Somática y comunidad

Mientras el mundo se mueve a un ritmo, yo me muevo a otro. A medida que todo se acelera y se multiplica, yo reduzco y paro. No es cansancio lo que siento; es la profundidad de una pausa, de un reclamo de vuelta a casa. Un lugar más profundo que familiar que elegí honrar hace ya 8 años. Cíclicamente vuelvo a la memoria de una elección. Una retirada lenta de determinados escenarios y roles.

Recuerdo la frontera temporal en la que me di cuenta de que estaba ofrendando mi esencia creativa y mi energía vital a causas externas desde una disociación interna. Cuando hablo de esencia creativa, me refiero a mi eros, mi conexión íntima entre Cielo y Tierra, el don que la creación me otorga (nos otorga por igual), a la expresión, a la creación.

Esta corriente vitalista es la íntima conexión con el campo de la vida a través de la somática de un cuerpo colonizado y construido en los vacíos y fragmentos de una modernidad devoradora de la esencia femenina. Es una batalla interna que empieza completamente a ciegas, en la oscuridad de nuestra alma perdida, y va lentamente revelando el recinto interno abandonado, el templo que espera nuestro retorno.

La voracidad del sistema capitalista chupa sin mesura esta esencia del eros femenino.

Lo hace a través de tantas estrategias que intervienen en mi relación con mi cuerpo, mi energía y su poder. El capital explota este cuerpo, extrae de él toda su fuerza y esencia, para alimentar las creaciones jerárquicas del poder y el control. Eso que predicamos en un rezo de cuido revela su grieta cuando los escenarios en los que intentamos cuidar este rezo están tomados por estos intereses extractores. Es nuestra sombra colectiva. No es forzosamente consciente. Y menos personal. Es una mecánica vincular tribal intervenida. Es simplemente un sistema rancio de estructuras de poder que opera en nuestros círculos y relaciones tribales. No hablo desde una teoría sino desde lo que he carteado en mi cuerpo. Es gracias a una crisis de salud lo suficientemente aguda como para interrogar en qué ecosistema de cuido había entregado mi campo energético espiritual. Recuerdo el día en que fue contundente que me tenía que retirar. Que tenía que retirar mi cuerpo de la primera línea de determinados círculos, cultos y prácticas frente a altares disociados. Y si uso este espacio para nombrar esto, es importante aclararte que lo hago como parte de un proceso de curación personal y colectiva, porque sé que no soy la única con esta percepción y vivencia y que es importante validarnos en este lugar de curación evolutiva.

Mi esencia vital es mi responsabilidad. La tengo que cuidar para la continuidad de mi vida. Lo que me estaba enfermando es que estaba ofrendando mi energía, devoción, liderazgo creativo, fuerza vital, mi eros, a espacios, círculos y comunidades que, de alguna manera, no estaban alineados con mis valores y con mi integridad.

Es un tiempo confuso en mi vida: no es fácil poder reconocer la diferencia entre lo que se predica y lo que se camina en lugares en los cuales la palabra está custodiada por altares muy poderosos. Hablar en nombre de un altar sin interrogar nuestra percepción colonizada complica el campo. Mucha gente me puede juzgar por no caminar lo que predico según sus valores. La clave aquí son los valores. Podemos defender los valores de la Tierra, del reino vegetal o del animal y, a la misma vez, estar en relaciones de víctima verdugo o perpetuando dinámicas de dominio y sumisión o luchas de poder. Es un discernimiento vital. Mis valores no toleran las dinámicas de abuso. Eso he aprendido con el tiempo. Ir en contra de este valor personal, en nombre de un valor espiritual que no contempla la impecabilidad energética necesaria para mi seguridad, es un auto-ataque.

Probablemente, es parte de mi camino evolutivo enfocar la visión en este lugar que me resultó tan ambiguo y confuso en un periodo de mi vida en el que estuve muy comprometida. Tuve que pasar por la escuela de estar en distintos círculos o comunidades ideológicas o espirituales, en los que la palabra estaba en un reino mientras que el cuerpo estaba en otro. Es un despertar que se dio en la frontera entre lo personal y lo político porque, aunque la experiencia fue somática e íntima, la manera en que se fue constelando en mis relaciones reveló que es también sistémico.

Comparto esto desde mi integridad, es decir, desde mi deseo de sentirme integrada a mí misma, de ser responsable de mi respiración, de mi emanación, de lo que ofrendo, de lo que propongo en el vínculo, en la amistad, en el círculo, en la comunidad. Me ha tomado mucho tiempo discernir cómo estar contigo, con ustedes, conmigo.

Así que estos han sido años de una retirada lenta de una manera de colocar el cuerpo y el rezo en coherencia somática, que fue revelando todo un sistema de percepción. Una mirada de cómo nos interpretamos y nos leemos los unos a los otros en nuestros procesos de transformación, en esos momentos de la vida en que nos quebramos y estamos vulnerables.

¿Qué testigos benévolos tenemos en nuestro entorno?

Estas comunidades, tan bien organizadas en torno a altares y rezos, revelaron para mí una falta de coherencia en ese lugar más sutil y profundo de lo femenino: en su oscuridad, en su corporalidad, en su somática y en la vulnerabilidad implícita de su emanación orgánica. Temas profundos como la invasión, el abuso, el descuido, el avergonzar lo vulnerable y lo débil, el exigirle al cuerpo estar en su armadura para sostener lo que se llama a sostener, son narrativas heroicas salvadoras. Ese arquetipo del guerrero, la guerrera, que apoya, sostiene, protege, defiende –porque somos los guerreros y las guerreras los pilares de la memoria– es un mito que pesa. Una profecía elevada al viento mientras el cuerpo habita otra realidad.

Es una llamada heroica. Me entregué de lleno, en cuerpo y alma, a ese llamado de sostener los pilares de la memoria. Y siento que sigo ahí, sosteniendo el pilar de la memoria, salvo que mi recorrido lo que revela es que no necesito una armadura ni ser una guerrera para sostener el pilar de la memoria. Que lo puedo hacer desde lo íntimo, desde la dulzura, desde la suavidad de mi propio duelo, gozo, eros, fuerza, vulnerabilidad y, sobre todo, desde mi propio contexto biográfico. Que no tengo que silenciar ni callar mi subjetividad para pertenecer a un orden colectivo que me impone una disociación que se acomode a sus narrativas.

La gran dificultad en el discernimiento comunitario tiene que ver con la frontera entre lo íntimo y lo colectivo: lo que me pertenece y lo que te pertenece.

En nombre de la comunidad, hablamos de hermanos y de hermanas, y de que somos familia. Por lo tanto, nuestras casas están abiertas a personas que, en nombre de esta comunidad, tienen acceso directo a nuestra intimidad. Somos hermanos de rezo, somos hermanos de camino. Mi casa es tu casa. Y me encontré, a lo largo de una década, recibiendo en mi casa a personas completamente desconocidas, y, poco a poco, fui desmontando esa confianza en la palabra que elegí seguir para construir la confianza en mi cuerpo y su palabra.

Cada vínculo es único. En esta retirada me he retirado de relaciones que pasan por el mandato comunitario y que apelan a entrega de tiempo e intimidad que no es realmente reciprocado. Esta retirada ha generado campo afectivo valioso para reconocer y nutrir las relaciones de corazón a corazón, sin mediaciones tribales o jerárquicas. Lo nombro aquí porque esta reflexión sobre lo íntimo y lo colectivo es profundamente relevante para la narrativa astrológica del 2025.

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  • by Paloma Todd Montes

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