En noviembre del 2024 tuve la visión de una abuela muy antigua de mi linaje, que conocía el poder de la palabra y, como viajera atemporal, su alcance mágico. Esta abuela levantó un conjuro de amor. Encriptó un código, un antídoto hecho de palabras dichas desde el lugar correcto y en el tiempo correcto, porque conocía las artes de la buena relación. Un conjuro capaz de romper el hechizo del futuro ocupado. Un conjuro para despertar la memoria y liberar los dones de sus nietas venideras.
Gracias a esta visión, entendí que yo era este conjuro y mi palabra, hoy, su continuidad.
