Mi mentor y maestro ha sido y sigue siendo Malidoma Somé. Quienes me conocen saben que siempre pongo su nombre primero. Camino detrás de él, de su camino, sus enseñanzas y su vida. Conocí a Malidoma en Puerto Rico en el 1996. Estuvo de visita con su entonces esposa Sobonfú. Su taller estaba fuera de lo que era entonces mi presupuesto, por lo cual no trabajé con ellos en ese momento. Ese año, sí me leí la biografía de Malidoma, Of Water and the Spirit, un libro que me despertó y fecundó mi camino hasta aquí, hoy. Este libro es un testimonio biográfico que me recordó algo fundamental de mi esencia. Ese libro fue mi biblia. Mi guía, mi luz y mi estrella. Ahí encontré consuelo, refugio y permiso para un universo íntimo que hasta entonces no tenía ni espejos, ni comunidad. Este libro me acompañó muchos años en la certeza de mi pertenencia a un camino y una manera de caminarlo.
En el 2008 me desplacé de Barcelona a Hamburgo para asistir a un taller de Malidoma. Esta fue una de las pocas visitas que hizo a Europa y tuve la oportunidad de trabajar y tener un encuentro individual con él. Su taller fue mi iniciación al trabajo ceremonial colectivo con los ancestros y ancestras; al poder de la piedra como avatar de la memoria y a la relación multidimensional que se abre de corazón a corazón con un mentor elegido, amado y admirado.
Cuando me enfrento a mi trabajo, a mi manera de compartirlo, al lenguaje que uso, me pregunto cómo lo haría Malidoma. Su biografía relata cómo a los tres años fue secuestrado de su tribu, y separado de su familia por los monjes jesuitas. La evangelización forzosa es una manera de colonizar. El principio detrás de esta estrategia es evangelizar a los niños que luego predicarán en nombre del cristianismo. Malidoma sufrió la herida violenta y dolorosa de este destino. Malidoma escapó del seminario a los 19 años para caminar durante tres meses de vuelta a su casa.
Una vez en casa, los ancianos de la tribu deciden que Malidoma tiene que pasar por la iniciación de los jóvenes de 12 y 13 años para volver a ser parte de la tribu. Al aprender a leer y escribir, de alguna manera, Malidoma fue contaminado por la medicina del hombre blanco y tiene que iniciarse para recuperar el lenguaje de su pertenencia, es decir, su indigenismo. Si Malidoma sobrevivía su iniciación se reintegraba. Si moría en la iniciación, moría en pertenencia y recibiría los honores de morir en casa. Malidoma sobrevive su iniciación por lo que el consejo de ancianos reconoce que ahora maneja las dos medicinas, la del hombre blanco y la de la cosmovisión Dagara. Le asignan entonces la tarea de ser embajador de la tribu de los Dagaras en el mundo occidental. Esta tarea implicó el compromiso de formarse académicamente en ciencias políticas como un marco que legitimara su trabajo ceremonial, ritualístico y curativo.
Malidoma se hace traductor de la sabiduría de los Dagara, y enseña. Enseña la sabiduría de los Dagaras. Enseña sobre el poder regenerativo del ritual. Enseña sobre la ceremonia como un lenguaje, como una tecnología liberadora y reparadora. Enseña sobre la función regenerativa de los duelos. Enseña sobre masculinidades.
Malidoma fue un pionero en los Estados Unidos del trabajo con el duelo masculino. Trajo la mito*poética de una parte de África al consciente colectivo occidental. Su sacerdocio fue impecable. Sus cursos, talleres, círculos tenían un foco preciso, claro. Vivía de su prédica y ponía toda su ofrenda al servicio de su comunidad, al servicio de la construcción de un pozo de agua potable para su tribu, al servicio de la memoria de nuestras ancestras y nuestros ancestros, al servicio de la continuidad de la sabiduría de su origen.
El arquetipo que mejor describe a Malidoma es el maestro y el sanador herido. El maestro cuya herida es tan inmensa que su vida es una ofrenda. Su compromiso con su labor, con su servicio es proporcional a su herida. Su herida habitada es su ofrenda.
