El Yo se regenera en nuestro cuerpo, no en la trascendencia.
El Yo también está en la parte rota y fragmentada de nuestra historia, en el surco que abre el trauma (memorias de dolor no digerido en el cuerpo).
El Yo también está en quien busca la unidad y teje esta unidad de vuelta.
Desde la soberanía creativa de nuestro ser, también nos reconocemos medicina. La medicina de nuestro ser.
El Yo curandero en mí. El Yo medicina en mí. El Yo compasivo que desciende a lo más profundo del dolor sentido con la fe, la confianza, de que el amor que lo mueve es más potente que todos los venenos –físicos y metafísicos– que lo han desviado de su memoria esencial. Esta es la memoria real y digna de nuestra verdadera expresión.
El Yo no se encuentra en la trascendencia. Ese Yo solar es el que asciende al Sol desde las entrañas de la Tierra, de la materia, del cuerpo. Ese es el Yo vital, el que tiene raíces profundas en la madre vida y se levanta hacia el Sol, padre vida.
¿De qué tierra fértil se nutre nuestro yo? ¿Cuáles son los nutrientes de un yo fuerte, vital, ascendente, que se levanta, brilla, crece, emana, su potencia creativa y creadora? ¿Cómo regenerar nuestra tierra interna? ¿Cómo sostener nuestra fertilidad afectiva y creativa? ¿Cómo salir del útero gestante y crear nuestra vida?
Nuestras crisis de salud son puertas, oportunidades. Los recursos para curarnos, atender nuestros síntomas, están fragmentados. Quienes único podemos tomar el mando de nuestra curación somos nosotros. Nadie más. Los recursos (remedios, personas) son extensiones del Yo. Nuestro consentimiento y el comando de nuestro proceso de curación es subjetivo. Todo se cura desde el Yo. Es radical.
Nuestras narrativas de enfermedad y curación implican un trabajo con la memoria y el olvido.
Nuestra capacidad de crear milagros de regeneración vital implica digerir e integrar lo que el olvido enterró en las capas ocultas de nuestro desarrollo. Ni las plantas, ni las palabras, ni los movimientos, ni los remedios que tomemos pueden sustituir la conciencia somática de cómo se mueve el trauma en nuestro cuerpo, y cómo nos condiciona. El coraje de entrar en los territorios abandonados de nuestra memoria es un poder del corazón, es el poder del Yo.
Estar informados sobre el trauma nos capacita para reconocer la frontera del consentimiento. El consentimiento es la voz de un deseo anclado en nuestra soberanía. Sin un centro íntegro y con raíces, ¿cómo podemos reconocer nuestro verdadero sí a lo que nos es propuesto? Cultivar un sí al proceso de hacernos soberanos, un sí a la sabiduría cíclica, un sí al cultivo de una relación consciente con la memoria de nuestro corazón implica también reconocer y honrar nuestros no.
Hablamos de la dignidad que emerge de la curación, del daño recibido, la que nos ofrenda una nueva perspectiva, una nueva visión de cómo honrar el amor en nuestro cuerpo y manifestar salud y vitalidad. Esta es la propuesta regenerativa de Soberanía Creativa.
