| Estoy llena de medicina. Estoy llena de medicina liminar porque he asumido vivir este duelo. Y mi leona, mi ferociad, emerge porque estoy protegiendo mi agua, la continuidad del útero del que vengo, el altar de mi madre y las prácticas sagradas que hemos olvidado entre madre e hija. Porque estoy protegiendo esa dimensión femenina profunda, completamente disociada de la masculina. Así que vamos para afuera, siempre afuera, usamos la palabra para conectar, para crear mundos sin el ancla de esta oscuridad que nos habita. Sin la conciencia de los duelos transgeneracionales que nos habitan, del lamento de los muertos que no hemos llorado, que nos habita. Mi madre se va. Como mujer que trabaja con la muerte, que conoce ciertos misterios, algunos, los pocos que conozco, con relación al portal, al velo que separa un reino del otro, la acompaño. La ayudo en el espíritu a hacer su transición. Estoy oficiando su retirada, porque al hacerlo por ella lo hago por mí. Por su madre y por su abuela, y por su tatarabuela; y por su padre y por su abuelo y por su tatarabuelo. Estoy con ella y con todos los que vienen acercándose a ella para hacer sentir su apoyo, presencia y amor. Así que lo vivo como una iniciación a la madre, en todas sus dimensiones. La madre psicológica, la que tengo que abordar en terapia y trabajar, con mucha claridad. La madre que puede devorarme, la madre oscura, la madre que me puede estar cortando las alas. Los traumas de mi madre que no fueron digeridos y que -si no me cuido- empiezo a digerir por ella. No estoy ajena a esa realidad, pero he aprendido que hay una dimensión mayor, y que me tengo que sumergir. Acepto sumergirme porque el primer altar es el de la madre, y si yo no entro entonces, no honro el altar que es la madre, y si no lo honro, no me puedo honrar. |
