Las manos de mi madre son las guardianas del fuego de su nombre.
Manos memoria de todo lo que han ofrendado. Manos del fuego creador hecho cuerpo generoso de madre amada.
Manos mástil en la tormenta. Manos que en la profundidad de la tragedia han sostenido el calor del hogar y la familia. Manos siempre abiertas al abrazo generoso del perdón, la aceptación y el respeto. Manos maestras.
Manos de artesana, costurera, dibujante, cocinera, cuidadora. Manos tan abundantes que revelan la continuidad amorosa del corazón uterino de nuestro linaje. Un amor feroz que reconozco inscrito en su piel.
Manos pertenencia. Manos hogar. Manos tierra. Manos de abuela que no tuvo nietos ni nietas.
Manos de mi madre sobreviviente. Manos dignas que no claudican, que no se rinden.
Manos que aplauden con alegría el encuentro eterno en la risa compartida.
Manos de amada, enamorada, siempre curiosa, siempre abiertas. Manos que incluyen. Manos que reparan, tejen, remiendan. Manos que no claudican. Manos que se saben alfareras del amor. Manos que embellecen. Manos que cuidan.
La memoria de mi madre se fuga, se desvanece. Poco a poco se va y la acompañamos en su camino consciente. Y sus manos se revelan anclas y raíces que no se aferran, pero que sí reconocen su lugar en el gesto, en el susurro hecho caricia que recibo como aliento de vida.
Las manos de mi madre resisten y recuerdan. Nos recuerdan y nos sostienen en este inmenso camino de acompañarla en lo que le toca vivir.
Mi madre se llama Candelaria. Nombre que lleva y honra en toda su dimensión, en toda su inmensidad.
Siembro su fuego, honro su sangre y te pongo, Mamá Candelaria, madre hoguera, madre fuego, en el centro, tu lugar.
Por muchos años celebré estas fechas sagradas en ceremonias circulares en comunidad de mujeres que honran a la Gran Madre. Hoy coloco a mi madre en el lugar que le corresponde, es decir, me coloco y nombro el lugar que me corresponde.
Reconozco la herida heredada de una orfandad desatendida. Mi madre y yo, mi abuela y su madre, somos un linaje de mujeres migrantes y migradas por la vida. Circunstancias penosas inscriben una narrativa dolida en la casa del amor de nuestro linaje.
