La Luna llena y eclipse lunar en Piscis este 28 de agosto abre un dique que por mucho tiempo contuvo las aguas de nuestras emociones subterráneas. Memorias, sentimientos, vínculos, imágenes, fantasías, duelos congelados y experiencias no validadas que dejaron su impronta en nuestros tejidos ascienden desde las capas más profundas de nuestra somática y entran en el campo de nuestra percepción.
La casa doce, territorio natural de Piscis, ha sido asociada durante siglos con lo oculto, el inconsciente, el aislamiento, el sacrificio, la espiritualidad y todo lo que habita más allá de las fronteras del yo consciente. Este territorio también abarca lo que todavía estamos aprendiendo a escuchar.
Este eclipse lunar en Piscis nos trae la atmósfera de la casa 12. A través de un sentir profundo nos revela lo que no fuimos capaces de ver y reconocer en el pasado. Lo que no supimos escuchar. Lo que la mente negó y lo que el cuerpo recuerda.
Hoy Mercurio hace una conjunción con el Nodo Sur de la Luna en el grado 29 de Leo, camino hacia la estrella real Regulus, el corazón del león de la constelación de Leo, en el primer grado de Virgo.
Mercurio acoge la información emergente. Recuerda, nombra, traduce, vincula. Como mensajero y psicopompo, trae los relatos sumergidos hacia la superficie. Hacia la conciencia. Su encuentro con el Nodo Sur abre un archivo. Algo del pasado regresa para que lo podamos integrar. En estos días previos a la Luna llena y eclipse lunar, conversaciones añejas, palabras dichas o no dichas, escenas deshabitadas que nos reclaman hoy presentes, personas que creíamos olvidadas, imágenes efímeras que se aclaran y memorias afectivas profundas pueden reaparecer con una intensidad particular.
Leo lleva este recuerdo directamente hacia nuestro corazón. Algo de nuestra historia afectiva está siendo animado en nuestro corazón subterráneo. Lo que hemos amado, deseado, creado y entregado desde el centro de nuestra identidad pide nuestra mirada, reconocimiento y validación. Por eso se presenta. Nuestra tarea es acogerlo, recibirlo, sin juicio, miedo o vergüenza, sin rechazo. Nuestra tarea es escuchar lo que sentimos.
Este tránsito funciona como un rescate afectivo. Algo vuelve para ser recuperado, restaurado y validado en el trono de nuestro corazón. Quizá una parte de nuestra energía quedó vinculada a una persona, a una historia afectiva, a una promesa no cumplida, a una fantasía, o simplemente a una versión nuestra o a un momento particular de nuestra vida que no está actualizado. Mercurio desciende al archivo de nuestra memoria y trae consigo los fragmentos de nuestra vida que todavía tienen energía viva, que quieren ser partes del presente. El Nodo Sur nos permite reconocer de dónde vienen. Leo pregunta qué parte de nuestro corazón se quedó allí, fiel a una narrativa, a una persona, a una situación.
Mercurio en conjunción con Regulus añade dignidad a este rescate. Regulus, el Corazón del León, lleva estas memorias hacia nuestro centro soberano. Recordar es un acto de recuperación identitaria. Recuperamos una palabra. Recuperamos una verdad. Recuperamos una parte de nuestra historia. Recuperamos la capacidad de reconocer lo que realmente sentimos. Recuperamos la energía afectiva que durante demasiado tiempo depositamos en escenas del pasado que se quedaron congeladas.
Recuperamos un sentido del yo. Un yo soy sentido.
El movimiento de estos días nos puede desestabilizar en la medida en la que rescatar y recuperar implica volver a sentir. Sentir lo que no supimos sentir. Volver a sentir para recordarnos quiénes fuimos, quiénes ya no somos, y sí somos. Duele, sí, pero es un dolor (y un duelo) necesario para la liberación y el cambio que esta temporada de eclipse pide y trae.
El eclipse lunar en Piscis mueve nuestras aguas. Mercurio sobre el Nodo Sur entra en el archivo de las memorias. En estos días algunas memorias pueden sentirse particularmente vivas. Como olas inmensas que nos arropan.
El programa de socialización con el que crecimos y nos condicionó nos vendió una mentira con relación a nuestra fuerza.
Nos enseñaron que suprimir o reprimir una emoción era equivalente a madurar. La realidad es que la contención emocional consume una cantidad de energía enorme. Esta contención afecta principalmente nuestra salud y nuestras relaciones. Nuestro cuerpo guarda el dolor que no fue sentido. La emoción queda pendiente de ser sentida y expresada. La rabia, el terror, las experiencias que quedaron suspendidas en nuestro sistema nervioso, viven dentro nuestro, guían nuestros movimientos desde lo oculto, mueven los hilos de nuestro deseo y condicionan nuestra percepción.
A veces creemos estar sosteniendo las cosas cuando, en realidad, las mantenemos enterradas. El agotamiento, la ansiedad, o el dolor crónico se convierten entonces en el lenguaje a través del cual nuestro cuerpo reclama nuestra atención. Otros síntomas menos evidentes lo son el escapismo, la desconexión, la distracción, el consumo excesivo (de lo que sea) y la negación. Nos anesteciamos para no sentir.
Sentir plenamente nuestras emociones es una expresión fundamental de nuestra soberanía. Vivimos plenamente nuestra humanidad, sin huir, en presencia. Es desde esta presencia que las emociones encuentran su cauce y recuperan su movimiento natural. La energía deja de estar estancada. Al moverse revela el campo que se libera y el campo que se abre. El agua vuelve a circular.
En el proceso de rescate energético que describo, hay una distinción necesaria que merece nuestra atención. Se trata de observar por dónde pasan las memorias. Cuál es su ruta.
La fantasía o la idealización de un vínculo, por ejemplo, ocupa territorio somático. Algo que no era real puede haber adquirido una realidad inmensa dentro de nuestra mente. Puede haber organizado nuestras expectativas, nuestros deseos, nuestro sistema de apego, y puede haber dejado una huella profunda en nuestro cuerpo que sentimos como íntima o familiar.
Cuando esta memoria vuelva, observa su recorrido.
Verás que hay recuerdos que se revelan en el campo mental. Vuelven las escenas, las conversaciones, las expectativas, el apego y el patrón que nos condujo hacia determinada persona o experiencia. Mercurio nos permite volver a mirar, reconstruir, comprender y nombrar ese recuerdo.
Y hay memorias que toman otra ruta. Que cuando vuelven pasan directo por el corazón.
Aquí es nuestro cuerpo el que responde. El agua viva de nuestro corazón revela la verdad. Aparece el llanto profundamente sentido. Aparece el amor que siempre existió. Aparecen la redención, el perdón, la reconciliación. El corazón reconoce plenamente lo que fue afectivamente verdadero. Aquí el rescate afectivo adquiere todo su sentido.
Recordar nos devuelve nuestra fuerza vital. Este encuentro sentido con el pasado restaura nuestra sensibilidad, nuestro deseo, nuestra creatividad, nuestra dignidad y confianza, y nuestra capacidad de amar. El duelo sentido es la evidencia de que amamos profundamente algo o a alguien en un mundo finito.
También existen experiencias cuya huella principal es la confusión.
La confusión altera nuestra confianza en nuestra percepción. Revisamos lo que vimos, lo que sentimos, lo que recordamos. Buscamos explicaciones, dudamos, medimos. En este proceso nuestra experiencia pierde su autoridad.
Mercurio junto al Nodo Sur en Leo le devuelve la palabra a nuestras experiencias antiguas. Podemos encontrar hoy la frase que nos faltó en el pasado. Podemos integrar una conversación desde otro lugar. Podemos reconocer el verdadero significado de una escena. Podemos escuchar hoy lo que nuestro cuerpo registró en otro tiempo.
Se trata de volver a confiar en lo sentido. De restaurar la soberanía de nuestra mirada hacia lo que pasó. De recibir la claridad de lo vivido.
Cuando trabajamos con la sombra y con la proyección, podemos reconocer lo que proyectamos y asumir la parte que nos corresponde. También podemos reconocer la realidad del ecosistema relacional en el que nos movimos. Los vínculos guardan la memoria de determinadas acciones, decisiones, abusos de confianza, malos tratos, invasiones, extracción de tiempo y energía, y faltas de respeto que pertenecen a la responsabilidad de quien las ejerció.
El trabajo con nuestra sombra nos devuelve una percepción más precisa de la realidad. Vemos nuestra parte. Vemos la parte de la otra persona. Vemos el vínculo. Vemos lo que ocurrió. Confiamos en nuestra capacidad para reconocerlo.
Recuperar nuestra percepción sentida transforma nuestros límites.
Cuando cambias tus límites, puedes ver con mayor claridad dónde está la energía de los demás con relación a ti. Y puedes ver también dónde ha estado en el pasado. El límite revela. Muestra la disposición, la reciprocidad, la intención y la calidad energética del vínculo. También revela los patrones de abuso que aceptamos y normalizamos.
Podemos sostener nuestra compasión, nuestro perdón y nuestras mejores intenciones hacia una persona que nos ha hecho daño y, a la misma vez, elegir la distancia. Podemos reconocer cuando un vínculo cumplió su temporalidad. Podemos decidir dónde queremos invertir nuestro tiempo, nuestra atención y nuestra energía.
Normalicemos los límites. Normalicemos la distancia cuando garantiza nuestra paz. Normalicemos responder a una energía que altera nuestro sistema nervioso tomando distancia y recuperando nuestro centro.
Proteger nuestra paz significa reconocer con claridad lo que merece nuestra energía. Un límite es un acto de amor. Cuando alguien encarna la vulnerabilidad necesaria para expresar un límite, muchas veces está intentando preservar su propia integridad. Intenta cuidar la calidad de la conexión. Esta sinceridad es el resultado de la confianza en lo que sentimos. Expresa la confianza en nuestro movimiento. Esta es la confianza necesaria para construir relaciones capaces de generar y sostener seguridad a largo plazo.
Este eclipse propicia el que algunas relaciones completen su ciclo. Soltar abre espacio.
La energía que estuvo retenida vuelve a nuestro cuerpo. La atención que entregamos ayer vuelve hoy y la podemos orientar hacia nuestro deseo. Nuestro deseo recupera su movimiento. La vida ocupa el territorio que estaba comprometido con una historia, una expectativa, una fantasía o una relación cuya temporalidad caducó.
Aquí podemos entender el rescate afectivo desde otra dimensión. Recuperar nuestra energía del pasado también significa reconocer lo que merece acompañarnos hacia el futuro.
El eclipse lunar en Piscis nos ofrece la oportunidad de aflojar el control sobre cómo en nuestra mente se suponía que debían de suceder las cosas para abrir nuestro corazón hacia todo lo que sí puede suceder.
Nuestro corazón nos recuerda que queda mucha vida por vivir.
A veces, el mayor regalo que le podemos ofrecer a alguien que atraviesa un ciclo de dolor profundo es nuestra presencia.
Esa misma presencia podemos ofrecérnosla durante este eclipse.
Escuchar es una forma de sanar.
Escuchar lo que emerge sin juicio ni vergüenza.
Escuchar nuestro cuerpo.
Escuchar nuestro corazón.
Escuchar las memorias vivas que nos hablan.
Escuchar el límite que pide nuestra presencia y palabra.
Escuchar el agua viva que circula y quiere brotar.
