No se trata de curarnos. Se trata de sabernos en un proceso de curación, es decir un proceso de emancipación de la mentira que hemos internalizado como nuestra, y que se ha instalado cuerpo adentro como centinela de nuestra verdad. En esta encrucijada interna en la que me rendí, me di cuenta de que todos mis no –y mis resistencias– eran sólo un sí que esperaba ser descubierto.
Un sí a la densidad. Un sí a la baja vibración. Un sí a mi gravedad. Un sí a la vida tal cual es.
Un sí a algo desconocido, ajeno, que aprendí -desde que tengo memoria- a rechazar.
No es divertido. No es una fiesta. No es brillante ni glamoroso. Es real. Y es verdad.
Y en esa realidad y verdad, en mi aceptación y en mi enorme sí, me rendí para descubrir que el brillo de mi perla –mi verdad– me esperaba fiel en las grietas de mi cuerpo.
Gracias a mi oscuridad implacable por custodiar mi tesoro. Me ha dolido, y me ha liberado. Ahora miro mi rostro en el espejo, y veo la gravedad del tiempo y sus surcos, y me regocijo. He dejado de ser una doncella eterna para abrazar la madurez de crecer y transformarme abiertamente. Elijo seguir creciendo con capacidad de elegir, consentir, habitarme en mis propios términos, definirme en mis propios términos y amarme y amar mi historia sin vergüenza, a mi manera.
Me considero mujer que pertenece al Clan de la Cicatriz. Mi cuerpo material puede estar intacto, sin marcas aparentes, pero sé que me atraviesa una herida invisible que es mi mayor tesoro.
Lo abrazo y lo comparto.
