El fuego que encendí anoche me conectó a la profundidad interna que se mueve cuando me muevo. Me llamó de vuelta a casa. A recordar de dónde vengo. ¿Cómo puedo estar frente a este fuego del solsticio sin validar que tres meses antes (dos días antes del pasado equinoccio), el huracán Fiona sacudiría los cimientos de mi pertenencia, de mis certezas? No lo digo porque el huracán fuera devastador, ni por la precariedad evidente de un país en ruinas. No lo digo por lo que reveló de lo poco que se ha recuperado la isla del huracán María, del 2017, que fue un huracán que sí destruyó más allá de la devastación. Fiona llega a Puerto Rico post pandemia en un país que está en el precipicio. El campo energético y colectivo que el paso de Fiona abrió –y la realidad que reveló– tuvo un impacto que, si escucho el tiempo de mi cuerpo, revela que todavía lo estoy digiriendo. Es decir, que todavía hay movimientos que buscan cauce, expresión, palabra. Es desde ahí que lo digo. Desde mi cuerpo.
Digerí mucho en Puerto Rico. Lo digerí en soledad, en familia, en amistad, en comunidad. Lo digerí en espacios de danza, en mi taller, en mi práctica. Lo digerimos como pudimos. Al viajar, al moverme a otro lugar y al activarse mi proceso de adaptación migratoria, desde la escucha y la lentitud, se empezó a revelar un proceso de digestión más profundo de lo que traía de Puerto Rico. Empecé a conectar con un duelo por la isla. Un duelo por mi comunidad. Por mi lugar. Mi casa. Por reconocerme parte de una tragedia colectiva, siendo la tragedia la colonia, no los huracanes. Es desde aquí que mi uso de la palabra soberanía merece ser entendido. Desde dónde viene en mí.
Es una confesión, necesaria, la de reconocer –sin miedo a perderme en el dolor que abre– la herida colonial pulsando viva en mi alma. Éste es el lugar desde el cual me doy permiso a escribir hoy.
Descolonizar es una palabra que merece cuido en su uso. Requiere un golpe de realidad. ¿Es posible la soberanía?, ¿podemos realmente aspirar a un proceso de descolonización del Yo, del tiempo, de lo femenino, de lo masculino?, ¿descolonizarnos de la mente patriarcal, de la ley moral que gobierna nuestros cuerpos y destinos, de hombres y mujeres?, ¿podemos descolonizar el futuro para que las próximas generaciones puedan vivir y sentir la belleza que hemos heredado?, ¿puede Puerto Rico aspirar a un proceso de descolonización?, ¿puede la Tierra ser liberada de lo que sea que la mantiene esclava de intereses que atentan contra el futuro de la humanidad?
Me nombro mujer en proceso de descolonización. Lo hago porque me siento parte de la historia de la isla de Borikén, llamada Puerto Rico, Perla del Caribe, Isla del Encanto. Tierra orilla de riquezas, de tanta abundancia, siendo tan pequeña. Es un tesoro, realmente. Como lo es su gente. Es una tierra ocupada por el valor que tiene. Tiene bases militares, radares de la Nasa, ha sido campo de experimentación militar, químico, social, medioambiental, económico y psicológico. Es un lugar complejo, peculiar, dejado a su suerte, a merced de especulaciones buitres. Es un campo de guerra en el cual se ama, se danza, se resiste. No puedo escribir, si no me sitúo en este lugar, en esta voz.
Ésa es la voz de mi llanto. Ésta es la voz de mi útero. Ésta es la verdad que quiere ser contada. No es el llanto melancólico de la separación. Es un llanto sin drama. Es el llanto del amor en la guerra. Es un llanto de corazón. Es estar aquí, sabiendo lo que es estar allá, y es mirar el fondo del abismo de realidades que hay entre un mundo y el otro dentro de mí. Este es el puente que tejo hoy.
Es la hebra de una historia que merece ser nombrada, porque si me lees, si me sigues, si te inspiran mis propuestas, si extraes valor de lo que ofrendo, entonces tienes también que saber lo que hay detrás de la cortina, lo que hay en el fondo de mi Yo, en mi cuerpo de mujer migrante, en el intento de descolonizarme. Cuando me nombro, mis palabras tienen raíces, tienen capas de voces que merecen ser honradas.
