Sobreviví mi infancia gracias los libros. Gracias a la vida narrada en las historias que me acompañaron desde que aprendí a leer. Gracias a las voces vivas de los seres que conocí a través de los libros, que me tocaron, me nutrieron, me formaron. Gracias al amor, a la entrega, a las muertes y renacimientos vividas por quienes pusieron su artesanía con la palabra al servicio de la comunidad, del tejido.
¿Cuántas vidas habrán sido salvadas por un relato medicinal que llega a tiempo y nos fecunda?
Hay una oralidad contenida dentro de la escritura que separa la palabra viva y orgánica de la palabra ciéntifica y académica.
Desde esta oralidad, podemos reconocer los mitos –las historias– que llegan a la página escrita y que conservan la poética del espíritu juglar al servicio de lo que quiere ser parte de la vida. Reconocemos la oralidad que brota del corazón de quien la canta y de quien la escribe. Honramos lo que ha muerto y renacido en su palabra, lo que se ha materializado.
Durante más de una década, leí muy pocos libros, apagué mi hambre de lectura para alimentarme de otras fuentes, otros caminos. Elegí el cuerpo en la cueva, en el bosque, la montaña, la danza, el fuego, las plantas, la práctica y la comunidad al servicio como espejos de mi intento de integridad. Ahí me separé de la palabra leída para habitar el cuerpo de la oralidad, vivir lo que nunca podrá ser escrito, habitar la vida fuera del margen de lo tangible, y sentir el libro orgánico de la vida moverme. Fue en el Reino de la Tierra que encontré la palabra que me buscaba, la punta del hilo de la historia en mí que quiere ser tejida y contada.
Volví a leer. Esta vez, desde otro lugar. Encontré entonces en los libros –y en la sabiduría de quienes los escribieron– espejos de mis vivencias concretas. Ahí estas evidencias prácticas revelaron que estaba en un camino muy específico que otras y otros ya habían recorrido. Dejé de leer para vivir –y también escribir– y es cuando volví a la lectura que me di cuenta de que mi medicina estaba en el libro del bosque que me habita y la cueva que me arropa. Estos caminos, por tantos otros recorridos, piden de mí que siga contando la historia –la misma, la de siempre– y también la mía, la de mi voz, mi eslabón en el tejido. Mi herida hecha canción, mi ofrenda contada.
