco en blanco para colocar los planetas. Recuerdo el proceso. Primero fue preguntar mi hora de nacimiento a mi madre. Nací de noche, era un viernes. Hasta entonces, no lo sabía. Después fue seguir las instrucciones y hacer los cálculos matemáticos para levantar mi carta y –paso a paso– ir colocando los planetas en cada casa y signo. Todo esto era previo a las computadoras. Este paso a paso fue vital para la memoria corporal de mi primer encuentro con mi carta astrológica. Como dije, tenía 15 años. Era mi primera oposición de Saturno a mi Saturno natal. Saturno tarda 30 años en dar la vuelta al Sol. En torno a nuestros 15 años, Saturno ha recorrido la mitad de su trayectoria y se encuentra entonces a 180 grados en la Rueda del Zodiaco de nuestros Saturno de nacimiento. Saturno ha sido y es siempre mi guardián en este campo de la astrología. Cuando recapitulo y tomo contacto con la memoria corporal de levantar mi carta manualmente, me quedo con el gesto. El gesto de lentamente ir dibujando los glifos de los planetas en la rueda del zodiaco vacía. Así fue cómo transcribí mi cielo de nacimiento en la rueda del zodiaco. Fue un gesto hecho a lápiz. Recuerdo borrar varias veces.
 
Tengo muy claro que la astrología ha sido y es mi gran protectora, mi gran maestra. No tengo palabras para expresar lo profundamente afortunada que me siento de haber recibido esta herencia de mi abuela, de haberle dado continuidad, de haberla cuidado y honrado. Mi abuela Graciela es la madre de mi padre. Ella me contó cómo, cuándo levantó la carta natal de mi padre al nacer, sabía lo que venía. Son sus palabras. Mi abuela era una gran vidente. Lo que vio en la carta de mi padre –y lo que vio más allá– hizo que viviera secuestrada en una visión del futuro. Ése es el poder que tiene una premonición corroborada por la carta astrológica. Me ha pasado. He sido testigo de tres eventos trágicos en tres cartas diferentes previo a que sucediera. No es algo que pueda controlar. Es un clic entre la información gráfica y mi intuición. Se revela sin mi consentimiento. Lo único que puedo hacer es entregarlo al vacío y retirar mi interpretación del campo, lo más posible. Cuando el paso del tiempo confirma la visión, me sobrecojo. Con el tiempo profundizo en el aprendizaje de que el don viene acompañado de una gran responsabilidad.
 
Cuando renuncié a seguir narrando los ciclos planetarios de manera continua, me perdí por un momento. Se sintió un poco como saltar de un carro en movimiento. También hice una pausa de lecturas astrológicas, para permitir el descanso, la pausa necesaria para que mi voz encontrara su lugar, para que mi palabra marcara el nuevo límite, y para profundizar en mi relación con la dimensión profética y oracular de la astrología. Ésta una de las razones por la que llevo tres años dietando leer cartas astrológicas de manera continua. No soy astróloga, digo siempre. Lo digo para no sentirme encasillada en un término profesional que no abarca mi experiencia y mi camino con la astrología. Leer una carta astrológica es una responsabilidad muy grande. Por lo menos así lo sentí cuando me profesionalicé en el 2005. Hasta entonces, sólo había leído cartas astrológicas a mis amistades. La astrología fue siempre un camino íntimo y paralelo a mi camino elegido, las Bellas Artes. En el momento en el que el intercambio económico medió en mi lectura astrológica, sentí un cambio de registro. Leer una carta astrológica es un servicio muy delicado. De ahí que decidiera formarme como terapeuta. En parte fue para profundizar en la responsabilidad adquirida al entrar en el campo vital de otra persona y ofrendarle una narrativa para su vida. Eso es lo que hacemos cuando leemos una carta. Interpretamos unos signos, los traducimos y contamos su historia. Entonces, la persona que la recibe la hace suya. Podemos argumentar que podemos elegir no escuchar, o no obedecer. Lo que sí es vital reconocer es que la carta astrológica tiene una dimensión oracular muy potente. La pregunta es si la persona que lee la carta e interpreta los signos, está preparada –o no– para ser oráculo. ¿Quién es portadora del oráculo, la carta o quien la lee? Para mí es un encuentro entre el logos y el aliento, entre lo escrito en el cielo y el alma de quien lee los signos y los pronuncia, es decir, su tierra.
 
Mi abuela era un oráculo sin filtros. Siempre estuvo detrás de su visión. Recuerdo presentarle a una amiga del colegio y al conocerla le empezó a leer su vida en voz alta. La recuerdo como una mujer tomada por su espiritualidad, disociada de su entorno y de sí misma, que no pedía permiso para profetizar. Como buena Piscis, desparramaba sus visiones sin consentimiento. La tildaron de excéntrica porque era muy querida y respetada. En otros entornos, podían haberla tratado de loca. Era muy fronteriza. Reconozco su legado en mí. Puedo recorrer sus territorios y también intento no repetir sus errores. Heredé la misma particularidad de mi abuela. Se me da la profecía. Me asaltan visiones que –pase mucho o poco tiempo– se cumplen. Me ha tomado media vida reconocerlo, entenderlo y aceptarlo. Es un don que pesa. Es una escuela que intento seguir con el mayor rigor posible y del que soy humanamente capaz.
 
Desde mi retorno de Chirón hace tres años, me siento en la escuela de cómo manejar esta medicina, de cómo moverla y encauzarla de manera amable para mí misma. Lo siento como el agua. Pide circular, pide ciclar, pide movimiento. Me pide cuerpo.

La profecía se cultiva, se administra, se poda, se composta.

Es un arte, es un don y es también un servicio que se hace imperativo rescatar. Necesitamos nuevos consejos de visiones. Reunión de oráculos vivos que abran sus dones al servicio de este tiempo. Esta reunión de oráculos no es virtual, no se da en el tiempo digital. Pertenece al reino de lo orgánico y del misterio.

Es el oráculo; es Gaia. Su voz en mí, su voz en ti, cultivada y atendida en el mundo del ensueño, en la casa oscura del oráculo*madre. Este don precede el orden de los planetas, precede los ciclos zodiacales, precede cualquier designio, cualquier historia externa que te nombre sin tu consentimiento.

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