Quien lee cartas astrológicas asume una responsabilidad enorme con relación al camino evolutivo de la otra persona. Al haber un intercambio económico se establece un consentimiento no nombrado de oraculizar la lectura astrológica. De poner el poder en los planetas y el lenguaje primero. La carta no es el oráculo. El oráculo es la persona que la lee. Me tomé un tiempo para encontrar mi oráculo.
En los pasados años me he dedicado a pulir esa relación entre el lenguaje astrológico con mi visión, mi oráculo. Ha resultado ser un proceso muy revelador y profundo. Se siente como una diferenciación muy sutil que merece tiempo para afinarse, para revelarse. Sé que en esta diferenciación hay una maduración de mi don que revela un nuevo ciclo de crecimiento con este legado que he heredado de mi abuela y que he cultivado desde que tengo 15 años. Cuando me defino como mujer oráculo, lo hago junto a la palabra hereje. Van de la mano.
Dar voz al oráculo es asumir una herejía. La voz del oráculo no suele ser escuchada. Suele ser suprimida, censurada o perseguida.
Mi abuela fue también una poeta mística. En uno de sus delirios finales, llenó las paredes de su casa con poemas místicos. Recuerdo ver las paredes y me imagino ese gesto de mi abuela. La veo escribiendo en las paredes y conecto con esa mujer, con su oráculo, su voz, su silencio. La reconozco. La entiendo.
Tengo al asteroide Cassandra sobre mi ascendente. Me tomó un tiempo reconocer este arquetipo y el imperio que tiene en mi vida. En la antigüedad, las mujeres éramos el oráculo. Recuperar la voz femenina uterina es recuperar su profecía.
Hablábamos la lengua del tiempo, nuestro ojo cuidaba a la tribu, éramos amadas y consultadas como voces de la madre y su misterio. Ser oráculo es ser arcana de una energía que precede la conquista del alfabeto. Es la voz de la muerte y de la vida en unión sagrada, en puente que se teje y se reconcilia eternamente. La astrología es antigua, anciana. Debajo de su cábala todavía encontramos la arqueología de los mitos y las historias que preceden su colonización. Historias que nos liberan al recordarnos las capas más profundas de nuestra pertenencia. No es un destino que nos domina. La profecía no se puede dominar. Lo que está escrito en las estrellas, está escrito en nuestra sangre, en nuestros huesos. Estamos hechos de lo mismo. Se trata de poder escuchar y aceptar la fuerza oracular del encuentro con nuestra carta astrológica y cómo –más que temerlo y/o obedecerlo ciegamente– se trata de revivir el arte de una escucha más sutil y profunda del mensaje que se nos ofrenda desde cielo. Es importante no disociarnos del cuerpo cuando recibimos el mensaje. Es un encuentro interno entre lo que sabemos en nuestras entrañas y lo que el cielo nos confirma. En mi experiencia, una lectura astrológica tiene como función la de confirmarnos lo que intuimos.
Reconocemos la profunda desconexión con nuestra sabiduría que nos clama de vuelta a la escucha. Nuestra sabiduría hace todo para que encontremos el camino. Ésa es la gran conspiración del zodiaco, la gran medicina de las estrellas. Son nuestra guía de vuelta a la casa de nuestro propio oráculo, de nuestra capacidad de escuchar nuestras propias profecías, las celulares, las que nos hablan desde el fondo de nuestra matriz. Con la historia de Cassandra, y el estudio de su mito, he podido reconocerme en el llamado complejo de Cassandra, un término acuñado en la psicología para describir un lugar particular en la psiquis femenina.
