| Mi punto de vista es que nuestra soberanía creativa nace de la posibilidad de reconocer y acoger un pensamiento creativo soberano, es decir, otro punto de partida para la interpretación de lo que nos sucede, y de nuestras posibilidades creativas. Nuestro proceso de soberanía creativa pasa por un cambio de perspectiva cuya raíz es somática. Es decir que nuestros síntomas corporales son la voz de un cambio de consciencia que nos puede llevar a una mayor libertad de expresión Venus ha recuperado su visibilidad en el cielo de la noche. A partir de ahora la veremos ascender en brillo y altura en nuestro cielo del atardecer, y con ella la fuerza creativa y expresiva de Leo a través de nuestros deseos e intenciones. Es un momento semilla que desplegará sus alas en acciones y decisiones importantes, pero todo a su tiempo. Por ahora, estamos en la fase de honrar y reconocer esta fuerza del deseo creativo a nivel interno y empezar a modificar las prácticas y hábitos necesarios para acoger este cambio de rumbo. Es decir, a crear un cuerpo que sostenga este fuego creador. A menudo fracasamos en este intento de crear algo nuevo porque no hemos desarrollado una forma o método acorde a la energía del deseo interno. Intentamos dar forma a lo que quiere brotar y hacerse visible con los recursos y estrategias del pasado, con prácticas y hábitos no actualizados. Un proceso creativo íntegro implica, no sólo un deseo y una capacidad de hacer tiempo y espacio para la práctica sostenida de crear, sino, y, sobre todo, un cambio interno vinculado a nuestra valorización, permiso y merecimiento necesario para ser otra persona, para cambiar ante los ojos de la comunidad que recibe nuestras creaciones. Lo que quiero decir es que muchos de los deseos que no llegan a materializarse, o a salir al mundo y ser compartidos, no es por falta de talento que no lo hacen, ni de recursos, sino porque tenemos miedo de las consecuencias sociales y comunitarias de compartirnos libremente. Nos comparamos. Usamos la mirada ajena como medida. Le damos poder a la crítica. Para sostener nuestra singularidad en el escenario de la vida, sea colectivo o vincular, necesitamos un cuerpo que sostenga nuestra verdad. Lo he dicho muchas veces, y no está de más repetirlo, la cultura de la crítica, la evaluación, la comparación se nutre en gran parte de la vergüenza, del miedo a la singularidad, a la humillación, envidia, indiferencia, rechazo, y la lista es larga. Siéntelo y hónralo porque esta es la herida; que no es sólo tuya o mía, sino que está profundamente arraigada en la desvalorización colectiva de nuestra singularidad y diferencia. Pero, la revalorización, la restauración del reino creativo, del merecimiento y el permiso a ser, necesita de todo el cuerpo. Es una experiencia somática. No pasa sólo por la palabra, la mente, la intención y el deseo. Necesita encarnarse primero. Por eso descendemos al inframundo, a las capas profundas del soma, de la herida no honrada, a los territorios exiliados. Es ahí que rescatamos la energía primero, el permiso después y, sólo desde ahí, entonces, el deseo abre sus alas y se eleva para entregar su voz y creación al mundo. En confianza, coraje y humildad. Ésta es la medicina de Venus. Restaurar los cimientos de nuestra creatividad implica hacer frente a la sombra profunda, a la vulnerabilidad implacable de habitar somáticamente nuestra desvalorización. De reconocer cómo nos mueve, cómo nos teje en círculos de repetición, de impotencia humillante y canceladora; y para eso hay que ir al otro lado de la luz, hacia las sombras profundas de un corazón roto, envenenado por la toxicidad de la vergüenza. Esta herida es compartida, es colectiva y es política. Venimos del inframundo de Venus, es decir la conjunción exterior de Venus con el Sol, que fue el 4 de junio, en el signo de Géminis. Este inframundo de Géminis tiene que ver con dar la palabra, con hacer cuerpo de narrativas que sean coherentes con la expresión libertaria de nuestro ser, palabras que no traicionen nuestra verdad interna más profunda. Es un buen tiempo para confesar –sin miedo, sin control– lo que realmente nos mueve y motiva a renunciar a nuestro deseo. Sea esta renuncia consciente o no. Porque inconscientemente, renunciamos. Micro-renuncias que pasan desapercibidas en nuestras omisiones, nuestros despistes, nuestras posposiciones. Grandes renuncias cuando elegimos quedarnos en el bucle adictivo de la autonegación, cuando sabemos que estamos atrapados en una renuncia dolorosa y, sin embargo, leales a la herida no habitada, nos quedamos en el mismo lugar. Llevo desde el 1994 acompañando procesos creativos ajenos, como docente, tallerista, terapeuta y en supervisión de proyectos, y en distintos marcos, por lo cual soy testigo del enorme bloqueo creativo que nos inhibe y censura la visibilización de nuestra esencia, así como la capacidad de compartir nuestra voz. Nos inventamos escusas, procrastinamos nuestros partos, cuestionamos la pertinencia de nuestra voz, nos empequeñecemos para pertenecer. También imitamos o nos amparamos en la singularidad ajena y copiamos para sentirnos seguros y seguras, pero es un engaño, un autoengaño. Llega un momento en que ya no se trata de crear escusas para postergarnos, sino de tomar las riendas y empezar a asumir el liderazgo y la responsabilidad de nuestra narrativa. Puede que los primeros pasos afirmativos sean minúsculos, vulnerables, que tengamos que hacer labores clandestinas a nivel interno, para engañar las voces que nos niegan lo que más deseamos. Puede que nos demos cuenta de que nuestro autoengaño, nuestra autonegación y desvalorización es una adicción, que hay una parte nuestra que extrae un beneficio o placer perverso en negarse a sí misma. Duele exorcizar la vergüenza y reconocer que, tal vez, una parte nuestra inconscientemente es presa de la herida de la humillación. Así que esta temporada de Leo y Virgo, junto al tránsito retrógrado de Mercurio entre estos dos signos, nos ofrece un marco para profundizar en estas narrativas en las que nos acomodamos, esas escusas que seguimos perpetuando para no subir al escenario, para seguir en la frustración de nuestra mediocridad. Sí, estoy consciente de que uso una palabra dura, cargada, pero tiene su medicina, es un conjuro, una flecha que despierta tu dignidad dormida, que sacude tu pereza, que te convoca a la generosidad, el coraje y la ferocidad de ponerte primero. Uso una palabra provocadora, que te levante y anime a dar un sí, en confianza, a tu creación, a tu singularidad. A tu sí, a ti, sin escusas, tal vez con miedo, pero sin escusas. Todo esto que nombro es la energía de Leo. La etimología de la palabra mediocre nos lleva a mitad de camino de una montaña. Esto proviene de medius medio + ocris montaña escarpada del griego okris cima, punto. Así que, en general, siento que estamos siendo interpelados a dar un paso más, a salir de nuestros escondites. A salir de nuestros armarios. Siento que algo que ha estado dentro necesitas dejarse ver, ser nombrado. Siento que es algo que tiene muchas capas y velos. Siento que Mercurio nos puede ayudar a develar esta verdad, la confesión profunda del deseo vivo en mí, en ti. Cuando surge un síntoma, un patrón o una emoción, o surge algo que nos interpela, un insight, propongo desempaquetarlo, término que rescato del inglés, unpacking, para nombrar esas capas vivas debajo de la superficie. Para empezar a descubrir cuáles son sus raíces y qué sabiduría nos ofrenda, hay que desempaquetarlo, abrirlo, descubrir sus capas, ver lo que habita y habla desde el centro oculto. |
