Hace un tiempo vengo observando un deterioro en el uso ético de la información para promover proyectos, talleres y cursos en las redes. Veo cada vez más juegos de palabras, copia y pega atractivos y seductores; trucos semánticos que separan texto, voz, cuerpo e imagen. Veo trucos que manipulan nuestra mente para capturar nuestra atención, para darle al clic, comprar, pagar. Observo poca autonomía creativa a la hora de generar contenidos. Veo mucha imitación, repetición y copia. Observo, también, cómo estas estrategias de moda mercantil se van infiltrando en el campo de la salud mental, del trabajo del alma, del mundo de la espiritualidad y de las ceremonias, y lo que siento es peligro. No el peligro de quien tiene miedo a lo nuevo. Siento el peligro de quien sabe lo que está en juego. Conozco el juego.
Y es ahí que veo cómo artistas, emprendedores sensibles, con maravillosas ofertas que, con el fuego de sus buenas intenciones, entran en un mundo cuyo lenguaje les es ajeno. Un lenguaje poderoso que domina el contenido que comparten. El lenguaje que usamos para compartirnos es tan importante como el contenido. La forma también es el mensaje. Puedes tener el mejor brebaje del mundo, pero si lo sirves un vaso de plástico, condicionas la calidad de la bebida. Puedes tener un contenido de mucho valor, pero, si no prestas atención a la manera en la que lo presentas, por un lado, el mensaje cambia y, por otro, tú desapareces.
Esto no lo enjuicio como un reflejo de una falta ética de la persona. Incluso, no hago juicio del lenguaje. Es una herramienta. Lo veo más bien con preocupación. Lo leo como un síntoma del deterioro de nuestro proceso creativo colectivo. Lo veo como un vacío de recursos, una falta de acceso a la fuente regenerativa de nuestra creatividad. Lo veo como un reflejo de una orfandad formativa vinculada a cómo proteger la energía de nuestro trabajo a la vez que participamos del llamado campo colectivo. Es un tema de consentimiento. Es decir, ¿cómo emprendemos y hacemos negocio, en integridad con nuestra alma, con nuestro sistema nervioso, con nuestros valores? Todo participa del campo. Todo en mí tiene que consentir, y para consentir debo tener conocimiento pleno de lo que manejo.
Somos guardianes de nuestra humanidad y, como tal, somos custodios de nuestra energía, de nuestro tiempo. Lo que movemos en las redes, los talleres que proponemos son medicina, remedio, ayuda, guía e inspiración para otras personas. Son una extensión de nuestra alma, intención y propósito. Son entregas sagradas. Cada palabra que usamos para describir nuestro trabajo cuenta. Cada palabra tiene el potencial de seducir, engañar, desviar, manipular como lo tiene de nutrir, despertar, liberar o curar. Cada palabra tiene la posibilidad de realmente transmitir la verdad auténtica de lo que somos, que unido al contenido de lo que compartimos, suma en autenticidad, verdad, integridad y coherencia al campo.
Tiene sentido que queramos comunicar lo que hacemos, cómo lo hacemos y con la intención que lo hacemos. Tiene sentido que invitemos a nuestra casa, que abramos nuestras escuelas, que compartamos nuestros recursos, nuestro arte. Tiene profundo sentido que compartamos nuestra danza, que convoquemos en torno a la hoguera de nuestra vida, de nuestra experiencia, del fuego de nuestra pasión. Tiene sentido porque es necesario. Es parte del movimiento orgánico de la vida. Nuestra creatividad nos hace generosos, expansivas. Nuestra creatividad es un don. Estamos aquí para compartir. Nuestro llamado negocio es una extensión de este deseo orgánico de colaborar en un campo recíproco de intercambio. Hacer negocio no puede pasar por encima del deseo del alma de sentirse en integridad. No puede y, sin embargo, la máquina del campo colectivo y sus imperativos lineales, de productividad, resultados y velocidad nos empuja a precipitarnos, a nombrarnos antes de tiempo, y ser una marca, una etiqueta que invisibiliza nuestra subjetividad. Nos dirige a definir nuestra identidad, a desarrollar estrategias de proyección para estar al día con el mercado. Este proceso no es ni bueno, ni malo. Sólo necesita presencia y consciencia para que, cuando entremos en el proceso de definirnos para los demás, no nos perdamos en el proceso y no perdamos nuestra esencia.
Para mí, el emprendimiento íntegro es cíclico y respeta el orden de lo femenino. Para mí un emprendimiento íntegro es el que despierta en mí el compromiso de dar lo mejor de mí, de poner mi energía y peso en cada palabra que escribo para explicarte lo que hago, lo que ofrezco desde la raíz. Mi emprendimiento es somático y curativo. No me gusta tener la sensación de que te quiero vender algo, de que mi interés en ti es solamente mercantil. Ése es uno de mis mayores bloqueos a la hora de compartir mis ofrendas. Por eso he buscado siempre la manera de presentar mis propuestas como invitaciones, como llamadas a unirte, a recordar, a aprender si tu alma así lo siente. Estoy comunicando mi respeto e intención. Es tu alma la que sabe. Mi intención es que le llegue el mensaje para que pueda elegir si este es su lugar, o no. Emprender y consentir van de la mano.
Es el momento de mezclar las medicinas recibidas en nuestro camino biográfico, traducir la experiencia somática de nuestras iniciaciones en un cuerpo de conocimiento que, entonces, podemos transmitir, compartir. Llevamos el fuego de nuestra iniciación al mundo. Qué importante es reconocer este principio. Qué importante es honrarlo y cuidarlo. Qué importante es la maestría de la palabra viva, la que nombra lo que ES en vez de enmascararlo. Cada palabra cuenta. Cada palabra es una cuenta que cuenta la historia, que da contorno y forma a la medicina que compartimos, a la ofrenda que entregamos.
