Escritos sobre el Poder : Silencio y Responsabilidad

Nací en el 68, un año de mucho movimiento político. Es necesario entender este contexto histórico y la situación de mi familia en ese contexto para conectar con lo que voy a compartir.

Nací en una familia fragmentada por la guerra, la modernidad y la migración entre Francia, España y Puerto Rico. Mis tíos, los hermanos mayores de mi madre, lucharon en la Segunda Guerra Mundial contra los alemanes. Mis abuelos maternos vivieron la guerra civil en España. Mi madre nace en Madrid en 1940. Todo este ecosistema político y su tumulto dejó su huella. Por parte de madre, mi familia tiene una inclinación profunda hacia lo libertario, hacia la equidad, hacia lo que llamaríamos una ideología de izquierdas basada en la solidaridad, en lo comunitario, en lo colectivo.

Mi madre se casa con un puertorriqueño de una familia con un linaje histórico y político de peso en Puerto Rico. Mi tatarabuelo negoció la invasión de Puerto Rico por los Estados Unidos. Mi bisabuelo fue juez del Tribunal Supremo y participó en la constitución de la colonia. Mi abuelo no sé muy bien lo que hizo, salvo dilapidar el dinero familiar. Y mi padre hizo la revolución en contra del orden colonial y, de paso, contra toda su familia. El gesto de mi padre es un intento de contrapunto kármico a una escala y a un costo muy alto. No he visto a mi padre desde mis dieciocho meses. Lo veo como un soldado desaparecido, sin fecha ni lugar de sepultura.

Cuando en el 69 mi padre desaparece, mi madre regresa de Puerto Rico a Europa y nos vamos a Francia, donde está la mayoría de nuestra familia. Llego a París a los dieciocho meses. Durante la década en la que viví ahí crezco entre los ecosistemas afectivo-tribales de mi familia y de las amistades de mi madre. Ambos ecosistemas se entrelazan. Amistad y familia tejidas juntas. Visto ahora de lejos, nos movíamos como una comuna. Las amigas de mi madre y mi tía tuvieron tanta presencia como la de mi madre en mi desarrollo.

Es en este sentido y desde esta raíz personal que uso la palabra culto o secta de izquierdas. Lo hago desde el punto de vista de hoy, no desde la mirada de mi experiencia dentro de ese tejido, que es la de una niña. Tuve una infancia sostenida y cuidada. Lo que veo ahora es un sistema ideológico y vincular que se decía abierto y que en verdad funcionaba estructuralmente de manera similar a los sistemas que criticaba. Había un ellos y un nosotros, buenos y malos, y claro, nosotros éramos los buenos. La prédica era la igualdad, la unión. Éramos antirracistas, antiimperialistas, feministas, defensores de las tierras indígenas y de los recursos. Me crié en ese ecosistema llamado anticapitalista. Un mundo con raíces profundas en el mundo de las ideas y de la prédica, de las luchas y a la vez una práctica que encubría dinámicas inmaduras, machistas y narcisistas, con patrones vinculares internos similares a otros grupos e ideologías.

Nombro también algo más sutil. Crecer en tribu, en un proyecto político en el que el afecto y la ideología se entrelazan en etapas primarias del desarrollo, genera una manera de ver el mundo y de percibir los patrones muy propia. Es un modelo distinto al de la unidad familiar tradicional y, sobre todo, organiza el sistema nervioso de una manera muy específica. Algo desde mi concepción me une al relato transpersonal. La historia de mi familia se mueve en esta transpersonalidad. Mi sistema nervioso se teje dentro de estos circuitos.

Es la ideología insertada en la red vincular la que nos motiva y nos mantiene juntas, en utopía, mirando hacia el mismo horizonte, más allá. Allí, la esperanza, la evolución, la libertad nos levanta y une. Todo esto entretejido en lo cultural, lo creativo, lo solidario, la defensa de los derechos, las marchas, las protestas, los festivales a favor de la multiplicidad de frentes abiertos, de reclamos por la libertad, el derecho a la belleza, la reparación colonial. Ese es el sistema nervioso con el crezco. Es lo que condiciona mi mirada. Es lo que se siente como casa.

A mis nueve años migramos de vuelta a Puerto Rico. A partir de ahí crezco en el ecosistema colonial de la isla, con todas sus ambigüedades y contradicciones. Con el tiempo, aún niña, descubro que mi historia personal tiene un lugar en el tejido colectivo. Aparece mi familia paterna, con la que no tengo cercanía ni intimidad directa pero con la que comparto karma e historia encarnada en mi soma.

Mi desarrollo en la isla y mi entrada a la adultez se construye en torno a un deseo profundo de soberanía para Puerto Rico. Un deseo de orden político y espiritual, con raíces transpersonales, que se inscribe en mi cuerpo a través de mi eros, de mi somática ecológica, de mi despertar al amor y al gozo profundo de la pertenencia. También, en las capas más profundas de mi relato, me inscribo en la narrativa kármica de mi linaje paterno. Lo hago en un intento de compensar el daño heredado y de dar continuidad al sacrificio de su gesta libertaria.

Décadas después de poner el cuerpo al servicio de este relato llegó mi desencanto político e ideológico. Una serie de rupturas y muertes disolvió un proyecto en el que mi familia, mis amistades, mi pareja y mi profesión se entrelazaban en un todo coherente. Ese ciclo tuvo sus errores y sus carencias. Y al mismo tiempo, lo que se sembró ahí no murió con la disolución. Los vínculos, las intenciones, la energía invertida en esta comunidad siguen vivos. Hoy brotan. Hoy veo cómo las próximas generaciones toman el relevo de ese fuego heredado y compartido. El fuego del amor y la justicia, del afecto y las causas colectivas compartidas.

Es ahí que, después de más de dos décadas al servicio del proyecto cultural y político de Puerto Rico, decido retirarme del mundo del arte y del activismo. Migro nuevamente a Europa, paso por París y me instalo en Barcelona donde inicio mi ciclo de aprendizaje con la terapia de artes expresivas. Es un ciclo marcado por el cambio. El cambio revela los patrones que hasta entonces permanecían ocultos. Especialmente el patrón de la herida migratoria.

Este nuevo ciclo en Europa comienza con un diagnóstico de cáncer a mis 38 años. Un umbral que abre una búsqueda profunda y un descenso abismal en torno a la cura. Ahí aparece la pregunta por el lugar de mi cuerpo en la historia política heredada. Su somática. Dónde quedó mi cuerpo en el marco del ideal y de la entrega. Esa pregunta me lleva a explorar la dimensión antropológica de la creación y de la cura. Una exploración que me trae hasta aquí hoy ya que ha sido la escritura, y específicamente la biográfica y somática la que han dado alas a la cura.

En este ciclo me comprometo con espacios y proyectos espirituales, comunidades afectivas cuya convocatoria era la búsqueda de cura. La cura de las relaciones entre las mujeres, la cura entre hombres y mujeres y del trauma de género, la cura del colonialismo, el patriarcado y la extracción, la cura de la desconexión de la Tierra, la cura del olvido y de la disociación, la cura del eros herido y de nuestra relación con el misterio. Todas búsquedas válidas, que muestran cómo una generación entera busca una vía de salida a los imperativos de un sistema que nos asfixia y nos enferma.

Al principio todo resonaba. El relato era coherente con mi búsqueda. Los espacios se sentían reales, sostenidos, habitados por personas con intenciones genuinas. Con el tiempo fue apareciendo la grieta entre la prédica y la práctica. Entre los valores enunciados desde el rezo, la palabra, el altar y las dinámicas reales de poder que operaban por debajo y en la trastienda. Entre la cura prometida y el daño recibido.

Es desde este lugar de búsqueda que mi sistema nervioso se integra y se entreteje en comunidades espirituales y neochamánicas ancladas en la península ibérica. Comunidades profundamente comprometidas en procesos de curación, de integración, de memoria y de tejer comunidad. Implicadas con el territorio, sus altares y su ancestralidad. Es también en este contexto que mi linaje íbero se reinserta en el cuerpo energético y espiritual de la península. Mi sangre materna tiene raíces en esta tierra, en sus guerras, en sus exilios, en sus memorias enterradas. Integrarme en comunidades que trabajan con el territorio, con sus altares y su ancestralidad, fue también una forma de reanudar un hilo en mi trama que la migración y la historia habían interrumpido. Todo esto mediado por altares, liderazgos y prácticas complejas. El neochamanismo que me encontré no era de una tradición enraizada en el territorio que habitaba. Era una constelación de medicinas y sabidurías migratorias. Altares mexicanos, andinos, ceremonias con ayahuasca de linajes amazónicos, tradiciones indígenas norteamericanas, sincretismos brasileños, todo ello reconfigurándose en Europa a través de liderazgos con legitimidades diversas y a menudo construidas en el mercado espiritual global.

Hay algo genuino en este movimiento. La búsqueda es real. Las medicinas tienen su propia inteligencia. Lo valido. Y al mismo tiempo, cuando una tradición viaja lejos de su contexto de origen, de su tierra, de su linaje, de la comunidad que la sostiene y la regula, algo se abre que puede ser tanto puerta como grieta. La autoridad es más difícil de verificar. Y la necesidad de cura de quienes llegan, que es genuina y urgente, puede ser capturada por estructuras que usan el lenguaje de lo sagrado para organizar dinámicas que no lo son.

Eso fue parte de lo que me encontré. Y parte de lo que tardé en ver precisamente porque el lenguaje era el lenguaje de la cura.

El proyecto ideal invocado en nombre de la vida, la reconciliación, la Tierra, el empoderamiento y la memoria, se acompaña de una forma de ejercer el poder que también imprime su huella. Estas comunidades me ofrecieron el guante perfecto para mi mano. Mi sistema nervioso se amoldó como si regresara a casa.

Y tenía razones profundas para sentirlo así. Desde la infancia aprendí a organizarme en torno a un proyecto colectivo que trasciende lo individual. Un entorno cuyo sentido se construye en tribu. El afecto y la ideología van juntos. Pertenecer implica compartir un ideal más grande que el deseo personal. Aquí hay un sacrificio invisible operando en los sustratos del alma que crece, evoluciona y se pregunta, ¿dónde empiezo y dónde termino?

Este es el sistema nervioso con el que crecí. Y eso es exactamente lo que estas comunidades espirituales me ofrecían. Un nosotros con propósito, un altar compartido, una narrativa de cura y de trascendencia que mi cuerpo reconocía como hogar. El patrón era familiar. Tan familiar que tardé en reconocerlo como patrón.

Desde dentro se sentía como comunidad. Había propósito compartido, afecto real, un lenguaje que nombraba lo que yo buscaba. Vista desde la distancia que da el tiempo, la estructura revela sus contornos. Jerarquías invisibles, lealtades implícitas y una manera específica de gestionar a quien cuestiona. Algo en la grieta entre la prédica y la práctica me era familiar.

Mi sistema nervioso se adapta desde su propia historia. Reconoce el patrón. Es memoria encarnada. Mi cuerpo sabe lo que se siente pertenecer a un proyecto más grande que mí misma. Conoce la unión entre el afecto y el ideal. Reconoce este territorio como su hogar antes de que la mente pueda interrogar o discriminar.

Lo que resumo aquí ha sido un proceso duro y devastador. Devastador para mi corazón al reconocer la corrupción en lugares que creí eran espacios realcionales seguros y cuidados. Nombro esto con compasión, reconociendo que la mecánica del patriarcado es tan profunda que atraviesa incluso los proyectos que nacen para curarlo. Que opera a través de personas que genuinamente creen que están haciendo otra cosa. Que no hace falta tener una mala intención para causar daño. Sólo requiere inconsciencia. El tema es que la inconsciencia, en una posición de poder, siempre trae consecuencias colectivas.

Ser testigo de este mecanismo de manera repetida reveló la naturaleza depredadora detrás del abuso de poder. Aquí aparece mi límite. Mi límite fue al abuso de la infancia. Mi límite fue ver que el poder jerárquico extraer su energía de la vulnerabilidad ajena. Este fue mi punto de no retorno. El proceso de aceptarlo implicó atravesar capas profundas de duda. Dudar de lo que vi. Dudar de mi lectura. Dudar del valor y costo de de nombrar. Hasta que la duda misma fue la  respuesta. Una estructura íntegra no puede exigir que dudes de tu percepción para sostenerse.

Recuperar la confianza en mi propia percepción es entonces mi camino de vuelta, el foco de crecimiento. Cuando una estructura insiste en reinterpretar mi experiencia, en nombrar mi sensibilidad como el problema o mi incomodidad como una falta de integración, mi sistema nervioso aprende a priorizar la estructura sobre mi percepción. Ahí se instala una erosión profunda en mi confianza. Recuperarla implica volver a reconocer que lo vivido es real. Nombrarlo forma parte de esta restauración.

Fui testigo de cómo la jerarquía se presentaba como horizontalidad y comunidad, simulando la circulación del poder. Como si estuviera distribuido de manera circular cuando en realidad operaba de manera vertical. El relato unificador era el de la igualdad, la familiaridad, el cuidado mutuo. La estructura real era otra.

Una estructura que apela al servicio, a la entrega de recursos y al amor en acción, pero que en capas más profundas moviliza a través de la culpa. La culpa de no dar suficiente. De no estar suficientemente comprometida. De priorizar el propio criterio sobre el del grupo o líder. De cuestionar lo que se presenta como sagrado.

En estos sistemas, la disidencia no se castiga abiertamente. Quien duda es quien no ha integrado su sombra. Quien señala es quien perturba el campo. La culpa se instala desde adentro, en el mismo lugar donde antes vivía la devoción.

Cuando una estructura extrae energía, tiempo, dinero o devoción, se apoya en un lenguaje que hace que ese movimiento se perciba como voluntario y sagrado. La ofrenda ocupa este lugar. Como concepto es genuino. Invita a dar al campo, contribuir al tejido, sostener lo que sostiene. También, en determinados contextos, este concepto se reorganiza y pasa a justificar dinámicas extractivas. Lo que damos se vincula a expectativas implícitas, a pruebas de compromiso, a demostraciones de alineación. Cuestionar o limitar ese dar genera algún tipo de señalamiento. Así es como la extracción se vuelve difícil de percibir. Se nombra como entrega, como ofrenda. Y desde ese lenguaje se sostiene una estructura que se alimenta de esta creencia.

Aparecen patrones conocidos. La jerarquía que se expresa como servicio, la extracción que se expresa como ofrenda, el silencio que se organiza como protección del campo. El mismo tejido, con otro lenguaje. Eso vuelve más complejo su reconocimiento y la salida del mismo.

Es importante entender que el lenguaje de la cura no es neutro. Cuando las palabras que usamos para nombrar la sanación, la ofrenda, el campo, la sombra, el proceso, son las mismas palabras que el sistema usa para justificar el daño, discernir se vuelve un trabajo fino y costoso. El lenguaje que debería ayudarnos a percibir se convierte en el velo que impide ver. Salir implica entonces no sólo abandonar una estructura sino desaprender un idioma entero. Recuperar las palabras. Devolverles su peso real.

Fui testigo de cómo quienes señalaban eran tratados como perturbadores del campo. Que no habían integrado su sombra. En casos más extremos, el señalamiento llega a la demonización. Quien nombra el daño es visto como quien ataca al campo, el rezo, la práctica, al líder. La narrativa del grupo se reorganiza para convertir a quien señala como el problema. Como la fuente de la perturbación. Esto lleva en sí una mentalidad de cacería de bruja. 

En este relato ocupo el lugar de la villana.  Probablemente traidora. Me pongo en el lugar de quienes compartieron conmigo estos espacio del poder y puedo entender este punto de vista. Desde adentro del sistema, lo que nombro es la grieta.

Porque la entrada, la puerta por la que entro a estos círculos, es la propia convocatoria. Es la llamada y desde qué palabras y medios para difundirla. Es un lenguaje que convoca. Las palabras que invocan la cura, la memoria, la soberanía, la Tierra, los ancestros atraen precisamente a quienes tenemos un criterio crítico. A quienes hemos pensado en estos temas, los hemos vivido y pagado con el cuerpo. Personas que no llegan a estos círculos a consumir sino a participar de verdad. Y esta participación real, con todo lo que implica, es lo que los sistemas diseñados para no ser cuestionados no pueden sostener. La grieta no la traigo yo. La grieta no la trae quien habla. La grieta ya estaba. Está y es sistémica.

Así el silencio se organiza sin necesidad de ser impuesto. Nadie tenía que ordenarlo.

Fui testigo también de mi propia participación en este silencio. El momento en que vi, supe y callé. El momento en el que hablé y retrocedí. El momento en que el costo de sostener mi claridad se hizo evidente. Este proceso revela un patrón que atraviesa mi vida bajo distintas formas. En este reconocimiento algo se vuelve imposible de sostener como antes.

Entiendo que no es solo mío.

Somos parte de una generación atravesada por movimientos profundos vinculados nuestra relación con el poder, la energía, la salud y los sistemas colectivos. Lo que comparto aquí se inscribe en un tiempo que pide discernimiento y responsabilidad en nuestro uso del poder y en nuestra participación en la arquitectura del silencio.

En la macropolítica nuestro margen de acción individual es muy reducido. Los sistemas operan a gran escala y las estructuras de encubrimiento están bien consolidadas. Sin embargo hay una apuesta a movernos a otro territorio. Uno donde sí tenemos capacidad de intervención. Me refiero a nuestra propia subjetividad. Me refiero a la manera en la que cada una/uno aprendimos a relacionarnos con el poder, con el abuso y con el silencio. Me refiero a lo heredado, lo normalizado, lo callado en el campo de nuestra acción personal.

Aquí se sitúa mi trabajo. En mirar la propia biografía. En rastrear el patrón. En reconocer la complicidad y la herida como parte de un proceso mayor de conciencia y madurez. En construir una subjetividad que deja de sostener aquello que reproduce el sistema.

Este escrito es también una ofrenda. En el sentido más antiguo y honesto de la palabra: dar lo que se tiene, lo que se vivió, lo que costó, al campo que lo necesita.

Ofrezco aquí mi historia, mi proceso de reconocimiento del daño causado y recibido, como un gesto de restauración. Hacia quienes fueron afectadas por mis silencios. Hacia quienes compartieron camino en estos tejidos. Hacia mí misma. Y hacia quienes vengan después y necesiten saber que ver con claridad, aunque cueste, es posible. Y que nombrar también es sanar.

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