| Este texto va de intimidades e intimidaciones. Intimidades que nos intimidan porque nos invitan a develarnos. Develarnos, revelarnos, desnudarnos; hay algo profundamente humano en este abrirnos a lo íntimo. Hoy hay algo que me habla de reconocer y honrar lo íntimo. La intimidad el corazón de nuestra humanidad. Mientras llenamos nuestras pantallas de selfies, de vidas fragmentadas en instantes que nos llevan al consumo superfluo de lo íntimo, me pregunto sobre lo trans-personalmente íntimo. Es decir, cuando lo que revelo de mí, cuando mi desnudez sincera no corresponde al molde propuesto, a las vías para compartirnos, disponibles. ¿Qué espacios tenemos para cultivar nuestras intimidades en seguridad, confianza, círculo? Es decir, espacios epidérmicos seguros y limpios en los que no se profana la confesión, el lamento o la disidencia para conformarnos al marco vincular dominante. Necesitamos espacios en los cuales practicar el arte de intimar sin devorarnos, sin dejarnos devorar por los moldes, las modas y los filtros; o a las ceremonias de socialización en las que nuestras armaduras no permiten el brote fértil de una verdad interna que pide ser compartida. Espacios en los que seamos capaces de crear contenedores para el cuerpo y la palabra, espacios libres de agendas ocultas, libres de toda intencionalidad que no sea la de servir a la liberación de la intimidad, ánima de todo vínculo. Una intimidad consentida, es decir, que no profana, no viola límites, no proyecta expectativas, no ensaña con la mirada de un juicio que encubre otras sombras. Espacios en los cuales confesar y recibir el abrazo de la escucha receptiva, la escucha viva. Y, si nuestra palabra habla de nuestras penas, de nuestro duelo, de nuestra vulnerabilidad, que pueda ser recibida por el agua viva de lágrimas que acompañan. Lágrimas y palabras que dicen, lloro contigo, lloremos tu lamento, porque tu lamento también es el mío. Dar la palabra es un arte que se cultiva desde una oralidad somática. Por más libros que leamos y cursos que hagamos, no vamos a llegar al lugar que clama voz, que clama ser escuchado. No encontramos la puerta, la vía de acceso a nuestra esencia para revelarnos, y a nuestras vísceras para nombrarnos. Conozco el lugar. Me tomó diez años de escritura al servicio de la narrativa astrológica para encontrar la punta del hilo de mi voz. Diez descensos al inframundo de Venus e Inanna para reconocer mi voz, para diferenciarla de toda influencia, de todo apoyo externo, para que Ella –desnuda y revelada– me encontrara. Éste es mi testimonio. |
