Conjunción de Venus*Marte*Sol

Entre el 6 y el 8 enero de 2026, la poderosa alineación entre el Sol, Venus y Marte en Capricornio me invita a profundizar en la narrativa del cielo.

El 2026 inicia con el encuentro de Venus y Marte con el Sol en Capricornio. El hecho de que éste sea un triple encuentro es poco común. Es un evento que ocurre aproximadamente cada 32 años.

En esta ocasión, tanto Venus como Marte hacen conjunciones exteriores con el Sol. El Sol separa a Venus y Marte de la Tierra. Venus y Marte están ahora juntos, invisibles, detrás del Sol.

Venus pasa ahora de ser estrella de la mañana a ser estrella de la noche, mientras que Marte, transita de su fase como estrella de noche a su fase como estrella de la mañana. Venus se adelanta al Sol y el Sol de adelanta a Marte.

Cuando esta conjunción culmine hará además una oposición con Júpiter en Cáncer. Tenemos al Sol en Capricornio y a Júpiter en Cáncer, poniendo el foco y el crecimiento en el eje de la familia; el eje padre y madre. Venus, Sol y Marte en Capricornio miran hacia Júpiter que desde Cáncer les ofrece de espejo el agua de la memoria.

En el nuevo ciclo solar de Venus y Marte algo quiere ser recordado. Los amantes del zodiaco visitan la casa del padre, de la madre. Se presentan ante el altar de la memoria, le cantan al hueso, recuerdan la melodía del agua, acompañan al nacimiento del Sol. Es un belén. La historia se cuenta sola, está en las efemérides, está en los planetas, está dentro nuestro.

Venus y Marte se unen dentro de una secuencia de conjunciones –Venus con el Sol, Venus con Marte y luego el Sol con Marte– que se desarrolla en apenas tres días, del 6 al 8 de enero.

Recordamos que, en ese momento, Venus estará justo a medio camino de su ciclo sinódico de diecinueve meses iniciado en marzo del 2025; mientras que Marte está a punto de comenzar su ciclo de dos años.

Juntos en Capricornio, estos dos planetas y el Sol activan un proceso de alquimia vincular, afectiva, creativa y económica. Ambos planetas están en transición. Ambos refinan su propósito hacia la maestría y la madurez en el manejo de nuestros recursos, así como un nuevo modelo de liderazgo y autoridad que pide compromiso y paciencia.

Capricornio es un ecosistema sobrio, que pide seriedad, compromiso y concreción. Cerramos un ciclo con el peso del pasado a cuestas, a la vez que comienza un nuevo ciclo creativo purificado por el Sol. El momento en que Venus y Marte se unen al otro lado del Sol, invisibles para nosotros, las tradiciones astrológicas suelen describirlos como planetas combustos, cegados por la luz solar. En la antigüedad, los planetas que viajaban junto al Sol y desaparecían del cielo nocturno, descendían al inframundo. Ésta es una manera de nombrar la debilidad del planeta, es decir su exilio de la Tierra. Literalmente hay una suspensión del intercambio electromagnético entre la Tierra y Venus, y la Tierra y Marte, porque el Sol interfiere con este campo de intercambio. Esta interrupción del intercambio electromagnético entre la Tierra y Marte y Venus es el evento que precede el mito. No es sólo un mito. Es un mito hecho carne. Lo encuerpamos. Lo sentimos somáticamente. El mito que nace del relato del ciclo astronómico hace de puente. Teje un puente de conciencia entre adentro y afuera. Nos ayuda a darle un marco narrativo a lo que sentimos y no tiene aún nombre. Solemos experimentar estos inframundos astronómicos como ciclos densos, que se sienten cuesta arriba, y de los cuales eventualmente salimos transformados, con más claridad, propósito y agencia.

Mi observación con estos tránsitos –tanto en el cielo como en la carta natal– es que los planetas son fecundados por el propósito solar. Por ejemplo, Venus, en su ciclo de 19 meses bajo la impronta de Aries, recibirá ahora la semilla solar de Capricornio, que le da forma y estructura a la semilla inicial de Aries. Marte culmina su ciclo de dos años bajo la impronta de Escorpio y muta ahora hacia la impronta de Capricornio. Es un cambio de tonos compartido y sintonizado. Una oportunidad de regular la energía de Venus y Marte en un mismo eje, foco y propósito.

CUARENTA DÍAS Y CUARENTA NOCHES

Tanto Venus como Marte ya desaparecieron del cielo de la mañana y de la noche, ambos en noviembre. Marte recuperará su visibilidad a mediados de marzo del 2026, pasando casi dieciséis semanas detrás del Sol. Venus, por su parte volverá como estrella de la noche a mediados de febrero, tras once semanas oculta detrás del Sol.

Durante aproximadamente cuarenta días y cuarenta noches, Venus y Marte viajarán dentro de un margen de distancia de cinco grados del Sol. Éste es un alambique solar, gobernado por las leyes de Capricornio, en el que Venus y Marte pasan por el crisol del tiempo, un juicio o evaluación, una síntesis de aprendizaje y madurez, una oportunidad de crecer. Sus fases cambian. A partir de febrero Venus alumbrará la noche, y Marte, a partir de marzo, alumbrará la mañana. Ambos evolucionarán en su ciclo desde la misma semilla, con la misma impronta, la misma memoria del inframundo compartido.

HIERRO Y COBRE

Marte, asociado al hierro, representa la fuerza bruta de la voluntad, la capacidad de cortar, defender, avanzar y sostener el esfuerzo. El hierro es duro, resistente, pero en frío es rígido y quebradizo. Así funciona el masculino cuando opera solo. Se endurece, se vuelve reactivo, defensivo, rígido e incapaz de adaptarse. Necesita calor para volverse maleable, para poder ser moldeado sin romperse.

Venus, asociada al cobre, aporta el calor desde la conducción. El cobre no genera fuego, pero lo transmite. Venus aquí simboliza el recurso, el valor, el deseo, la sensibilidad, la pertenencia y la atracción magnética, aquello que permite que el calor circule. Es la capacidad de sentir qué importa, de percibir dónde hay vida, y de permitir que la energía se mueva sin estancarse.

Cuando Venus y Marte colaboran, el cobre conduce el calor hacia el hierro. Es decir, el deseo informa a la acción, el valor alumbra la voluntad. El hierro de Marte deja de ser una fuerza que se impone –o que extrae– y se convierte en una fuerza que puede ser moldeada, dirigida, afinada. La acción deja de ser reacción o disciplina seca, y se transforma en ejecución consciente impregnada de sentido.

En el contexto del inframundo capricorniano, esta colaboración es clave. El miedo tiende a enfriar el hierro. Endurece, paraliza, vuelve la acción defensiva o compulsiva. Venus, como cobre, permite que el calor solar vuelva a circular a través del sistema. No elimina la dureza del hierro, pero sí la vuelve manejable.

Aquí veo una oportunidad de rectificar el eje de nuestra autoridad.

Como representante de nuestra acción, Marte puede servir al frio patriarcal, al villano eterno, a la estatua de sal. Aquí atrapados colaboramos con las tramas invasivas, extractivas, coloniales. Obedecemos al viejo orden conservador. No el que cuida, sino el que restringe por miedo al cambio. Lo sentimos en el hueso. En nuestra postura. Si no nos cuidamos, dejamos de movernos. La cadera se bloquea. La energía masculina domina la femenina. El miedo nos enfría.

Gracias a Venus, Marte puede calentarse. Ésta es la oportunidad. Venus se hace conducto del calor vincular. Anima el frio del hueso. Ablanda la armadura interna. Muestra la dureza del bucle que nos comprime. Revela el impacto de lo que repetimos fuera de eje.

Éste es un momento vital en el latido afectivo y creativo, en el eros del mundo. No se trata de anular la estructura, sino de humanizarla, de actualizarla. Esto implica un cambio de autoridad con relación a qué valores obedecemos, qué valores nos animan, qué valores necesitan revisión.

El inframundo es la muerte de una forma para que renazca la nueva. La muerte de un sistema de valores para que nazca otro. El desempoderamiento que creemos sentir en el inframundo no es otra cosa que nuestra desvalorización visibilizada. Cuando cambias el valor, cambias la dirección, cambias la fuerza y cambias el eje del poder. Venus y Marte reconfiguran la relación entre valor y la acción. Es un cambio que pide realismo, sobriedad, continuidad, memoria. Y es también un cambio que nos autoriza a encarnar y actuar en consecuencia a nuestra integridad, es decir, la integridad de encarnar nuestro propio tiempo y movimiento.

El calor que el Sol aporta y que Venus transmite templa a Marte. La acción que nace de esta templanza actúa al servicio de lo que tiene valor real. En el proceso, lo que se destruye son nuestros patrones inconscientes que obedecen a los códigos de desvalorización aprendidos. El deseo que nace del valor, cuando encuentra una acción dispuesta a sostenerlo, deja de dispersarse y se convierte en forma, obra y compromiso. Ésta es la oportunidad que nace en enero con la triple conjunción de Sol, Venus y Marte, y que se desplegará a lo largo del 2026.

Estos pasajes detrás del Sol son tiempos que pueden entenderse como iniciaciones, marcas, cicatrices de las experiencias que nos forman, nos orientan y nos dan dirección. Si los miramos de cerca veremos que no son caóticos, sino que están llenos de sentido en la medida que estemos atentos a sus intersecciones.

Este encuentro de Venus y Marte con el Sol en Capricornio no ocurre en un templo luminoso ni en una cima despejada. Ocurre en la grieta, en el lugar donde la verdad se revela cruda, telúrica, nacida de la Tierra misma. El Sol en Capricornio es el oráculo que habla desde la fisura, desde el suelo que se abre para que la verdad pueda emerger. Honrar este oráculo es respetar que la luz no nace sin antes pasar por la profundidad del hueso.

Este tránsito es un viaje al inframundo, y como tal implica una exposición total y una vulnerabilidad profunda frente a lo sagrado, es decir, frente a lo más verdadero e íntimo de nuestra existencia, en nuestra relación con nosotros mismos y el misterio.

El que Venus y Marte se presenten ante este oráculo en Capricornio implica que valor y acción, deseo y coraje, se someten a una prueba radical de realismo. Porque Capricornio nos pregunta qué estamos realmente dispuestos a sostener cuando el miedo aparece.

Aquí surge la figura del diablo, asociada a Capricornio. El diablo no como una figura externa, sino como la cristalización del miedo. El apego, el control, la rigidez, la necesidad de asegurarlo todo para no sentir la vulnerabilidad del proceso.

El diablo de Capricornio es, sobre todo, el miedo a perder lo que nos da identidad, miedo a quedarnos sin estructura, sin estatus, sin piso conocido. Es el miedo que se disfraza de hiper responsabilidad y prudencia extrema, pero que, en el fondo, nos mantiene atados a lo conocido, incluso cuando ya no tiene vida.

Este punto es especialmente crucial porque estamos en el ciclo de Venus en Aries que comenzó en marzo de 2025. Ese ciclo sembró una pregunta esencial: ¿qué deseo verdaderamente cuando me atrevo a empezar conmigo y desde mí? Aries habla de valentía, de iniciativa, de afirmación del deseo. Todo ciclo de Venus tiene su inframundo, y en este caso, este inframundo ocurre en Capricornio. Aquí, valentía y miedo se miran de frente.

¿Desde dónde estoy actuando? ¿Desde el deseo vivo o desde el miedo a perder el control? ¿Mi disciplina sostiene la vida o la asfixia? ¿Mi ambición nace de mi alma o del miedo a no valer sin éxitos y logros?

Al hablar desde la grieta, el Sol en Capricornio no nos ofrece respuestas cómodas. Nos revela que en este momento la verdadera valentía no es empujar con más fuerza, ni endurecerse, sino soltar los apegos que nacen del miedo. Para Venus, eso significa redefinir el valor. No lo seguro, no lo aprobado, sino lo sincero. Para Marte, significa redefinir la acción. No la que controla y domina sino la que se compromete, aunque no tenga certezas. En general, el inicio del 2026 trae una actualización del propósito.

CAPRICORNIO, PAN Y EL EROS SILVESTRE

En este inframundo en Capricornio, Pan –un ser mitad hombre, mitad cabra– nos recuerda que el miedo surge cuando nos disociamos del cuerpo y de su sabiduría telúrica. Cuando excluimos el instinto, el miedo toma el mando. Reintegrar a Pan es permitir que el coraje sea somático, corporal, vivo, no una imposición mental. Cuando el deseo enraizado vuelva a latir con fuerza, Marte actuará sin violencia interna. En Capricornio, Pan es un modelo, maestro para el nuevo ciclo de dos años de Marte.

Este encuentro en Capricornio es una iniciación. Nos confronta con el miedo que sostiene nuestras estructuras y nos pregunta si estamos dispuestas a dejar caer lo que sólo se sostiene por temor.

En el ciclo de Venus*Aries, el inframundo en Capricornio templa el fuego. De esta templanza, puede surgir una valentía más madura, una que no niega el miedo, pero tampoco se deja gobernar por él. Es un llamado a cultivar el discernimiento necesario para elegir la batalla. Con batalla nombro el foco de nuestra energía y la capacidad de sostener acción y continuidad ante desafíos y obstáculos. No todos los caminos son válidos o adecuados. La crisis colectiva que vivimos tiene que ver en parte con la parte infantil de nuestra mente que no quiere renunciar, que lo quiere todo.

Madurar implica elegir. Lamentablemente, y esto lo veo a menudo en el encuentro 1:1, el tiempo y el cuerpo no da para todo, y con el tiempo el desgaste se visibiliza y nos damos cuenta de que nos hemos sobre comprometido desde el ideal mental, la fantasía romántica y que la realización es mucho más costosa y compleja; que la ejecución se da en tiempo real, tiempo tierra. Me encuentro a menudo con personas en edad madura, fragmentadas y dispersas, sin saber dónde, cómo y con quienes. Hay un nomadismo intercultural que ha propiciado la tribu global, la familia planetaria, los proyectos comunitarios, etc., pero que no toma en cuenta, en la implementación y ejecución la realidad. La realidad revela las grietas y fisuras del ideal. Los proyectos se caen. Los territorios y sus políticas cambian. Lo que era tribu y lugar seguro es ahora un cruce precario. Tenemos la oportunidad de mirar de cerca las maneras más o menos glamorosas que tenemos de huir, escapar del compromiso. Vemos dónde nos hemos arrimado a proyectos ajenos, colectivos y comunitarios, como una manera de huir del compromiso. Algo cambia, algo se revela, algo se reestructura. Dejamos ir lo que sobra. Elegimos.

El Sol pone luz sobre la relación interna entre valor y acción, entre deseo y ejecución. Venus pregunta qué es lo que de verdad importa. Marte pregunta cómo estamos actuando en consecuencia. Y Capricornio no permite fantasías.

Desde Capricornio, esta conjunción de Venus y Marte con el Sol también activa un territorio más profundo y menos cómodo. El lugar donde se encuentran Pan y el Diablo. Y no como figuras opuestas, sino como expresiones de una misma fuerza. Es Pan cuando se vive y es el diablo cuando se reprime.

Pan representa el instinto vivo, el deseo que nace del cuerpo, la inteligencia natural que sabe cuándo avanzar, cuándo detenerse y cuándo cambiar de rumbo sin tener que explicarse. Es lo salvaje en su forma más sabia, rítmica. Cuando Pan está presente, el deseo tiene raíz, y tanto lo femenino como lo masculino se sienten habitados por algo auténtico y vital. El femenino deja de estar reducido a sostener o aguantar, y el masculino deja de moverse desde la exigencia o rendimiento. Ambos escuchan el cuerpo, y su entorno ecológico, el pulso de lo vivo. Es el pulso de Eros.

El diablo aparece cuando Pan ha sido negado por demasiado tiempo. No como una malevolencia, sino como un proceso de endurecimiento. Esta negación se expresa en el deseo atrapado en la estructura; en el instinto convertido en compulsión. La vemos en la vida reducida a la obligación, al control o al miedo a perder lo construido. El diablo de Capricornio no nos habla de excesos ni de transgresiones. El diablo se revela como fosilización, exceso de rigor, sequedad, rigidez. Se revela en una vida que es funcional, pero sin respiración. Es cuando hacemos lo que hacemos porque toca, porque así es, porque no hay de otra.

En estos tiempos en que se nos venden la guerra, el fin del mundo, la catástrofe, la urgencia, la precariedad, este claudicar al eros es muy peligroso. El bombardeo es real. La guerra también lo es. Los neofascismos, remilitarizaciones y neo imperialismos están en brote. Es fácil ceder. Es fácil claudicar al deseo. Hay un cansancio muy profundo que se instala. La intensidad de este agotamiento está distribuida geográficamente por zonas de conflicto, estrés, precariedad, nivel de ingreso y privilegio. A mayor o menor grado en esta escala, estamos en contacto con esta narrativa de precariedad. Y yo pondría una alerta, un aviso de que tengamos cuidado con esta narrativa. En estos momentos, hay muchos intereses sobre la mesa. Este momento es un gran casino de influencias que nos hace sentir –mayoritariamente– impotentes. Es en estos tiempos que los márgenes se fertilizan. En las orillas de lo ambiguo, las contradicciones que se alían, los ecotonos se dibujan llenos de incertidumbres, fértiles campos de intercambio. La propaganda nos dice, no hay buenos ni malos; todo es tu reflejo; son tus proyecciones. El subtexto detrás es desconfía de tu instinto; estás sola en tu mirada; calla, que tu verdad me interpela, me molesta.

RECUERDA EL GANCHO EN LA PARED

Ahora mismo vamos hacia la mordida del misterio. El cadáver de Inanna estará colgado de un gancho en la pared. La vieja piel que ofrendamos al abismo, a la suspensión. El gancho del cual cuelga Inanna es una garra, un colmillo, una espina. Nos dejamos tocar por el misterio. Para que nos traspase.

Este gancho inocula. Es un remedio. Una receta. Es el antídoto en contra de la desesperanza. Nos hace fuertes.

Tu sol es tu sol. Tu agua es tu agua. La Luna te reconoce. Sigue el pulso de la Tierra. Sigue su latido. No te distraigas. Las narrativas de terror que nos rodean son reales, pero más real es nuestra capacidad de respuesta, nuestro gozo encarnado, nuestra libertad y nuestra soberanía creativa.

Venus y Marte te dicen que ahorres. Que no malgastes tus recursos. Que tengas cuidado con la narrativa letal que te dice, para qué, no vale la pena, no me queda energía para la lucha…ni para la hucha. Te gastas el presente porque no crees en el futuro.

No es una lucha. Suelta amarra. La energía emergente es mucho más feroz que una lucha reactiva por el daño recibido. Es mucho más feroz que el grito de la víctima, que –ojo– merece su lugar y su eco, sí. Pero, recordemos que la víctima es una voz y un grito que sigue secuestrado por los colonos. Este grito de guerra ya no tiene eco en el cosmos. Necesitamos otras vías para esta energía.

Lo que pide el ecosistema es amor feroz. Pide resistir desde el eros encarnado. Esta fuerza la nombro como feroz porque es muy antigua. Escúchala. Llega con la flauta de Pan, con su encantamiento, con su dulce melodía, llamándote de vuelta a tu casa. Ésta es la fuerza del verde vitalista, la potencia que precede el hechizo del demonio, antes de exiliarte en la sombra y esconderse en el diablo. Recuerda a Pan. Tu ferocidad es deliciosa, despierta; anima, da confianza, multiplica, ríe y goza. Es eterna y libre de pecado.

Reintegrar a Pan, en este contexto, no significa dejarlo todo y volver al monte bucólico. Significa devolverle su voz al instinto; su legitimidad y su autoridad dentro de la estructura. Cuando Pan vuelve, lo femenino recupera su capacidad de valorar desde lo sentido, no desde el sacrificio. Y lo masculino recupera su función real. La de ejecutar, sostener y construir al servicio de lo que tiene vida, no de lo sintético.

El diablo, entonces, deja de ser una prisión inconsciente y se convierte en un umbral. Las cadenas –como bien sabemos– no están apretadas. Se sostienen por hábito, por miedo, por identificación. Esta conjunción ofrece la oportunidad de verlas, de nombrarlas y de decidir si seguimos ahí por elección o por inercia.

Esta reconfiguración se prueba en lo concreto. En hábitos diarios, compromisos reales, límites claros, trabajo sostenido. Reintegrar a Pan es permitir que el deseo florezca en el esfuerzo, que encontremos el placer en la responsabilidad, y sembremos verdad en el campo de nuestra ambición. Es cuando lo femenino y lo masculino dejan de corregirse o competir, y colaboran desde una raíz común.

VENUS

En el inframundo capricorniano, Venus reconoce el amor como algo concreto y cultivable, que llama al compromiso compartido. Aparece en los actos pequeños que se sostienen día a día. La escucha atenta, el compromiso claro, el cuidado que se expresa con hechos. La belleza se revela en lo bien hecho, en lo que se repite porque tiene sentido, en lo que crece con ritmo propio. El vínculo se vuelve un espacio fértil donde el tiempo trabaja a favor de la continuidad. Se revela la flor del amor que brota de los vínculos que se han sostenido a través del tiempo. El tiempo*amor revela la magia de la continuidad. Es tiempo de cosechas afectivas. Algo tiene que morir para recibirlas.

Aquí el amor encuentra su forma adulta. Se expresa a través de la empatía consciente, del respeto por los procesos propios y ajenos, de la capacidad de acompañar con presencia estable. La intimidad se vuelve profunda porque se apoya en la realidad vivida.

Venus en Capricornio, iluminada por el Sol, recuerda que amar es un oficio, una artesanía del alma que se cultiva con dedicación y presencia, y que en esa sencillez habita una profundidad capaz de sostener una vida entera.

Es por eso por lo que en el 2026 Venus nos traerá de vuelta las artes antiguas de generar belleza a través del gesto lento, a través de la memoria psicosomática y la práctica sostenida. El mundo se acaba y no tenemos tiempo, dice una parte de la mente; le respondemos, precisamente, el mundo se acaba, tenemos todo el tiempo.

La escritura a mano, la poesía, la correspondencia. Relatos largos, pensamiento lento, cuidar las plantas, cultivar el silencio, hacer el amor, luces suaves y cálidas, agua que cura, profundidad atendida y cultivada, paciendo habitada, disfrute rezado.

El mundo tiene hambre de todo lo que no se apresura. El mundo tiene hambre de sabor.

El 2026 se abrirá como una recámara de eco antigua donde bajamos el ritmo, nos alejamos de la desmesura. Un tiempo sin algoritmos que nos empujen. El silencio recupera su autoridad como oráculo. La luz de vela es refugio y amparo. En lo tenue, recordamos. Las aguas –externas e internas– abren grietas para sanar. La profundidad, exiliada de la trama, reclama su trono.

El mundo está exhausto. Seguimos participando de la extracción o decimos basta. 

El alma anhela lo que reposa,

lo que madura lento,

lo que vibra con significado.

Quiero resonancias. Quiero abrir la grieta. Quiero ser parte de lo que transforma. Yo recuerdo. Yo recuerdo y narro. Yo narro lo que recuerdo. Mi voz no sólo suena. Toca.

El 2026 nos llama a volver a lo esencial. A la belleza sin prisa, al gesto íntimo, a la artesanía del alma, al tiempo que se deja vivir libre, al gozo del momento, a la gratitud por la vida.

Es también un retorno a los oficios interiores, a la práctica de la metanoia, a los rituales domésticos, a las artes que construyen el mundo desde dentro. Una invitación a recordar que la profundidad no se pierde. Espera a que reduzcamos el paso.

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