Cuerpo oracular

 

El acto de escribir es una revelación constante, pues escribo no tanto porque quiero que me leas, que agradezco que lo hagas, sino porque si no escribo no me entero. El acto de escribir es el puente que me permite enterarme de lo que quiere ser dicho, revelado en mí, a través de mí, y este acto aquí es público. Es mi oráculo vivo. Y también hay un lugar más allá de la escritura, que es la palabra orada, el compartir por audio las voces que -crudas- se asoman en mi garganta y no llegan a la página, quieren abrirse paso directamente desde mi aliento.
 
Quiero a hablar de diversos temas vinculados a nuestra soberanía creativa, en estos tiempos, es decir: a la posibilidad de sostener una estética y un criterio propio de cómo queremos vivir nuestra vida, cómo queremos crearla, habitarla, nombrarla, en un mundo estéticamente dominado. Hablo de la dominación estética. De dictaduras estéticas. No solamente de dictaduras económicas o médicas, o de las dictaduras morales, de los poderes que insisten en decirnos cómo tenemos que pensar, cómo tenemos que actuar. Me refiero a la narrativa que interfiere con nuestra experiencia del gozo encarnado y de la belleza sentida cuerpo y alma adentro. Es decir, el imperativo externo de cómo sentir la experiencia de ser nosotras y nosotros mismos. Dictaduras que intervienen directamente en la experiencia orgánica de ser humanos y de expresarnos y ocupar nuestro lugar en el escenario con integridad. Hablo de sustentar el derecho al yo, a la singularidad vivida cuerpo adentro como una expresión de nuestra integridad.
 
Dictaduras que habitan nuestra percepción, que se meten dentro de nuestro cuerpo y dentro de nuestra mente, para decirnos que eso que sentimos y experimentamos no es real, no pertenece a la narrativa consensuada. Y hablo de un dominio estético en el sentido de que habitamos en una realidad de imágenes creadas, moldes expresivos, que se han ido acumulando en nuestro imaginario mental y que han ido trans-generacionalmente colonizando nuestra mirada, creando un mundo disociado y falso, un mundo cada vez más sintético.  
 
Ésta es la estrella invertida de Venus. Es magia revertida. Para quien tenga oídos para escuchar que sepa que lo que nombro aquí es que este mundo de la imagen disociada del cuerpo es el mundo de la ilusión, de la magia manipuladora.
 
El mago, ¿qué hace? ¿Cuál es su truco?

Con una mano hace una cosa y nos distrae, mientras que, con la otra, hace otra. Ésa es la magia ilusoria. La magia de la percepción. Te distraigo con esto mientras que con lo otro te domino, te colonizo. Porque la colonización no se da sólo con las armas, no sólo con la dominación, no se ejerce sólo por la fuerza. La colonización también se ejerce mediante la intimidación, la manipulación y/o la seducción. Encantamientos que se dan gracias a la disociación de nuestro cuerpo, gracias a cortar las raíces de nuestra percepción encarnada en un cuerpo habitado.

La magia de la Tierra es otra, está la integrada al reino de la vida, anclada en un cuerpo.
 
¿Quién soy yo para dar lecciones de ética o de moral?, me interrogo siempre. Hablo desde la experiencia empírica, desde mi oráculo caminado en procesos orgánicos. Es decir, de tener una relación con el cuerpo oracular que soy, desde el cual la verdad y la sabiduría hablan en soberanía, ante la cual me inclino para escuchar y discernir. Nombro desde un proceso curativo íntimo.
 
Predico con mi cuerpo oracular lo que implica ser artista en este tiempo. Ser mujer creadora, artista y lo que implica vincularse en este mundo en el intento de sostener estos principios. Entonces desde aquí, para mí, hablar, revelarme o mostrarme, también tiene que ver con honrar las dificultades. Las dificultades, errores y fracasos. Honrar también cuando las cosas no salen bien. No salen como quiero. No salen a la imagen construida mentalmente de lo que creo que quiero.
 
Me atrae cada vez más la medicina del error. Los errores que intentamos encubrir o disfrazar. Observa, reflexiona en las maneras constantes en las que intentamos demostrar al mundo lo bien que hacemos las cosas, lo bien que nos salen, lo estupendos y estupendas que somos, vendiéndonos, promocionándonos. Decimos, mira qué bien lo hago. Ven a hacerlo igual de bien conmigo. Y ahí encubrimos, omitimos, todo lo que no va tan bien, todo lo que va mal.
 
Bien y mal, son los ejes de la moral que atenta contra nuestra soberanía creativa. Atrapados en esta polaridad que nos corta las alas, barremos debajo de la alfombra la parte más jugosa de nuestra humanidad. Porque realmente, desde el punto de vista creativo y, por lo tanto, también terapéutico, y, en mi caso específicamente, desde la praxis arteterapéutica, el fracaso y el error son nuestros grandes maestros y aliados. Nos ofrecen siempre una hermosa oportunidad, no solamente de encarnar la humildad del proceso creativo, de reconocer que no las tenemos todas con nosotros, que cometemos errores y que aprendemos con ellos; sino que realmente, si desempaquetamos lo que llamamos fracaso, vamos a descubrir que es un gran tesoro, que en el error o el fracaso está la cura.
 
Pero como somos así, perfeccionistas, exigentes y controladores y además queremos quedar bien y seguir alimentando esta cultura del triunfo, el éxito y la victoria, entonces seguimos dándole poder a una narrativa de la cual es muy difícil independizarnos. La exigencia es demasiado grande cuando le damos el poder de definir lo que somos a la mirada ajena. En verdad es letal.
 
Así que propongo hoy una resignificación creativa y soberana del fracaso como vía que nos lleva hacia una mayor libertad y verdad propia.
 
Te invito a que hagas un inventario de tus fracasos, de tus ruinas, de tus humillaciones, de las vergüenzas que mueven tus hilos. Cohabita con esta pandilla de recursos ignorados. Siéntate con ellos, dánzalos, píntalos, escribe desde sus voces en ti, pídeles que revelen la lección que no aprendiste, el regalo que no recibiste, el velo que no corriste. Verás que son un consejo de sabiduría ignorada que te espera paciente en algún rincón de tu alma*soma. Puede que estas preguntas muevan síntomas, puede que los síntomas revelen puertas. Hay una relación viva entre el deseo y el cuerpo, y, a veces, reaprender a sostener el deseo orgánico en el cuerpo duele y tiene sabor a purga.
 
Así que hoy he decidido compartir un pequeño inventario de mis grandes fracasos y algunos triunfos nacidos de mis fracasos habitados. Espero que te sirva para soltar algunas amarras y nudos, para convocar nuevos permisos y para autorizarte a ser irreverente con tus propias dictaduras internas.
 
i, diría que tiene mucho que ver con la idea que tenemos de nosotros mismos, de cómo debemos hacer las cosas o de cómo los demás las hacen, y obedecer o seguir esos dictados. Se trata entonces de darnos cuenta de que, en algún momento, el ejercicio de nuestra soberanía creativa –o de la soberanía energética o somática, que es lo mismo– nos va a llevar a tener que romper con lo que hemos alimentado hasta ahora, a darnos cuentas y despertar a cómo el fracaso me lleva entonces a una mayor capa de autoconocimiento y de libertad. Esto tiene un impacto directo en nuestros vínculos y en nuestra capacidad de comunicar y compartir con quienes nos acompañan en este camino de vida. Entonces tenemos la oportunidad de reconocer qué lugar ocupa la integridad soberana de nuestro deseo creativo en determinadas relaciones y de darnos cuenta, tal vez, que el no sentirnos reconocidos o validados por quienes nos importan es una puerta reveladora del poder que estamos entregando, en vez de hacer cuerpo y sostenerlo.

Es decir, que las frustraciones vinculares pueden ser bellas invitaciones a subirnos al lomo de nuestro león y dejar de buscar escusas en la devolución que los espejos nos hacen, o no nos hacen, y mirarnos, reconocernos y validarnos en soberanía íntima y propia.

 
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