Iniciación: entre la ingenuidad y la inocencia

Hay umbrales iniciáticos que pude reconocer a su debido tiempo. Otras veces el tiempo del umbral y mi reconocimiento estuvieron desfasados. Hubiese preferido verlo antes para actuar con más integridad, me digo. Lo reconozco ahora. El tiempo y sus lecciones es el que es, lo importante es verlo y corregir mi lugar en el tiempo.

La mirada cambia, madura. Lo que no pudimos ver con claridad en el pasado, hoy revela sus pliegues, sus esquinas ocultas. A menudo vemos lo que queremos ver. Otras lo que podemos. Preferimos la imagen ideal. No tocar demasiado la manera en que hemos organizado nuestra realidad. Nuestra interpretación. Este es el cuento que nos contamos mientras miramos. Hasta que llega un día y pasa algo, un giro inesperado nos revela el umbral de la mirada que cambia. Los hechos no han cambiado. Siempre han sido lo que son.

El umbral es el ojo capaz de ir y venir en el tiempo para leer la historia, mirar la escena del pasado y reconocer los hechos desde la mirada del hoy. Entonces, las cosas cambian. Nos damos cuenta de que determinado vínculo no era lo que habíamos construido. Que determinada escena en la que por tanto tiempo nos colocamos de víctima no era tan blanco y negro en la adjudicación de las responsabilidades. Que fuimos parte activa del conflicto. Que generamos caos.

A veces el umbral del ojo que despierta revela nuestra voracidad, revela cómo no soportamos la abundancia ajena y fuimos a por lo que más nos atraía sin darnos cuenta que al querer un poco, algo, de esa energía, destruimos lo que más nos atrajo. Así de compleja es la mirada que viaja en el tiempo. En verdad es implacable. No nos ofrece otra tregua que la de la verdad de lo que fuimos. En el umbral es difícil escondernos detrás de nuestras certezas, de nuestros personajes y discursos. Detrás de los relatos que teníamos bien empaquetados, bien dispuestos a favorecer nuestro punto de vista.

Los velos se rasgan y revelan la mirada que devora. Una manera de comer el mundo a través de los ojos. Como si el deseo atrapado en la superficie de la realidad solo pudiera consumirla a través de la mirada. Mi ojo ha sido un órgano hambriento. He devorado el mundo de las imágenes. He consumido libros para sobrevivir tiempos deshabitados por mi deseo carnal. He mirado y deseado lo ajeno como la única manera conocida para conectar con mi deseo. Lo reconozco. También reconozco que esta era la superficie.

La mirada cambia. Hoy, que soy capaz de acoger mi orfandad energética y la ausencia de estímulos realmente apropiados a mi desarrollo, lo veo de otra manera. Hoy siento compasión hacia mis tiempos desahuciados de satisfacción. Hoy acojo la energía que acumulé en mi mirada solitaria. Hoy me doy cuenta que madurar es asentar ese deseo que brota en la superficie, darle raíces en el cuerpo, piernas para que camine. Lo escribo y mi corazón se apacigua. Mi mirada cambia en la medida que le doy un cuerpo para que ocupe su lugar, para que no se quede exiliada en el borde. Para que deje de mirar al mundo sin reconocerme a mí misma.

Es ahí, en el umbral, que emerge la posibilidad de la metanoia, la mirada que se da la vuelta y mira hacia su interior y retorna de su exilio en el borde.

Es un camino espiral adentro, descendente. Implica asumir la responsabilidad por mi depredación consumista, por mi interpretación superflua. No hay condena en esta mirada, ni evaluación. Solo palabras que nombran lo sentido, lo profundamente sentido, cuando despierto y asumo la responsabilidad de lo que creo cuando miro.

Llevo muchos años sosteniendo mi trabajo, mis vínculos y mi manera de habitar lo comunitario desde una determinada apertura. He llegado a un punto en que esta manera de compartir y vincularme ya no se sostiene sin sentir un desgaste.

Durante mucho tiempo he operado desde una visión venusina y acuariana de comunidad. Un campo de fluidez creativa, libertad, complejidad humana, apertura emocional, interconexión. He intentado sostener vínculos desde una intuición abierta, confiando en la circulación afectiva como una forma legítima de tejer presencia, liderazgo y trabajo compartido. Mucho de lo que ha florecido a mi alrededor ha nacido de ahí, lo reconozco. Y a la misma vez, hay algo en esta manera de servir, ofrendar y trabajar que ha llegado a su límite.

La semana que viene se cumple un año del fallecimiento de mi madre. Su partida abrió en mí un umbral. Lo habito. Lo cruzo paso a paso, de luna en luna. Verdades internas que no era capaz de ver y sostener se revelan. Lo que antes podía mirar de lado o postergar, ahora pide ser mirado de frente. En este año de umbral prolongado se ha visibilizado un patrón.

Me doy cuenta que a menudo escribo para ver. Me doy cuenta que hasta que no me siente ante la hoja en blanco, no podré ver lo que pide ser visto. Desde este lugar la palabra alumbra. Así, con paciencia, espero que el relato se revele y revele la imagen que intento describir. Desde este lugar escribo hoy.

Me doy cuenta que he sostenido un nivel de cercanía con personas que llevan más de ocho años en mis círculos. En este pasado año he observado una erosión en mi manera de vincularme. Mi retirada hacia adentro, para atender mi duelo, el cuido necesario de mi energía, mi falta de disponibilidad para entregar mi atención como lo solía hacer, han revelado un campo que recién puedo empezar a nombrar. Me llega la imagen de un lente que enfoca la imagen. Primero está borrosa y confusa y poco a poco se va definiendo. Así se siente el mirar este patrón. Un patrón antiguo. Probablemente heredado de varias generaciones de mujeres que nos hemos colocado en un lugar de ofrenda, de disponibilidad, buscando validación, amor. Es complejo porque no es forzosamente un patrón deficiente. Al contrario, creo que es un recurso que no ha sido educado a la medida de su potencial. Es un don que se desarrolló en un ecosistema de sobrevivencia, de carencia, que aprendió a operar en determinado molde social.

Las mujeres de mi familia, madre, abuelas, tías, fueron todas mujeres de la casa, soberanas en la intimidad de su hogar. Ninguna estudió más allá del colegio. Todas hicieron labores manuales, cocina, costura, tejido. Las veo reinas de su territorio íntimo. Protegidas por la limitación.

En mi caso fue diferente. Soy el embudo del deseo de mi linaje femenino. Tengo voz, recursos. Estoy dispuesta a ocupar un lugar. Mi madre se aseguró de que no me pasara lo que a ella le pasó. Ella hubiese querido estudiar una carrera, tener libertad, ocupar un lugar en el mundo, ahí afuera. Su deseo tejido desde nuestra sombra compartida creó las coordenadas de mi trama vital. Y así fue. Estudié. Me formé. Adquirí herramientas y recursos para moverme en este mundo. Creí que este movimiento equivalía a una individuación, a una separación de la frustración de mi madre, de su insatisfacción. Lo que no vi, lo que fui incapaz de ver, era que el ecosistema interno de mi madre estaba intacto en mí. Que aunque estaba ahí afuera en el mundo me movía desde lo íntimo. Desde la casa, la artesanía, lo vulnerable que busca pertenencia.

Lo que empiezo a ver ahora, en la penumbra del umbral, en el revelado de la escritura, es la falta de cuidado sostenido, la falta de respeto a límites simbólicos, momentos sutiles de transgresión. Lugares en los que expuesta he sentido un abuso de confianza, un reclamo de más, una demanda desproporcionada a mi capacidad de responder. Y seguí respondiendo, a ciegas, u obviando la respuesta correcta por no encontrar el permiso, la ruta del discernimiento interno para establecer el límite necesario y coherente.


En esta era de sobreexposición, de múltiples liderazgos y autoridades fragmentadas, una de las grandes confusiones vinculares es pensar que todo es mercado y consumo. Es decir, que en la medida que pagas por un servicio tienes derecho y acceso a la persona detrás.

Otra confusión es pensar que la relación es jerárquica y que la persona que enseña, guía o lidera tiene el poder, y que la que aprende, sigue o recibe, está en una posición de necesidad, vulnerabilidad o carencia. Que necesita ser cuidada. En este campo reconozco que he confundido las cosas. Me he confundido. Y es aquí que este año, en este umbral de reordenamiento liminal con mi madre, veo lo que desde lo oculto ha operado.

Veo que he proyectado un sistema afectivo en un campo político.

He sostenido proyectos atravesados por intenciones y maneras que pedían otra ética. Lo nombro porque verlo es parte del cambio. Sobre todo lo nombro asumiendo mi parte, que es la que me corresponde elaborar.

Al operar desde una horizontalidad afectiva he creado un campo en el que energéticamente he dado permiso a un tipo de acceso que no corresponde con mi responsabilidad ni con mi verdadera disponibilidad energética. Por lo tanto, al proyectar el deseo de pertenencia, comunidad, sororidad y afecto al campo de la política del servicio y el liderazgo, he ofrecido un campo relacional ambiguo. Entiendo y acepto que mi mensaje era que estaba accesible.

El núcleo de lo que intento expresar hoy es un sentimiento. Un sentimiento que ha estado esperándome detrás del velo. Detrás del velo de mi capacidad de sostener, de ofrecer apoyo, de crear espacios de contención, de ofrecer propuestas de crecimiento, etcétera.

La persona que lidera, guía o ofrece algún tipo de recurso asume una responsabilidad energética con quienes reciben su ofrenda. Es un acuerdo invisible que muchas veces damos por sentado.
Esto que estoy nombrando aquí no aplica a mi red vincular de amistades. Aplica al campo profesional de intercambio y también a ciertos vínculos entre colegas.

Y lo que me he dado cuenta, con más de quince años en este servicio, es que en el campo proyectivo hay una tendencia a la admiración, a ser buscada por personas que quieren colaborar, hacerme regalos o quieren entablar un vínculo más íntimo conmigo. Media una cierta idealización. Por momentos, un pedestal.

Con el tiempo lo que veo es que en este proceso hay algo deshumanizante. Es un lugar en el que yo misma me deshumanizo.

O sea que, visto desde mi lado de esta ecuación, esa persona que te busca, o que intenta conectar contigo, o que te pone en un pedestal, tiene el enorme poder de desaparecer de tu vida, de la noche a la mañana. No solamente de bajarte del pedestal, de desidealizarte, sino simplemente de desaparecer.

Esa persona, el cliente, el paciente, tiene la agencia y el poder de cortar la relación.

Por lo tanto, si yo me he involucrado en este campo vincular desde un lugar afectivo que no es proporcional al marco que le corresponde, yo estoy repitiendo mi herida. La herida del abandono, del rechazo, de la no continuidad del vínculo.

Hablamos mucho del poder que tiene el maestro o la maestra, y con razón. Pero me parece importante reconocer que el poder no circula en una sola dirección. Quien aprende, recibe o sigue también tiene la capacidad de actuar sobre el vínculo, de transgredir límites, de dañar, de ofender, de hablar a nuestras espaldas o de cuestionar nuestra reputación. Ese poder existe, aunque rara vez se nombre.

Y reconozco que he sido ingenua en la manera en que me he presentado. Ingenua en pensar que si yo me presento con buena voluntad, desde mi llamada benevolencia, entonces quienes me reciben tienen la misma buena voluntad.

Así que por un lado, repito algo vinculado al campo afectivo de mi madre. A su calidez vincular, a su disponibilidad afectiva, a su capacidad de entrega y servicio y, a la misma vez, recreo la desaparición de mi padre, su abandono y mi herida de rechazo.

A  medida que este texto revela su rumbo, reconozco la presencia de Mercurio en Cáncer, su camino hacia su retrogradación en este signo, que inicia el 29 de junio, y cómo, al estar transitando por mi casa cuatro, la zona más íntima y profunda de mi mapa astrológico, me está invitando a mirar el sustrato de mi campo vincular.

Mercurio me habla de cómo este patrón de sobreentrega intenta compensar una carencia transgeneracional, a la vez que se proyecta hacia mi casa décima, Capricornio, en la que me toca asumir la responsabilidad de lo que es público y de cómo lo sostengo.  No solo desde el cuido a los demás sino desde el cuido a mí misma.
Hace poco me volví a encontrar con una tesis de Marie-Louise von Franz que me acompaña hace años. Ella señalaba que existe una forma de ingenuidad particularmente difícil de reconocer porque suele confundirse con virtud. Esta ingenuidad se sostiene en la incapacidad para percibir la sombra, la propia y la de los demás. La persona se experimenta abierta, disponible, bien intencionada, y se apoya en esta imagen idealizada de sí misma. Por eso deja de ver la complejidad real de las situaciones que atraviesa o genera.


Esta ceguera no opera en un campo fijo. La sombra que no miramos actúa de manera autónoma. Desde nuestro insconciente encuentra vías de expresión y acción e irrumpe en nuestra vida consciente.

La inconsciencia rara vez se presenta como maldad. Suele aparecer ahí donde nuestra imagen de bondad nos impide seguir mirando. Entra por la grieta de creernos en benevolencia. Se gesta cuando nos ahorramos los descensos necesarios para integrar nuestra sombra. Desde aquí nuestras acciones bien intencionadas pueden causar un daño que no somos capaces de reconocer como propio, porque nuestra atención está puesta en nuestra buena voluntad y no en los hilos invisibles que nos mueven.

Sin este recorrido interno no puede haber inocencia verdadera. La inocencia se construye. Pide mirar qué nos mueve por debajo, qué deseo, qué carencia, qué necesidad de ser amada, validada o vista opera sin que la nombremos.

Aquí Marie-Louise von Franz distingue dos órdenes que tendemos a confundir. Ella habla de una ingenuidad que se revela antes del encuentro con la sombra. Y otra que viene después. La primera no ha visto. La segunda sí ha visto. Las separa apenas un milímetro, y sin embargo el camino está entre las dos.

Durante años confundí apertura con virtud. Confié en la circulación afectiva como si en sí misma fuera suficiente. Confundí la cercanía con el cuidado y la horizontalidad con la ausencia de rol. Abrí la puerta de la amistad en un terreno donde mi lugar pedía otra cosa. Por esa confusión dejé de poner límites necesarios.

La corrección que reconozco hoy es sutil. Durante mucho tiempo creí que poner un límite era endurecerme, cerrar mi corazón, perder ternura. Pensaba que para estar abierta tenía que permanecer disponible. Que cuidar el vínculo implicaba dejar la puerta abierta. Hoy veo que confundía cosas distintas.

La inocencia que busco conservar es la que ha visto y aun así no renuncia a la ternura. La que mira la sombra de frente, pero no se queda ahí. La que acoge la complejidad humana y permanece abierta al encuentro.

Me interesa esta forma de madurez porque me permite seguir con el corazón abierto. Cuido mi apertura con un criterio nuevo. Ejerzo mi discernimiento sin entregarlo a la sospecha. Conservo algo fresco, algo disponible para el asombro y para el vínculo, con los ojos abiertos y los límites claros.

Quizás la diferencia está ahí. La ingenuidad cree que permanecer abierta significa dejar pasar cualquier cosa. La inocencia ha visto lo suficiente como para saber que la ternura también necesita forma, dirección y resguardo.

En este sentido la ingenuidad es la sombra de la inocencia.

La sensibilidad sin una estructura que la sostenga, se vuelve un campo erosionable. Y yo he sido a la vez el campo y quien permitió la erosión. En estos momentos vivo una pérdida de ingenuidad iniciática. Lo digo sin solemnidad. Es la pérdida que Marie-Louise von Franz describía como la condición de la individuación. Implica dejar de romantizar ciertas complejidades humanas y empezar a reconocer la sombra, el poder, el deseo, el impacto real de determinadas acciones sobre los cuerpos y los campos.

Esto se traduce en decisiones operacionales y en un cambio en mi manera de proponer y compartir. Quien se relacione conmigo en este tiempo notará otra manera de estar. Más sobria, quizá. Más explícita en lo que cuida y en lo que ya no puede ni quiere sostener. Mi sensibilidad sigue intacta. Lo que cambia es el suelo que la sostiene.

Escribo esto para nombrarlo en voz alta y para honrar el proceso que atravieso en estos momentos. Soberanía Creativa, como práctica y como camino, también muta conmigo.

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