De tanto tener algo que decir y no poder, o no saber, cómo darle cauce a esta voz; de tanto obedecer al silencio, me doy cuenta de que, si no vuela, mi voz enferma, que, si no nombra, deja de latir.
Mi silencio enferma porque mi voz no ocupa el espacio o lugar que le corresponde. Si mi voz no ocupa su lugar en el altar de la vida entonces me enfermo y enfermo lo que toco. Sí, nuestro silencio no sólo nos puede enfermar, sino que también enferma la línea de tiempo de la cual somos custodios al no ocupar nuestro lugar en la narrativa de los tiempos que habitamos. Nombrar para compartir en la frontera de la vida es mi forma de vivir, de rezar, de ocupar el lugar que me corresponde. Escribir para la vida. Sólo para la vida.
Hoy rompo un silencio prolongado. Sin saber cómo se estiró este espacio, esta ausencia de contención, este permiso que se dio mi voz a sí misma para desaparecer. Hoy puedo nombrarlo. Aquí, en este espacio, me pasa algo.
Escribo y los huesos me crujen.
Escribo y no me puedo esconder.
La página me salva, me bendice, me acoge en lo que mi voz encuentra las palabras que la levanten de su retiro.
Hoy día nombrar públicamente es una crucifixión.
No escribo como un sacrificio, pero hay cosas que no nombro porque no quiero sostener el peso de la flecha, la violencia de la censura, el juicio y el señalamiento. El miedo a esas miradas -cada cual, desde su trinchera- en el palco de su verdad, al acecho de quien levanta la voz para la vida.
