La oralidad es el lugar en el cuerpo desde el cual nace el deseo auténtico de compartir y transmitir una historia, un mensaje. Este mensaje oral, puede pasar por la voz, la palabra, el cuerpo, el gesto y la mirada. Pasa por donde hay libertad expresiva, por donde el espíritu de la historia se pueda revelar en su poder y su pureza. Por eso las historias curan. Porque son el encuentro entre el espíritu libre del relato que entra en relación con el corazón de la persona que la quiere compartir. En la oralidad el espíritu del logos se une al ánima somática. El lugar de la historia, es la historia.
Soberanía creativa es el lugar en el cual siembro esta oralidad.
Hay un aspecto efímero de la cultura oral que nos inspira a preservar los relatos, las memorias de aquellos que ya no pueden hablar. El peligro de la escritura es que se hagan fijas y dogmáticas, que enjaulen el espíritu libre del relato. De ahí que el cultivo de oralidad es una práctica de improvisación creativa, un lugar en que cultivamos una relación consciente con la participación de nuestro cuerpo en la historia que creamos, en la manera en la que narramos.
Las prácticas de terapias de artes expresivas intermodal nos asisten en el ejercicio de cultivar una oralidad consciente. A través de la danza y del cuerpo como texto, materiales orgánicos -como la arcilla, el acuarela-, las herramientas como la fotografía, el papel y la tijera, se hacen tejedores del relato, vías para que la voz encuentre el ancla desde la cual hablar, narrar, recordar, predicar, dar.
Nuestra biografía es nuestro relato más íntimo. Es nuestra mitología.
Es el mapa y el territorio de nuestra mitología encarnada.
Estamos pobladas de historias que esperar ser narradas, que desean habitar la voz, que desean ser luz, abrirse paso. Narrarnos es un arte curativo. Un lugar regenerativo. Todos tenemos una historia que quiere ser contada. Un espíritu vivo que pide sus alas.
