Anoche encendí un fuego. Dormí con un fuego vivo. Pude cuidarlo y dejarme cuidar. Estuve velando la noche del Solsticio.
Escuché mi conversación con los espíritus. Me silencié lo más posible. En el corazón de la llama, me sentí morir en el abrazo del no saber. Algo muy profundo en mi matriz me habló anoche en el espejo del fuego. Me pidió presencia y sostén del fuego de mi matriz. Tienes algo que alumbrar, sentí. Algo más que decir.
Con voz de tierra, con voz de tiempo antiguo, me recordó el lugar desde el cual nace mi movimiento. Mi intento, propósito y, eventualmente, mi creación. Sentí la sombra que precede la semilla. El vacío de la muerte. El potencial de un nuevo recorrido. Uno muere. Otro abre. Mi semilla es una llave. Anoche se abrió una puerta, discreta, uterina. Desde la profundidad de mi quietud, me susurró un nuevo orden, un nuevo camino.
Voces antiguas en mí atestiguan el movimiento interno. Suenan las alarmas, avisan. Es el cambio, y cuando llega, activa el miedo. Algo en mi movimiento despertó el miedo. Al día siguiente, desperté en otro lugar. Me despertó mi llanto, familiar y conocido. El llanto sin razón. El desconsuelo del tiempo interno abandonado. El llanto de las almas. El llanto del miedo. Sentí la sombra del árbol abandonado y, también, la voz profunda de mis huesos con un reclamo. Siempre el mismo: integridad, coherencia, ¿desde dónde te mueves?, ¿quién te mueve?, ¿qué y quiénes cuidas?, ¿quién te cuida?
Anoche encendí un fuego y hoy cosecho agua.
Sentí el movimiento en la base de mi copa, en la cuna de mis ofrendas; y hoy mis aguas me traen de vuelta a la casa de la escritura, al único lugar en el que encuentro remanso, en esta palabra viva que se escapa de mi mirada y se libera del rumbo que le adjudico.
Estoy en un ciclo de decisiones familiares vitales, de acuerdos y compromisos que implican responsabilidad y una mirada estratégica con relación al futuro. Vengo de Puerto Rico, estoy ahora en Barcelona y, dentro de los movimientos y los cuidos familiares, el tiempo se hace más fino. Hoy, cuando escucho la voz del llanto que me despierta, me doy cuenta de que no escribo así –desde este lugar en mí– hace tres semanas.
Detrás del agua, la primera en llegar fue mi niña.
Mi niña y la sabiduría que convoca.
Mi niña es un portal.
Lo conozco.
¿Qué abandoné?
Detrás de la niña, siempre, la abuela.
El agua para de brotar.
Llegó la abuela.
Ella sabe.
Me dice, sal de ahí, conoces la puerta.
Claro, me digo.
Necesito bailar, necesito escribir.
