Lees y lees. Y estudias. Y tomas cursos, ceremonias, medicinas. Y le sigues la pista a tal palabra, a tal maestro, a tal referencia. Y vuelves a coger un taller, otra ceremonia. Y vuelves a leer. Y vuelves a buscar, tomar medicina, a estudiar. Buscas y te llenas. Te llenas y te llenas, y nunca te sacias. Nunca es suficiente para sentirte seguro/a, para dar tu palabra, para compartir tu voz. Para mostrarte en la fuerza vital de tu irreverencia.
Fuera de la norma y de la obediencia, tu verdad te espera.
Hasta que no desciendas, hasta que no habites las profundidades de tu cuerpo, hasta la memoria de tus huesos. Hasta que no llegues al reino de la madre oscura, la primigenia.
Hasta que no te encuentres con tu sombra.
Hasta que no comas, sentada en la mesa con tus demonios, nada de lo que consumas, ingieras, devores, extraigas, nada de lo que chupes, te saciará.
Y seguirás siendo una devoradora de conocimiento, subiéndolo toda la cabeza, a la cabeza que te marea. Porque en tu cuerpo todavía no sostienes la verdad de las cosas, la verdad de tu palabra, la verdad de tu síntesis, de tu digestión.
Digiere. Sintetiza.
También, en su silencio orgánico, desobedece.
Haz dieta. Ayuna. Quítate de la falsa narrativa. Des-domestícate.
Ayuno de lectura. Ayuno de talleres. Ayuno de ceremonias. Ayuno de referencias.
Ayuno de palabras mercantiles.
Ayuno de abstracciones. Ayuno de distracciones.
Escúchate. Siéntate en el vacío.
En la nada. En la no respuesta.
En el ‘aburrimiento’ más profundo.
En la desolación.
Y ahí, poco a poco, tu voz emergerá.
Salvaje. Libre.
Agua viva para un mundo sediento.
