Ecología Simbólica

Si tomamos la idea de la ecología como un sistema de relaciones vivas e interdependientes, el campo mitológico deja de ser un archivo de relatos antiguos y se revela como un territorio vivo.

La mitología está hecha de tramas relacionales. Cada mito interactúa con otros. Se contamina, se injerta, muta según el clima cultural, psíquico y material en el que circula. Los mitos viajan y se transforman. Inanna es sumeria y también resuena en Perséfone, en Isis, en María Magdalena, y en las narrativas contemporáneas del trauma y de la regeneración. Lo que vemos es una memoria que vuelve. El mismo patrón que regresa con otra forma.

Porque en su origen, los mitos son la narrativa de la Tierra misma. Antes de ser historias de dioses, diosas, héroes y heroínas, son la explicación encarnada de lo que ocurre en el mundo natural.

Deméter y Perséfone son las estaciones. El descenso al inframundo es el invierno, la semilla que desaparece bajo la tierra, y el regreso es la primavera, el brote que empuja hacia la luz. Inanna es simultáneamente un mito astronómico y un mito de fermentación. Su ciclo de descenso, muerte y resurrección traza el ciclo sinódico de Venus con el Sol, el momento en que el planeta desaparece del cielo, pasa entre la Tierra y el Sol y renace como estrella de la noche.  Y al mismo tiempo nombra el proceso de fermentación, la materia que desciende, se descompone en la oscuridad y regresa transformada en algo que nutre y que embriaga.

Los mitos nacieron de la observación directa de los ciclos, de la relación íntima con la tierra, el agua, el fuego y el aire. Son un primer conocimiento vivo. La primera forma de nombrar las leyes que gobiernan la vida. Y por eso siguen vivos. Porque la Tierra sigue girando, las estaciones vuelven y el cuerpo composta y fermenta lo que recibe.

Los símbolos son entidades vivas. Cargan memoria, energía y dirección. Se comportan como especies. Algunas proliferan, otras entran en extinción, otras permanecen dormidas hasta que el contexto permite su retorno. El patriarcado ha reprimido los cuerpos y también ha empobrecido esta ecología simbólica. Ha favorecido determinados relatos, los lineales, los heroicos, los extractivos, y ha debilitado otros, los cíclicos, los relacionales, los matrísticos. Esto tiene consecuencias concretas en cómo percibimos, cómo nos vinculamos, cómo organizamos la vida.

Y si la narrativa es ecología, también podemos invertir la perspectiva. Toda ecología es narrativa.

Un bosque es una red de historias materiales en curso, un intercambio de nutrientes, ciclos de muerte y regeneración. La narrativa mitológica, cuando está viva, opera igual. Organiza la experiencia. Establece relaciones entre fuerzas visibles e invisibles. Configura lo que vemos y lo que podemos imaginar.

Estamos dentro de los mitos. Los habitamos. Y al habitarlos, participamos en su evolución. Cada vez que un mito es contado, reinterpretado o encarnado, algo se mueve en el campo simbólico. Se reequilibran las fuerzas en juego. Se abren posibilidades. Porque los mitos no ocurrieron en otro tiempo. Ocurren ahora. En el cuerpo que desciende y regresa. En la semilla que fermenta. Cuando atravesamos el invierno y esperamos la primavera. En este sentido somos el mito vivo y encarnado.

Desde aquí, el trabajo mitopoético es una práctica de restauración. Implica detectar qué narrativas están saturadas, cuáles han sido desplazadas, qué símbolos necesitan volver para sostener formas de vida más complejas, más sensibles, más relacionales.

Los mitos organizan el sentido. No en el sentido abstracto de una filosofía o una doctrina, sino en el sentido más concreto y más vital. El sentido de saber dónde estás. Para qué estás aquí. Qué te mueve. Qué merece tu energía.

Los mitos dan forma a lo que la experiencia sola no puede contener. Nombran el dolor, el deseo, el gozo, la pérdida, el retorno. Crean un tejido entre lo que vivimos y algo más amplio que nosotras mismas. Cuando este tejido se rompe, cuando los mitos que habitamos ya no corresponden a lo que somos, aparece la desorientación. El vacío. La sensación de estar en un mundo que funciona pero que no tiene raíz. Por eso intervenir en el campo mitológico es intervenir en las condiciones que hacen posible una vida orientada. Una vida que sabe hacia dónde mira.

La mitología viva sostiene lo que está por nacer. Es un campo donde lo humano, lo más que humano, y lo invisible se encuentran y negocian en tiempo real. Desde aquí el significado que construimos es una red viva que nutrimos, que puede empobrecerse o enriquecerse según lo que hagamos con ella. Intervenir en este campo, con cuidado, con reverencia y con ética, es una forma de actuar sobre la vida misma.

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